En 1961 Max Aub publicó en México La calle de Valverde, novela costumbrista ambientada en el Madrid de 1926. Nacido en París en 1903, su familia se mudó a Valencia en 1914. Desde entonces se consideró español. Destacado militante socialista cercano a Negrín, durante la Guerra Civil fue enviado al extranjero por el gobierno republicano en diversas misiones diplomáticas. Son famosas sus gestiones para encargar el Guernica a Picasso. Exiliado tras la derrota, sólo regresaría a España en dos ocasiones: en 1969, experiencia que retrató con notable maestría en el magnífico diario de viaje La gallina ciega, y en una última ocasión en 1971. Murió en Ciudad de México en 1972.
Años antes había escrito esta novela coral en estilo galdosiano, que también imita al Cela de La colmena, diez años anterior. Detallista y apoyado en su prodigiosa memoria, Aub trata de escribir como si nunca se hubiera ido de España, con desigual fortuna. Aunque no logre sobreponerse a su destino, el tesón con el que lucha contra la desconexión del exiliado es digno de admiración. Su prolongada ausencia se siente en el aire melancólico y no del todo unitario de la obra, en algunos momentos falta de vivacidad. Sus personajes viven con una audacia pasada de moda, que quizá esperaba que impresionase al lector español de los primeros años sesenta, pero que fue acogida con un clamoroso silencio por la crítica y los lectores. Ya no podía entender aquella sociedad, que había superado a su manera el pasado que rememora. La tragedia de Max Aub es la imposibilidad de hacer realismo auténtico desde el exilio. Se queda en novela histórica.
La trama de La calle de Valverde sigue a un grupo de provincianos que para hacer carrera han hecho las Américas: se han mudado a Madrid. Entonces como ahora, se trata de advenedizos con tendencias reformistas, resentidos por permanecer ajenos al verdadero poder de la ciudad, que apenas intuyen. Aunque Max Aub simpatiza con casi todos ellos, al lector le queda la sensación de que son gente atrapada en su microcosmos y cuya principal ocupación en la urbe es echarse a perder. Los más exitosos acaban reconociendo su incapacidad para encajar en esa sociedad; se marchan al extranjero o regresan a provincias. Otros, menos escrupulosos y también menos inteligentes, sobreviven uniéndose con oportunismo a grupos estridentes. Historias que al lector madrileño contemporáneo le traerán curiosos recuerdos de sus compañeros de facultad. El conjunto queda cojo por una selección parcial de lo español, que excluye de su mundo lo catalán y lo vasco, algo que muestra la visión incompleta de Aub, circunscrita a una clase social minoritaria. Parcialidad que el propio autor reconoce desde el título de su obra, que no pretende ofrecer una panorámica completa de la, para el exiliado, inalcanzable colmena madrileña, sino que se conforma con describir su celdilla, situada en un tiempo y un lugar concretos: la calle de Valverde en 1926. No atreverse a zambullirse en la complejidad de la urbe acaba siendo el principal defecto de esta novela, que nunca logra que los destinos de la mayoría de sus personajes terminen de interesar. A lo largo de sus cuatrocientas páginas se siente cierta monotonía ante la falta de diversidad de sus estilos de vida, indistinguibles unos de otros. Algunos, pocos, logran ser memorables. Esa irregularidad se siente en las siete partes en las que está dividida, de interés muy desigual entre sí. Aub es mejor escritor cuando se aleja de la política y se acerca al costumbrismo genuino, que le permite exhibir su talento para la descripción social y psicológica.
Max Aub escribe en un estilo ágil, con un sentido del humor fino y una espléndida habilidad para la descripción lapidaria. Por ninguna parte encontrará el lector actual los extranjerismos que en su tiempo se le reprochaban, sin duda porque los oídos se han hecho menos sensibles a la influencia foránea, ubicua en un mundo donde casi todo lo que se lee son traducciones automáticas. Su musicalidad recuerda a la que arrastran los afrancesados cultos de nuestros días, una prosa bastante digerible para el lector moderno, aunque en ciertos momentos su búsqueda del casticismo parezca impostada.
Como detalle llamativo, la calle de Valverde se conserva idéntica a como era en el momento en el que transcurre la narración, 1926. Ya entonces existía el edificio de Telefónica, que domina la perspectiva cuando se baja hacia la Gran Vía. El lector curioso puede indagar sobre el número 32, epicentro de la acción de la novela. Entre varios negocios activos en 2026, algunos son locales de dudosa reputación, que aparecen citados en las noticias con recurrencia. La asombrosa coincidencia, ejemplo sobresaliente de continuidad histórica, sería muy del gusto de Max Aub, aunque cuestione todos los relatos que se han contado sobre el tiempo que le tocó vivir, también los suyos.


