Pedro Sánchez ha elegido la Moncloa para su primer mitin de campaña. Su anuncio de elecciones generales, disfrazado de presidente del Gobierno, lo ha hecho como candidato del PSOE. Escenografía de Estado. Discurso de partido.
El inquilino gratuito de palacio llama a votar cinco minutos antes de que la corrupción desborde y cinco después de que haya quedado al descubierto su plan con la ley de nietos, mientras la situación de Ceuta sólo puede ir a peor. Para cambiar el foco, quien ejerce a la vez de mayordomo de Larry Fink y de socio de quienes niegan la propiedad privada ha manufacturado un relato grotesco que le exculpa del problema de la vivienda.
La campaña nace, como todo lo que rodea a este tirano, contra el Congreso de los Diputados, sobre el enfrentamiento, la ruptura y la construcción de enemigos. A cara de perro. Con la colaboración de sus milicias, contará incluso con una huelga general que, en la práctica, funcionará como otro acto de campaña contra la oposición.
Sánchez no llama a los españoles a las urnas. Moviliza a los sectarios, los golpistas, los etarras y los invasores contra los españoles.


