España vuelve a enfrentarse a la realidad de la política internacional: las grandes decisiones geopolíticas casi nunca se toman pensando en nuestros intereses. En un contexto de creciente tensión global, con conflictos en Oriente Medio, disputas energéticas y una economía internacional cada vez más inestable, nuestro país no puede permitirse actuar únicamente como pieza dentro de estrategias diseñadas por otros.
La política exterior española debe recuperar una premisa básica que aplican la mayoría de los estados del mundo: defender, antes que nada, los intereses nacionales. Países de muy distinta historia y orientación política lo hacen sin complejos. Desde Hungría hasta Italia, pasando por potencias asiáticas o iberoamericanas, la norma es clara: cooperar con aliados cuando conviene, discrepar cuando es necesario y evitar decisiones que perjudiquen la seguridad energética, económica o estratégica propia.
Los gobiernos españoles, en cambio, ha encadenado en los últimos años decisiones contradictorias que han debilitado su margen de maniobra. Romper relaciones energéticas con algunos socios mientras se tensionan otras alianzas clave no fortalece la posición nacional. El debate no debería centrarse en alineamientos automáticos ni en gestos simbólicos, sino en actuar con una lógica soberanista, pragmática y realista. Porque en un mundo de potencias que defienden con firmeza sus intereses, renunciar a los propios es siempre la peor estrategia.


