Sobre buenos y malos

Perdemos el mundo en titulares que son un pie de foto, mientras la verdad pasa ante nuestros ojos con etiquetas puestas por otros

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En las últimas semanas, como es lógico, en cuanto abrimos un periódico, escuchamos las noticias o, incluso, apoyamos el codo en la barra de un bar, hay un tema recurrente: Irán.

No voy a entrar en análisis kilométricos sobre por qué está pasando esto, hacia dónde puede ir y cuáles pueden ser las consecuencias. Es un tema que dejo a académicos (los de verdad), analistas y demás gente que realmente tiene algo de valor que aportar.

La razón de ser de este artículo es tan concreta como abstracta: una queja, una súplica, quizá un exabrupto, contra las narrativas modernas. Desde 1945 el mundo se ha dividido en buenos y malos, ganadores y perdedores, hijos del telón de acero o de la libertad que da la Reserva Federal. En conflictos internacionales, debates ideológicos o cuestiones mundanas y terrenales, caemos en una falsa dicotomía que solo nos aproxima a una discusión inicua y que exclusivamente perjudica a una de esas cosas que nos ha hecho hombres: la conversación.

Hemos tenido un papa comunista, un presidente soberano, una Comisión Europea democrática y libertadores que bombardean escuelas. Los análisis se reducen a eso. Perdemos el mundo en titulares que son un pie de foto, mientras la verdad pasa ante nuestros ojos con etiquetas puestas por otros. Hace tiempo que dejamos de escuchar para empezar a opinar; cambiamos leer por tuitear y decidimos escribir con falsilla.

Echo de menos una geopolítica para adultos, discursos para gente que escucha y no retuitea, medidas que respondan al porqué y no solo al cómo. Como estudiante de Relaciones Internacionales, o simplemente como miembro de la Generación Z, estoy harto de escuchar que vivimos en un mundo líquido, cambiante. De esta forma nos hemos conformado con todo lo que nos ha caído en cascada: lo de la tarde sustituye a la mañana; la mañana, a lo de ayer, y así sucesivamente.

Quizá hacen falta cosas a las que agarrarse: instituciones sólidas, doctrinas férreas, caballeros en el poder y no pederastas; gente atada al pueblo y no a la sharía; funcionarios conscientes de a quién sirven. Nunca una élite estuvo tan alejada de su pueblo: antes se decía atada por un derecho divino, después por leyes que al menos se cumplían; hoy apenas por un papel mojado llamado Constitución, sustituido en la práctica por una agenda todopoderosa que nadie eligió.

En este mundo de calas abruptas solo pido puertos: lugares donde albergarse ante la tormenta de lo arbitrario, sitios a los que volver después de navegar entre las corrientes de lo injustificable.