El amor es tan polimórfico como los seres humanos que habitan el planeta Tierra. Nuestra idea se vertebra a través del material que nos brindan otros, de nuestras relaciones interpersonales, de nuestros anhelos más profundos e inconscientes, de nuestra manera de experimentar este dogma universal y de la sabiduría aplicada a un ejercicio que traza dos planos: la luz y la sombra, la ausencia y la presencia, la vida y la muerte. Porque la vida expande y la muerte enseña. Dos realidades que abarcan sensaciones antagónicas y diametralmente opuestas, pero que dialogan en busca de un necesario equilibrio existencial.
El libro Reliquia, de Pol Guasch, versa sobre esto. Una trama cuyo núcleo central se sitúa en un joven llamado Pol y en su búsqueda constante de significado ante el suicidio de su padre, ocurrido diez años antes de escribirlo. La historia no sigue una trayectoria lineal en la exposición del suceso, su análisis y su comprensión, sino que toma impulso a través de distintas escalas temporales, completando esos contrastes con referencias a otros personajes célebres que se quitaron la vida, para volver a heridas que llaman a ser tocadas hondamente.
El personaje principal intenta, sin éxito, desmembrar el duelo desde el análisis familiar: silencios, afectividad difusa y desenlaces trágicos como partidas no deseadas. Pol, a raíz del suicidio, se resquebraja en cada una de sus páginas. Con un ojo en el pasado y desnortado en el presente, se abre en canal para reconocer cómo, en cada una de esas relaciones, proyectaba los miedos, las inseguridades y una incapacidad, torpemente asumida, de no saber soltar; un rescate y refugio frente a ese atávico pavor a la pérdida que lo alcanzó a través del vínculo paterno-filial. Una impronta que condiciona cada toma de decisión del protagonista.
La lectura, rápida y ágil, convive en los márgenes de la existencia del ser, resignificando el concepto de familia, traspasando la membrana del dolor y del luto tardío, y conjugando el verbo amar desde todos los salvoconductos emocionales que rozan la debilidad: rabia, frustración, impotencia y falta de sentido. Un entorno que forzó esa inocencia perdida —con la costumbre como norma— a decir «adiós» para marcharse a otro plano a través de acontecimientos trágicos: una madre que se acoge al silencio, un abuelo que también se suicida o una abuela cuyo ictus la lleva a permanecer en coma.
Intermitente en el tiempo, el autor aboga por la discontinuidad. Sus desfases temporales pretenden reflejar unas reflexiones que no cesan, justificaciones inconclusas y giros que retoman puntos como quien no pasa página y necesita regresar a un inicio más firme que le otorgue una visión con mayor amplitud de miras. Una genealogía de integridad inaccesible, roles carentes de sustancia unitaria y un peso que dinamita y combustiona constantemente frente al embotamiento de los sucesos pasados.
«¿Cuánto dura un minuto?». Pol se lo pregunta, sintetizando una muerte incapaz de ser digerida con entereza. Esta elegía a las emociones más vehementes del individuo confirma la imposibilidad de su medición. No somos capaces de establecer un baremo estándar para la cura ante la pérdida de un ser querido; no hay reloj que sepa ajustar, sistemáticamente, la capacidad de aligerar una emoción no confrontada. La muerte, casi omnipresente en las cuestiones principales de la historia —real o aparente—, nos muestra en esta novela que es consustancial a la vida y que no hay proceso sin batalla ni bálsamo sin comprensión.
La relatividad temporal descrita por el hijo es nuestra propia relatividad. Leerlo es evocar nuestras emociones en su dimensión más esencial, dual y primigenio. La comprensión de sus líneas traspasa y trastoca la piel que habitamos —más fina que férrea— en una lucha constante, necesaria e imperiosa por comprender nuestros orígenes, nuestro legado y cómo un hogar condiciona nuestra definición de ser, nuestras acciones y resultados, nuestras repeticiones, nuestros lazos afectivos, nuestra percepción del amor y nuestros cambios de rumbo, aunque no consigamos comprenderlo como necesitamos para continuar en paz.


