Ayer murieron más de cinco mil personas en el Oriente Medio y en España estamos hablando de la teta de Belarra. No quiero yo defender ahora el pezón de la ministra, no es que difiera de la defensa del pudor, tan necesaria, no es eso. Pero es que ayer murieron más de cinco mil personas en el Oriente Medio y cada vez que leo esta frase suspiro con algo de agotamiento y mucho de tristeza, y pienso que podría haber sido yo uno de ellos, mientras en España hablamos de la teta de Belarra.

Como bien sabéis, amigos míos, vivo ahora mismo al norte de Beirut y el domingo me acosté raro. Desde el día que nací duermo del tirón y ni siquiera mi conciencia, a veces intranquila, me roba tiempo de sueño. No. Siempre duermo bien, pero el domingo me fui a la cama algo incómodo. Llevamos en el Líbano una semana con lluvia y ventisca y en este país he oído yo los truenos más impactantes de mi vida. Me metí a la cama escuchando el viento, la lluvia y el tormentoso sonar de la tormenta. No pretendo que ahora parezca poética la desgracia, pero lo cuento tal como fue.

Vivo en un bajo y tenemos gallinas en nuestro patio. Aquella noche, incómodo yo, las gallinas no pararon de cacarear y pelear entre ellas. Algo estaba pasando. Apenas pude dormir y a las 3.20 de la madrugada nos agitó un terremoto. Uno no sabe qué es un terremoto hasta que se lo cuentan, o hasta que no queda nadie para contárselo, claro. Algo aturdido por el clima y los animales, pensé que estaría yo mareado, que la cama me daba vueltas como si volviéramos del Toni2. Pero mi compañero de piso vino preocupado y pronto salimos a la calle, donde encontramos a otros vecinos. Todos ellos preocupados y sudorosos.

A mí no me ha pasado nada, claro. Pero sentí el terremoto con fuerza, antes incluso de que ocurriera. Es curioso esta relación de la criatura con lo creado, del hombre con la tierra. Las gallinas, puedo prometer y prometo, nos anunciaron el terremoto y mi insomnio agitado también lo hizo. No quiero pensar qué habrán sentido en Turquía y Siria, donde han muerto miles de personas. A veces hay que estar cerca de las desgracias para prestarles atención, para pensar, al menos, en los que yacen bajo los escombros. Y esto no hay teta de Belarra que lo pueda tapar.