El funeral de Estado celebrado en Huelva por las víctimas del accidente de Adamuz ha sido, ante todo, la despedida digna y en la fe de familiares y amigos en medio del dolor extremo. Firmes en la creencia en la vida eterna y en la resurrección de los muertos. Llenos de certezas en el sufrimiento y sintiendo la caricia de una Madre que consuela y acoge a sus seres queridos muertos en una tragedia que posiblemente habría podido evitarse.
La voz que debía prevalecer no era la de las instituciones, sino la de las familias. Y éstas hablaron con claridad: querían una despedida religiosa, acorde con sus creencias, su identidad. El Obispado de Huelva supo interpretar ese sentir mayoritario allí donde la política trata de imponer su miseria.
La imagen de una Huelva en silencio, recogida bajo un cielo encapotado, simboliza el duelo compartido de todo el pueblo español que no piensa doblegarse. Desde una tierra profundamente mariana, y ayer doliente, nos señalaron el camino. Liliana Sáenz, portavoz de las familias, cuya intervención puso palabras al sufrimiento, también realizó una demanda legítima a la que no debemos renunciar: queremos la verdad. Y después de ésta, la justicia.


