Escrita hacia 1148 por Ana Comnena, La Alexíada es una crónica histórica que sigue la vida del padre de la autora, el emperador Alejo I Comneno, desde poco antes de asumir el trono imperial. Joven y exitoso general, encabeza una revuelta para deponer a Nicéforo III Botaniates en 1081, poco después del desastre en 1071 de la batalla de Manzikert ante los turcos. Cuando asume el trono, el imperio de los romanos se encuentra en una situación crítica al haber sido permeadas sus fronteras en todas direcciones. Su reinado consiste en este océano de turbulencias, en el que se ve empujado a una batalla tras otra, con victorias y no pocas derrotas, hasta que muere en 1118 con el imperio razonablemente estabilizado.
Lo que hace a esta obra única entre los textos que nos han legado los bizantinos es el estilo personalísimo de la autora y la posición de privilegio desde la que escribió su crónica, al haber sido testigo o haber conocido directamente a los participantes en los hechos. Se trata por ejemplo de la principal fuente primaria del mundo bizantino que describe la primera cruzada. Ana Comnena escribe con un estilo vívido, directo y en ocasiones emocionante, al tratar la vida de su padre con una épica que la conecta con los héroes de la Grecia clásica. La Alexíada está llena de descripciones inolvidables, con las que Ana Comnena inmortaliza no sólo al protagonista, sino incluso en mayor medida a sus enemigos inveterados, entre los que destaca especialmente el normando Bohemundo de Hauteville.
Ana Comnena nos sumerge en la sociedad bizantina del medievo, basada en la síntesis de la cultura de la antigüedad con el cristianismo. Los romanos orientales se consideran a sí mismos los únicos portadores de los ideales clásicos y tienen plena conciencia de encontrarse asediados y ser los últimos representantes de su civilización. Impresiona la persistencia con la que los bizantinos tratan de preservar su cosmovisión, aunque en ocasiones los conceptos y las instituciones parezcan más un decorado espectral que tener sustancia real. Así, el imperio de los romanos cuenta con su emperador, sus césares subalternos a éste y su senado sin poder real. Para mantener la apariencia de que nada ha cambiado la élite intelectual hace un esfuerzo permanente e involuntariamente cómico por describir su realidad mediante conceptos clásicos. Así, los húngaros son «dacios»; los pechenegos, «escitas»; los normandos, «celtas»; los francos, «latinos»; los turcos, en ocasiones, «persas»; los egipcios, «babilonios», y ellos, por supuesto, «romanos».
A veces, el decorado se tambalea. Particularmente revelador es el episodio en el que la columna de Constantino en Constantinopla pierde la estatua que la coronaba desde la refundación de la ciudad como la Nueva Roma. Ana Comnena desdeña la importancia del mal augurio e involuntariamente muestra el grado de desintegración de su civilización al equivocarse y creer que la estatua representa a Apolo en lugar de al antiguo emperador. También sobrecogen las menciones que hace la autora de las ruinas de antiguas ciudades, de cuya gloria guardan una memoria vaga y fragmentaria. Al verlas su padre se limita a inferir por su escala que tuvieron que ser muy pobladas en época clásica.
A pesar de estos esfuerzos, la bizantina no es una sociedad completamente entregada a su causa. Al asedio exterior se suma el resquebrajamiento interior, con un pueblo llano descrito como «pusilánime», que obliga al emperador a recurrir constantemente a mercenarios en sus guerras. A esto se añade que buena parte de la aristocracia parece más entregada a las intrigas cortesanas, al juego y a la herejía que a su responsabilidad civilizatoria. Sólo pueden detener esta marea que amenaza con destruir definitivamente el mundo de los romanos figuras providenciales como Alejo, presentado por su hija como modelo de gobernantes.
La Alexíada nos presenta el ideal de gobierno del medievo romano, una mezcla de héroe clásico, sabio y apóstol, que aspira a elevar su sociedad siendo el mejor de todos los hombres. Es responsabilidad del emperador erguirse y dar ejemplo, como se observa en este hermoso fragmento: «Así era él, tanto en la derrota, como en la victoria, en la huida y en la persecución, nunca se escondía atemorizado ni, menos aún, caía en las redes de la desesperación. Tenía, asimismo, una enorme fe en Dios, que llevaba siempre presente en sus pensamientos, y se abstenía de hacer ningún tipo de juramento. Por tanto, como hemos dicho arriba, por eludir cualquier resistencia también él se vio perseguido en su escapada por Bohemundo y sus mejores condes. En medio de estos hechos, dijo a Gules (un servidor de su padre) y a los que estaban con él: «¿Hasta cuándo estaremos huyendo?», y acto seguido, dando vuelta a las riendas, desenvainó su espada y asestó un mandoble en el rostro del primero que lo acometía. Los celtas vieron esta reacción y se percataron de que él había renunciado a la vida. Como sabían desde hacía tiempo que los hombres que han tomado esta decisión son imbatibles, se echaron atrás y abandonaron la persecución».
Pero precisamente Alejo Comneno, que llega al trono imperial tras derrocar mediante una revuelta a su antecesor, es prueba misma de la debilidad de esta forma de legitimidad, que se justifica mediante su propio éxito y sirve de estímulo permanente a movimientos sediciosos. A pesar de que durante su gobierno se fortalece notablemente el imperio, nunca desaparece la amenaza de ser desafiado por una intriga cortesana.
Aunque presentado como virtuoso, el emperador es esencialmente pragmático. Como líder de una sociedad asediada, sabe que necesita mantener buenas relaciones con los enemigos que lo rodean para que no lo ataquen simultáneamente. Este pragmatismo se hace especialmente patente en comparación con el enfoque bélico más expeditivo de los cruzados, que aspiran a la destrucción del infiel. Los romanos orientales, aterrorizados, contemplan este fenómeno con una mezcla de perplejidad y admiración. El emperador hace la guerra preferiblemente al infiel, pero es realista y piensa tanto en la posible venganza de los musulmanes ante una guerra total, como en el posible recurso a mercenarios musulmanes cuando se enfrente a una amenaza existencial en forma de ejército normando.
Este pragmatismo funciona durante el reinado de Alejo Comneno, pero permite al lector asistir al nacimiento de los elementos que acabarán destruyendo el imperio. En su pragmatismo Alejo es el primero en firmar un acuerdo comercial desventajoso con los venecianos y estimula involuntariamente las cruzadas al pedir ayuda al papado contra los turcos. Su política con estos acabaría siendo fatal por ser excesivamente paciente y haber necesitado de una estabilidad dinástica que el estado romano era incapaz de sustentar. Alejo no intentó asimilar a la población turca ni revertir el reemplazo poblacional que se había iniciado durante los reinados anteriores. La sensación del lector es que los romanos son una minoría en su propio territorio, tanto al este como al oeste, y que su supervivencia hasta entonces es el producto de la voluntad de una élite fuertemente motivada. Los intentos de esta élite por involucrar al propio pueblo en su supervivencia se demostrarían infructuosos. La lección para la posteridad que nos da La Alexíada es que incluso en situaciones de crisis existencial el pragmatismo debe controlarse, porque puede contener dentro de sí el germen de nuestra destrucción.
La traducción de Emilio Díaz Rolando, ganadora del Premio Nacional de Traducción en 1989, es sobria y permite una lectura ágil para el lector no especializado. La edición de Ático de los Libros está cuidada y este lector ha podido contar no más de media docena de erratas en las más de seiscientas páginas del libro. Las notas al pie aportan información relevante y no son molestas ni excesivamente prolijas. Quizá se ha echado de menos un diccionario de personajes que complete el índice onomástico, así como que en las páginas se indique claramente en qué libro de los quince que componen la obra se encuentra el lector.


