Del poder creador de la muerte

Al ser el recuerdo siempre parcial, nuestras teorías se convierten en completamente inmunes a cualquier refutación, nuestro pensamiento en autorreferencial

|

Cuando muere un familiar cercano u otra persona significativa en la vida de una persona, se produce una transformación radical de su realidad. Lo que hasta entonces había sido una relación bidireccional, con un interlocutor activo, se convierte en un monólogo en soledad. El superviviente puede elegir mantener la ficción del diálogo pero si hace así, como su antiguo interlocutor ya no puede desafiarlo y desajustarse a la imagen que de él guarda, la mentira acaba por desarrollar sin cortapisas los monstruos de su mente. Convertir al muerto en un fantasma expone a comportamientos sin conexión con la realidad. La desorientación proviene de que el ahora muerto es un interlocutor cómodo que ya no puede asustar a nadie, a diferencia de los vivos, que siempre dan sobresaltos al resistirse a satisfacer los deseos de los demás. Así ocurre no solamente con personas, sino con generaciones enteras. Es más fácil identificarse con los abuelos que con los padres, porque a aquellos, si se los ha conocido, se los ha encontrado ya de retirada, mientras que a los padres se los encuentra en plenitud, con respuestas enérgicas y enfrentados a la idea de lo que el joven cree con ingenuidad que es la vida. El fenómeno tiene inevitables ramificaciones sociales, al resultar más sencillo apelar como modelo a los que ya no están porque ya no pueden refutar a nadie con su imperfecta existencia. Se inventan edades doradas y se echa la culpa a los inmediatamente anteriores a nosotros de haber destruido aquel paraíso perdido.

La creación de la edad dorada sólo puede culminar cuando desaparecen los últimos testigos fidedignos. Hay un periodo, corto, en el que la presencia incontestable de algún nonagenario hace complicados los malabarismos interpretativos de ciertos creadores de pasados idílicos. El viejo desagradable que se empecina en no morirse acaba siendo el último estorbo para crear una Arcadia imaginada. Afortunadamente los viejos no son eternos y su inevitable muerte acaba por conceder a la nueva generación, que ya sólo los conoció ancianos, plena libertad interpretativa sobre unos hechos que nunca vivió, para designar entre los muertos víctimas y verdugos. Es un ciclo que tiende a repetirse: quizá en un par de décadas vivamos el momento en el que se produzca el ascenso definitivo al panteón de hombres ilustres y el descenso a los infiernos de algunos de los ahora denostados conjuntamente. Así, también tener vivo a un ser admirado puede exponer al desencuentro con una realidad que se resiste a amoldarse a ensoñaciones. Por eso, si se permiten el lujo de tener héroes en la vida, los idealistas más inteligentes prefieren no conocerlos, porque saben que la persona de carne y hueso siempre será humana, demasiado humana, y nunca estará a la altura de la imagen construida. Ofrecerá anécdotas regadas de cotidianidad al que desea un tipo de trascendencia épica que no se encuentra en los episodios triviales de la vida. Para generar el misterio el esteta necesita mantener distancias con el creador.

A partir del recuerdo, siempre sesgado y parcial, la muerte permite hacer al héroe definitivo si se adelanta al desengaño. La mayoría de las veces la consagración definitiva ni siquiera se debe al desconocimiento, espejismo de neutralidad, sino a un ejercicio de poda y barnizado que convierte a la persona desaparecida en un personaje de novela, ya sea para santificarla apresuradamente y condenar a los vivos, o todo lo contrario. Por eso respecto a sus emperadores difuntos los romanos oscilaban entre dos actitudes opuestas, la deificación inmediata o la damnatio memoriae. La complejidad de la vida de los muertos es difícilmente digerible desde el lado de los vivos. El muerto usado es el guiñol que confirma los deseos de los vivos y tiene la ventaja de ser un testaferro inatacable por el tabú que supone cuestionar a los ausentes. Al ser el recuerdo siempre parcial, nuestras teorías se convierten en completamente inmunes a cualquier refutación, nuestro pensamiento en autorreferencial. Si además se tiene cierta predisposición al complejo de superioridad, siempre ayuda desdeñar a los vivos y limitarse a conversar con el muerto, que en realidad es el propio reflejo, porque pocas personas tienen la solidez necesaria para sostener una soberbia autosuficiente.

Aunque conversar con el pasado tenga valor, debemos establecer nuestro diálogo en la contemporaneidad, bajar al barro, hablar con los iguales y convencerlos sin apelar a mitologías. Es la única posibilidad de vivir en una realidad que nos interpele y evitar el peligro, siempre real, de caer en la autocomplacencia y el exhibicionismo inútil de una supuesta virtud, que no es más que la cobardía de esconderse detrás de unos fantasmas que son muertos que ni siquiera existieron.

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.