En la ausencia de un padre: ¿del dolor a la alegría?

La ausencia deja también espacio al recuerdo agradecido y, más todavía, si la muerte no tiene la última palabra

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Hace poco, en el funeral de la abuela de una buena amiga, el sacerdote remarcó que al perder a alguien querido lo primero es sentir tristeza y dolor; luego va emergiendo el agradecimiento por lo vivido junto a quien ya no está y, finalmente, incluso renace la alegría. Supongo que cada uno lleva el duelo a su manera, pero puede que así sea: que siempre acaben entremezclándose el llanto y la risa.

Este 20 de enero se cumple un año de la muerte de mi padre, Fernando. Doce meses. 365 días. 8.760 horas con sus minutos y segundos, con mis pensamientos. A veces siento que este tiempo se ha pasado en un suspiro y otras, en cambio, me parece una eternidad. Inmerso en la vorágine del día a día, entre el trabajo y los planes que inundan mi agenda, no sé muy bien ni lo que ha acontecido. Pero no ha habido ni un día, ni un rato siquiera, en el que, por hache o por be, no me haya acordado de él. En el que no me acuerde de él.

Resultan lejanos y hasta borrosos los agotadores días en el tanatorio y el funeral, concelebrado por el cardenal Osoro, don José María y varios curas amigos en una iglesia de San Fermín de los Navarros abarrotada. Tras aquel parón forzado, lleno de abrazos, muestras de cariño y recuerdos de cuánto sembró Fernando Pinedo, a mi madre, Blanca, a mis hermanos, Fernando, Blanca y Carlos, a mis sobrinos y a mí mismo nos tocó volver a la rutina. A una rutina que ya no iba a ser igual.

Han sido meses de reconquistar —o, al menos, intentarlo— espacios en los que tantos momentos compartimos con mi padre: de Hermosilla a Son Verí, pasando por el despacho o por esos bares —como el Fénix o el Roxy’s— en los que sólo podía pagar él. Han sido días de retomar y cambiar costumbres. De ver a mi madre luchar sin aquél con el que construyó su vida. De improvisar el aperitivo y comer bonito o boquerones imaginando cuánto habría disfrutado él. De jugar al Ferrocata sin que nadie compre toda la baraja. De vestirme con chaquetas anchas y cortas con el orgullo de que un día fueron suyas. De ponerme zapatos el domingo para ir a misa aun sabiendo que podría llevar unas zapatillas sin reproche alguno… Ha habido también momentos de dudas y miedos, en los que se acumulan las preguntas sobre el presente y el futuro, aunque ya no puedo llamar a quien siempre me cogía el teléfono.

La ausencia es dolorosa. La ausencia es una mierda. Pero la ausencia deja también espacio al recuerdo agradecido y, más todavía, si la muerte no tiene la última palabra, como creía mi padre. Cuando una familia —la mía en este caso— se apoya en «la fe y el amor que nos unen a quienes amamos», la muerte no puede «llevarse todo», en expresión del Papa Francisco. «El camino —continuaba el Pontífice— es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será enjugada». Que así sea.

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