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Inteligencia artificial: ¿la nueva suplantación de la escritura?

Hemos normalizado preguntarle qué responder, qué pensar, cómo centralizar la información y hasta regalarle nuestro cerebro

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Casi tumbando el año 2026, como quien vence batallas cual gran conquistador, y lo que nos sigue costando poner de moda ser real, genuino, hacer las cosas por nuestra propia cuenta y no depender del resto. Vivimos en un limbo extraño: a un lado de la trinchera, todos los avances y herramientas necesarios para informarnos y formarnos como queramos. Al otro lado, las nulas ganas de hacerlo posible.

El ser humano es cómodo por naturaleza. Somos cuerpos en reposo cuando nos encontramos a gusto con una situación. El cambio nos da pavor y mover un dedo sabiendo que alguien lo puede hacer por ti es nuestro deporte olímpico.

La inteligencia artificial ha entrado en nuestras vidas sin llamar demasiado, por la puerta de atrás, pero coronándose en la plaza más grande. Porque ancha es Castilla y la IA lo sabe. Primero, nos pareció una curiosidad. Maravilloso. Una máquina solícita, capaz de escribir poemas, resolver ejercicios, resumir libros o redactar un correo formal en cuestión de segundos. Después llegó la fascinación. Y ahora, casi sin darnos cuenta, hemos normalizado preguntarle qué responder, qué pensar, cómo centralizar la información y hasta regalarle nuestro cerebro. Lo que evoluciona, con un mal uso, nos retrotrae. Si tuviera que asociarlo con algún largometraje, Her lo ejemplifica de la misma manera.

Quizá el verdadero cambio no sea que las máquinas hayan aprendido a escribir, sino que nosotros estemos empezando a olvidar por qué escribíamos y para qué. Por qué hacíamos las cosas por nuestra cuenta. Por qué debe haber un esfuerzo previo para nuestra aprehensión. Para un crecimiento y desarrollo humanos que la IA nunca dará. No escribimos para leernos, escribimos para inspirarnos. Porque la inspiración nos eleva. Es el detonante de la creatividad. Y la creatividad es el único motor del crecimiento y el avance. Las ideas, su interruptor. La acción, su desarrollo. La realidad, su manifestación. Y la IA, su freno y su sepelio y «amén, hermanos».

El ejercicio de la escritura nunca ha consistido únicamente en colocar palabras en el orden correcto. Escribir también implica atascarse. Borrar una frase que parecía brillante cinco minutos antes. Eliminar una línea. No saber cómo avanzar. Mirar una página vacía durante demasiado tiempo. Elegir una palabra y cambiarla por otra porque la primera «no suena a ti». Hay algo profundamente humano en esa imperfección, ese freno y ese tiro fallido. Nuestros textos tienen manías, repeticiones, expresiones favoritas e incluso errores. De alguna manera, también conservan huellas dactilares.

La inteligencia artificial, en cambio, nos ofrece algo peligrosamente tentador: evitar el esfuerzo. Le damos una instrucción o el prompt y, segundos después, aparece un texto ordenado, correcto y aparentemente seguro de sí mismo. No hay tachones. No hay crisis frente al teclado ni frente a la creatividad. No hay veinte minutos buscando una palabra que tenemos en la punta de la lengua. Todo funciona y precisamente ahí empieza el problema.

Nos hemos acostumbrado tanto a valorar la rapidez, la comodidad y los resultados inmediatos que hemos convertido la cultura del esfuerzo en una molestia. Queremos el resultado sin atravesar el camino que lleva hasta él. Pero ¿qué ocurre cuando externalizamos no sólo la escritura, sino también el trabajo de construir una idea? Pensar y escribir siempre han estado mucho más unidos de lo que parece. Muchas veces no sabemos exactamente qué pensamos hasta que intentamos explicarlo. Una frase nos obliga a ordenar otra. Una contradicción aparece en mitad de un párrafo. Una idea cambia mientras la escribimos. La página no era únicamente el lugar donde depositábamos nuestros pensamientos. También era donde los fabricábamos.

Por eso resulta curioso que hablemos constantemente de si la inteligencia artificial llegará a parecerse demasiado a los humanos o si llegará a sustituirnos cuando quizá deberíamos preguntarnos lo contrario: ¿estamos nosotros empezando a parecernos demasiado a ella? ¿Hemos querido que nos sustituya?

Basta con observar algunos textos que circulan por internet. Todo es impecable, estructurado y sospechosamente pulido. Las mismas introducciones, los mismos conectores, las mismas conclusiones redondas. Palabras que no molestan a nadie y frases que podrían pertenecer a cualquiera. Hemos llegado a un punto en el que un pequeño error, una expresión extraña o una frase imperfecta pueden resultar casi reconfortantes: al menos parece que había alguien detrás; sabemos que ese alguien es real y no fruto de otra creación.

Sin embargo, culpar exclusivamente a la inteligencia artificial sería demasiado fácil. El dedo que apunta a la luna, pero la sociedad, como necios, mirando el dedo. Una calculadora no tiene la culpa de que olvidemos hacer una división y un GPS tampoco es responsable de que dejemos de aprendernos las calles. Las herramientas no deciden cuánto espacio ocupan en nuestra vida. Esa decisión sigue siendo nuestra.

La IA puede ser una compañera extraordinaria para escribir. Puede desbloquear una idea, señalar una incoherencia, proponer caminos que no habíamos considerado o ayudarnos a encontrar información. Estructurar textos, hacer esquemas y facilitar procesos. El problema aparece cuando deja de acompañar y comienza a sustituir. Cuando ya no le preguntamos «¿cómo puedo mejorar lo que he escrito?», sino simplemente le ordenamos «escríbelo por mí». Siempre lo diré: la inteligencia artificial nunca ha traído problemas, sino consecuencias. Nunca ha sido el origen, sino la proyección de él. Los humanos nacimos vagos, tendemos a la inacción cuando comprobamos que cualquier tarea puede desarrollarse de forma más sencilla. Trabajar si alguien lo hace por mí, ¿para qué?

Y ahí surge una contradicción especialmente interesante: en una época obsesionada con la autenticidad, con el trabajo genuino y diferente, estamos construyendo herramientas capaces de imitarla y que pueden apartarnos porque nosotros, por no hacer nada, les cedimos todo.

Queremos fotografías que parezcan espontáneas después de escoger entre cincuenta intentos. Publicamos pensamientos meticulosamente editados para parecer naturales. Pedimos a una máquina que redacte mensajes personales y después los enviamos con nuestro nombre debajo. La autenticidad, paradójicamente, también ha empezado a producirse en serie. Nadie busca ser real y prima la velocidad en obtener que la calidad en el hacer. Sobresalir por otro. Somos el plagio de nuestra propia creación.

Tal vez por eso el futuro de la escritura no dependa de corroborar que podemos escribir mejor que una inteligencia artificial. Probablemente no tenga sentido competir con una máquina en velocidad, memoria o capacidad para generar cientos de versiones de un mismo texto. Nuestro valor está precisamente en aquello que la escritura perfecta intenta eliminar: la duda, la experiencia, el criterio, la contradicción y esa forma inexplicable que tiene cada persona de mirar el mundo.

La pregunta, entonces, no es si debemos dejar de utilizar inteligencia artificial. Sería tan absurdo como pedirle a alguien que renunciara a internet para demostrar que sabe pensar. La cuestión es saber cuándo estamos utilizando una herramienta y cuándo esta está ocupando nuestro lugar. También cuándo le pedimos que nos dé ideas para mirar mejor y cuándo reemplazamos nuestra visión.

Quizá dentro de unos años escribir por uno mismo llegue a convertirse en una pequeña forma de resistencia. Se revalorizará el sello propio, porque será costoso no dejarse hacer por algo virtual. Sentarse delante de una página en blanco, equivocarse, borrar, volver a empezar y aceptar que el resultado no será perfecto. Lo verdaderamente extraordinario es encontrar un texto donde se ponga esfuerzo para expresar ideas y no leer para diferenciar lo que pertenece a las máquinas respecto a nosotros.