Tira, que libras

Nos hemos acostumbrado a vivir entre chapuzas y a que no pase nada

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Una vez al año nos reunimos para arreglar el mundo. Comemos juntos los cinco (tres arquitectos, un ingeniero y un abogado) y, sin seguir un orden del día, acabamos tratando muchos temas de la actualidad. Hablamos de lo divino y de lo humano, de lo familiar y de lo político. Son verdaderos encuentros, en el sentido de que nos sólo nos reunimos, sino que, por el efecto virtuoso de la escucha, nuestra amistad va fraguando.

Después de esas comidas pienso en tres cosas: no debería haber tomado postre; la amistad es, en gran parte, una conversación que no se acaba; y si tuviera que resumir en una sola idea todo lo que hablamos, ¿cuál sería? Lo del postre me lo recrimino cada año —y, ay, haré lo mismo en 2027—. Lo de la amistad lo celebro siempre. Y para lo tercero tengo que esperar unos días, para que lo conversado se pose y, como un licor, acabe decantándose.

Este año tengo nítida esa idea: nos hemos acostumbrado a vivir entre chapuzas y a que no pase nada. Casi un año después, no sabemos por qué se produjo un apagón en toda España. No hablo de las declaraciones de los políticos: hablo de la verdad, de los hechos y de la asunción —o imputación— de responsabilidades que debiera seguir al desvelamiento de lo que sucedió. Una gota fría arrasa pueblos, destroza vidas y causa un dolor inmenso. Tres cuartos de lo mismo: seguimos en la eterna espera, masticando excusas de unos y de otros mientras la verdad, que la habrá, se diluye en aquellas aguas que resultaron mortales. Chocan dos trenes, mueren más de cuarenta personas y no hay forma de saber qué demonios pasó exactamente, quién no hizo su trabajo o quién lo hizo mal, contagiado ya por el hábito de hacer las cosas a medias, al tuntún, para cubrir el expediente, para poner una «ex» en el formulario.

No sé si el lector recordará con detalle el escudo de España. Está flanqueado por las Columnas de Hércules, que sujetan una banda roja con el lema «Plus ultra», más allá. Uno de mis amigos proponía que, si la cosa sigue así, adaptemos nuestra divisa: «Tira, que libras» reflejaría bien esa forma de actuar, entre atolondrada y perezosa, que, visto lo visto, se ha hecho viral.

Decía al principio que nos reunimos para arreglar el mundo. Así que no caímos en ese otro vicio nacional que consiste en poner las cosas patas arriba y a parir a todo quisque, y luego pedir alegremente otro gin-tonic. Roger Scruton destacó que es más fácil destruir que construir —por eso él no se puso del lado de los manifestantes parisinos en mayo del 68—. Se tratará, pues, de optar por lo difícil, a contracorriente. Y eso, en este tema, pasará por trabajar mejor, con más atención, con un empeño que pasará desapercibido, con una seriedad y con un rigor que nos darán, literalmente, la vida.