El Rey de España y heredero de la milenaria Monarquía Hispánica, Felipe VI, ha advertido contra los «planteamientos geopolíticos de otra época». La frase, pronunciada en el Parlamento Europeo, poco tiene de casual y demasiado de juicio político formulado por el jefe del Estado, depositario de una institución que precede en siglos a los gobiernos de turno y cuya razón de ser es garantizar la continuidad, la unidad y la neutralidad de las instituciones.
La posición del Rey, superior a la política de partidos, no es un adorno institucional ni una cortesía diplomática, sino una deuda con todos los españoles. Precisamente por ello, no puede ser neutralidad formal mientras, en la práctica, se deslizan mensajes propios de la agenda del Gobierno. La Corona no está llamada a marcar el marco moral de la política exterior ni a sugerir lecturas ideológicas del presente, sino a representar a una nación.
Cuando el Rey entra en la interpretación política del presente, deja de ser árbitro y pasa a ser parte. Una Corona que toma partido necesariamente deja de servir a todos.


