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Habla, pueblo, habla

La soberanía no pertenece a los partidos, ni a los gobiernos ni a las instituciones ni a los activistas en las calles

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«Habla, pueblo, habla». Aquella vieja consigna de la UCD resumía, con una sencillez que hoy parece casi revolucionaria, una idea elemental: la soberanía no pertenece a los partidos ni a los gobiernos ni a las instituciones ni a los activistas en las calles. Pertenece al pueblo.

Y el pueblo no es una estadística del CIS ni una manifestación, aunque sea multitudinaria. No son los aparatos de los partidos políticos ni los asesores de comunicación, pero tampoco es una masa de consumidores electorales que aparece en las campañas para depositar una papeleta y desaparece después. Un pueblo es una comunidad política viva, con memoria, intereses, vínculos, territorio y voluntad de decidir sobre su propio destino. Palabras mayores eso de decidir sobre nuestro destino, teniendo en cuenta que somos depositarios de lo que hemos heredado.

Aquí conviene rescatar incluso a quienes hoy resultan incómodos. Alain de Benoist ha insistido durante décadas en la crítica a una democracia reducida a procedimientos, mientras las decisiones reales se alejan cada vez más de los ciudadanos. Y Roger Scruton hablaba de oikophilia, el amor a la propia casa: ese sentimiento de pertenencia que vincula a las personas con su comunidad, su paisaje, sus costumbres y quienes les precedieron.

Y Chesterton nos ofrece quizá una de las definiciones más hermosas de la democracia: «La tradición es la democracia de los muertos». La democracia, para él, no debía someterse a «la pequeña y arrogante oligarquía» de quienes casualmente están vivos y ocupan el poder.

Ahí está la cuestión. Ahora iremos a las urnas en unos meses. Empecemos por ahí. Porque, si el pueblo español calla, otros hablarán por él. Por eso, frente a quienes quieren una ciudadanía obediente, administrada y permanentemente tutelada, quizá haya que recuperar aquella vieja consigna: Habla, pueblo, habla.

Y, sobre todo, no dejemos que nadie hable en nuestro nombre.