Aventureros de cheslón: Flashman, el héroe que no quiso serlo

Cuando se cierra el libro, uno tiene la sensación de haber conocido a uno de los personajes más sinceros de la literatura de aventuras

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Hay héroes que conquistan imperios. Otros salvan ciudades. Y luego está Harry Flashman, que dedica su vida —con admirable constancia— a salvarse a sí mismo.

El primer volumen de Flashman, del escritor escocés George MacDonald Fraser, abre una de las sagas de aventuras más singulares de la literatura contemporánea. No porque su protagonista sea especialmente virtuoso, ni porque sus gestas estén animadas por un elevado sentido del deber. Más bien al contrario. Flashman es un cobarde, un fanfarrón, un oportunista y, en no pocas ocasiones, un perfecto canalla. Y sin embargo —o precisamente por eso— resulta imposible no seguir leyendo.

Fraser rescata al personaje de una novela victoriana muy popular en su tiempo, Tom Brown’s Schooldays, donde Flashman aparecía como el matón del internado de Rugby. Expulsado por borracho y pendenciero, aquel muchacho que intimidaba a los más débiles desaparecía discretamente del relato. Fraser decidió preguntarse qué habría sido de él. La respuesta es tan ingeniosa como deliciosa: Flashman, lejos de reformarse, entra en el ejército británico y acaba recorriendo medio mundo en pleno apogeo del Imperio.

La novela se presenta como unas memorias descubiertas décadas después, en las que el propio Flashman, ya anciano, relata con absoluta falta de pudor sus aventuras. Y aquí reside uno de los mayores aciertos del libro: el narrador no intenta justificarse. No hay arrepentimiento ni impostura moral. Flashman confiesa con desparpajo sus trampas, sus huidas precipitadas y sus miserias más evidentes. Cuando la batalla arrecia, él busca la forma de escapar. Cuando el peligro se acerca demasiado, procura colocarse detrás de alguien más valiente. Y, sin embargo, una cadena casi milagrosa de casualidades hace que una y otra vez termine siendo celebrado como un héroe.

El lector asiste así a una curiosa inversión del relato épico. Mientras la historia oficial del Imperio británico ensalza el valor, la disciplina y el espíritu de sacrificio, Flashman nos cuenta lo que sucede entre bastidores: el miedo, la improvisación, los malentendidos y la suerte. Mucha suerte.

George MacDonald Fraser, que sirvió en el ejército y conocía bien los mecanismos de la narrativa histórica, construye un libro que funciona a varios niveles. En la superficie encontramos una novela de aventuras extraordinariamente entretenida: persecuciones, viajes exóticos, conspiraciones y episodios militares narrados con ritmo ágil y un humor constante. Pero debajo de esa capa se percibe también una sátira muy fina sobre el mito del heroísmo y sobre la propia memoria histórica.

Porque Flashman, a diferencia de tantos protagonistas épicos, no está interesado en parecer mejor de lo que es. Al contrario: se deleita en revelar su cobardía. El lector descubre así una paradoja deliciosa. Cuanto más miserable se muestra el narrador, más simpático resulta. Y cuanto más insiste en que todo fue fruto de la casualidad, más evidente se vuelve la ironía del destino que lo coloca siempre en el lugar adecuado para recibir medallas que no merece.

Fraser acompaña además la narración con abundantes notas históricas que refuerzan el juego literario. Personajes reales, acontecimientos documentados y detalles minuciosos del siglo XIX se entrelazan con las peripecias del protagonista. El resultado es una especie de falso testimonio histórico que se lee con la sonrisa permanente del lector que sabe que le están contando una travesura.

En tiempos en los que la literatura de aventuras tiende a tomarse demasiado en serio, Flashman recuerda algo fundamental: que el humor puede ser una forma muy eficaz de mirar la historia. Y también una forma muy honesta de mirar al ser humano. Porque, si somos sinceros, la mayoría de nosotros no estamos hechos de la madera de los grandes héroes. Nos gustaría pensar que sí, desde luego. Pero quizá nos parecemos un poco más a Flashman: preferimos salir ilesos, evitar problemas y dejar que las circunstancias resuelvan lo que nosotros no sabemos afrontar.

Tal vez por eso el personaje resulta tan cercano. No es el modelo de virtud que inspira monumentos ni el caballero sin mancha que protagoniza las leyendas. Es, sencillamente, un hombre que intenta sobrevivir con los recursos que tiene, aunque esos recursos no siempre sean los más nobles. Y, contra todo pronóstico, lo consigue.

El primer volumen de Flashman abre así la puerta a una larga serie de novelas, que ya en su día publicó la editorial Edhasa y que ahora recupera Ático de los libros, en las que este improbable aventurero seguirá atravesando guerras, intrigas diplomáticas y episodios históricos de medio mundo. Siempre con la misma estrategia: correr cuando conviene, mentir cuando hace falta y aceptar con naturalidad las medallas que otros creen merecidas.

Quizá por eso, cuando se cierra el libro, uno tiene la sensación de haber conocido a uno de los personajes más sinceros de la literatura de aventuras. No el más valiente. Ni el más honorable. Pero sí, sin duda, uno de los más humanos.