El 8 de marzo es el escaparate agotado de un feminismo institucional que ya no moviliza ni convence. Tras años de retórica inflamada y leyes improvisadas, la mayoría de los españoles perciben la evidencia de que el relato siempre importó más que el bienestar real de las mujeres.
La Ley del «sólo sí es sí», con sus rebajas de condena y excarcelaciones, simboliza el mayor descrédito. La vidorra de sus principales beneficiarias, las pulseras fallidas, la falsa seguridad; y la división interna del movimiento, su fractura definitiva.
En medio del desgaste, el Gobierno y sus medios de comunicación retuercen un poco más la propaganda con antibelicismo impostado como pegamento de una movilización en retroceso. Se grita «No a la guerra», a ver si el lema polariza, mientras se despliegan fragatas y se elude el control parlamentario.


