La destrucción de un país nunca ocurre por accidente; es el resultado directo de una fórmula política deliberada que carcome las instituciones, abandona las infraestructuras y sustituye la gestión profesional por la propaganda.
El devastador terremoto en Venezuela y las recientes catástrofes en España —como la gestión de las inundaciones de la riada, el apagón, la tragedia de los trenes en Adamuz o la devastadora ola de incendios forestales— evidencian una misma realidad dolorosa. La negligencia criminal de un socialismo corrupto e incompetente no solo arruina economías, sino que cuesta vidas. En Venezuela, el colapso no lo causó la naturaleza. El sismo sólo desnudó lo que décadas de chavismo ya habían destruido. Un país que flotaba en petróleo hoy carece de hospitales equipados, de bomberos con herramientas y de planes de emergencia. La infraestructura se desmorona porque los fondos públicos terminaron en los bolsillos de una cúpula corrupta. Los medios de comunicación libres fueron silenciados para que nadie pudiera reportar la magnitud de la tragedia ni denunciar que el Estado es un cascarón vacío.
El socialismo caribeño transformó una nación rica en un escombro social donde los ciudadanos están completamente desamparados ante la adversidad. Este modelo de abandono institucional y control de la narrativa no es ajeno a España.
El hilo conductor que une a José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez con el desastre venezolano es la obsesión por el relato por encima del interés general. Zapatero blanqueó y financió la tiranía bolivariana, importando a España sus peores vicios políticos: la polarización, el ataque a la separación de poderes y la colonización de los medios públicos.
Sánchez ha perfeccionado esa maquinaria. Mientras las infraestructuras básicas se deterioran, el Gobierno central se lava las manos. El reflejo de esta decadencia se vive en el día a día de los españoles. El colapso del sistema ferroviario, ejemplificado en incidentes constantes y accidentes como el de Adamuz, demuestra que la inversión pública se desvía a mantener redes de clientelismo en lugar de garantizar la seguridad ciudadana.
La respuesta ante las inundaciones de la DANA fue aún más cruenta. En lugar de una acción inmediata, coordinada y eficaz para salvar vidas, el sanchismo priorizó el cálculo político, la burocracia defensiva y la culpa compartida.
Esta es la cruda realidad de la España actual: pagamos más impuestos que nunca para recibir a cambio los peores servicios públicos de nuestra historia democrática. Los españoles sufren carreteras destrozadas por la falta de mantenimiento, un sistema de salud al borde del colapso y una inseguridad creciente en las calles. Mientras los ciudadanos se asfixian pagando el hipertrofiado aparato estatal, la banda criminal que habita en las instituciones se dedicaba a financiar prostitutas, cocaína y a llenarse los bolsillos con mordidas de mascarillas y fondos públicos. Nada de esto es nuevo; José Luis Rodríguez Zapatero ya tenía experiencia en este modus operandi. Así es exactamente como empezaron en Venezuela: destruyendo los servicios públicos y normalizando la corrupción institucional para saquear la nación. Buscan exactamente lo mismo para España: un pueblo empobrecido y dependiente.
Este desprecio al ciudadano no solo se sufre en las ciudades; la persecución ideológica a la realidad rural se replica en la tragedia de los incendios que asolan nuestros montes. El fuego no es una consecuencia climática; es el resultado directo de las políticas verdes ideadas en los despachos por cuatro burócratas en Bruselas, una agenda radical y asesina que machaca la agricultura, ganadería y que ha sido sumisamente apoyada e implementada en España por los partidos del sacrosanto régimen del 78. Estas normativas ecologistas de salón criminalizan las actividades tradicionales, prohíben la limpieza y el pastoreo en los montes, y convierten nuestros bosques en auténticos polvorines listos para arder.
De manera perversa, mientras la agricultura y la ganadería son despreciadas y perseguidas mediante un infierno normativo, fiscal y laboral, se mantiene la trampa legal sobre el suelo quemado. Aunque la ley prohíbe recalificar los terrenos forestales arrasados durante 30 años, abre las puertas de par en par si el objetivo es instalar placas solares o parques eólicos. Se fomenta así un inmenso negocio verde para unos pocos a costa de las cenizas del medio rural.
El objetivo último de este hostigamiento al sector primario es vaciar el campo para hacernos completamente dependientes del exterior en materia agrícola. Al igual que con el agua de la riada, cuando el fuego devora hectáreas por la acumulación de masa forestal abandonada, los ciudadanos descubren que el Estado hipertrofiado sólo sirve para cobrar impuestos, no para protegerlos.
La lección es tan clara como alarmante. La corrupción socialista no es solo el robo de dinero público; es el desmantelamiento programado de los pilares que sostienen a una sociedad civilizada. Cuando los medios son domesticados, la oposición es perseguida y la infraestructura se cae a pedazos por falta de mantenimiento y el campo es deliberadamente destruido, la población queda a merced de la catástrofe.
Venezuela es el espejo del futuro que le espera a cualquier nación que permita que la incompetencia ideológica y la corrupción sistémica capturen sus instituciones. España está a tiempo de reaccionar antes de que el daño sea irreversible.



