La Exaltación de la Cruz es una fiesta antipática porque no es fotogénica ni ronronea gustito. El santo leño es brutal, incómodo de ver. La cruz es tan áspera que estraga cualquier intento de maquearla o embellecerla; y sin embargo, en ese quicio de gloriar el santo leño estuvo España, el país que se ufana por creerse alegre pero que exaltó la cruz como ninguna otra nación. No sólo lo hicieron nuestros literatos, también nuestros pintores e imagineros; y entre éstos últimos, el más apasionante: Juan de Mesa Velasco, nacido en Córdoba, antigua capital del Califato, donde cualquier intento artístico de representar y humanizar a Dios merecía tortura y decapitación.
El mejor imaginero de Castilla brotó en las ruinas de Al-Andalus para labrar con sus manos la muerte del Hombre-Dios, máximo anatema musulmán.
Ni Jesús tuvo agua en el Calvario, ni Juan de Mesa láudano en su agonía: ambos expiraron al raso, sin lenitivos, como si haber esculpido algunos de los mejores crucificados de España exigiera también la oblación del propio artista cordobés. Cristo murió por asfixia y Juan de Mesa boqueó como otro tuberculoso más, ergo asfixiado como Jesús también. Aquél con 33 y éste con 44, como si la querencia por tallar en madera el suplicio de Dios hubiera sido demasiado osada para merecer una muerte plácida. Así trata Yahvé a sus amigos, que diría la Santa, y así también murió Juan: sin arrobo ni laúdano para aliviar su estertor.
Muerto y sepultado anónimamente, Sevilla olvidó al artista que modeló a Jesús del Gran Poder, y aunque la ciudad se enamoró de sus tallas, se las atribuyó a otro durante varios siglos.
Juan de Mesa nació en Córdoba, la ciudad filósofa de Séneca, Averroes y Maimónides, pero su trasunto no fueron las ideas sino los talleres de gubia y virutas. Aunque el chaval se alistó tarde como aprendiz, no erró el tiro: lo hizo con 23 años en la mejor colmena, la del maestro Martínez Montañés, que ya era el escultor más célebre de Castilla.
Montañés fue un tipo vivo que con apenas 20 años logró el codiciado permiso para abrir su propio estudio en la gremial y jocunda ciudad de Sevilla, pero tallar imágenes devotas no lo libró de malear. Pasó dos años en la cárcel tras participar en el homicidio de un hombre y no abandonó la trena hasta lograr el perdón de su viuda previo pago de cien ducados.
Cuando el joven Juan de Mesa tocó a su puerta en el año de gracia de 1606, el antiguo reo acababa de entregar su mejor Cristo, el de la Clemencia, cuyos ojos hablan perdonando a quien se acerca. Este gran crucificado —también llamado de los Cálices por haber presidido la sacristía de la catedral de Sevilla— resume a la perfección el tránsito sensible del siglo XVI al XVII, de la limpidez elegante de fray Luis de León a las rimas dolientes de Lope. El gran Cristo de Montañés es un moribundo distraído de su propio dolor, concentrado en su oficio de repartir clemencia; por eso parece que no sufre: porque alivia cargas ajenas.
A su llegada al taller de Martínez Montañés aprendió la mejor técnica de su maestro. Aunque fuera un hombre joven, era de Córdoba, tierra de taciturnos y cavilantes, de tipos que dan más fruto que flor, y pronto se afanó por desentrañar troncos para esculpir al carpintero judío. Juan trabajó tres años para Montañés, de cuyos serenos reflejos renacentistas se emancipó. El maestro esculpía con compunción, con ecos de elegancia italiana, sin patetismo impío. Pero Juan es pasión.
Quizá en el Sacro Imperio, allá donde la Ruptura protestante, prescindan de la crudeza fiel de las imágenes; pero acá en Castilla, en Sevilla, el sol permite afrontar y encarecer la crudeza escandalosa del relato evangélico. Juan encarnará el suplicio de la cruz tal como fue, compadeciéndose de cuantos crucificados hubo en la historia de Roma. No hará Cristos solemnes ni impávidos, de indiferencia marmórea. Será natural, «patético». Realismo barroco, cine avant l’heure.
Juan de Mesa es la espesura transparente del naturalismo escultórico español; y por eso su Jesús del Gran Poder, el Señor de Sevilla que aún camina hacia el Gólgota, ya transmite más dolor que el propio Cristo crucificado de la Clemencia de Martínez Montañés, a punto de morir tras varias horas clavado.
Juan de Mesa está acendrado en el cogollo de nuestro siglo XVII, cuando crecimos y nos desengañamos con el Dios que fue cordero y no león. Porque Dios también abandonó a España cuando parecía que sólo trabajábamos para Él; y así la cruz y tantas vidas perdidas en aquel siglo, y así nuestras imágenes e historias, y así nuestra pintura y literatura, y así hasta Unamuno; y allí nuestra iconografía más propia. España en el XVII es la vehemencia terca de reconocer y representar la lucidez responsable, la cruda y estoica hidalguía católica, desnuda en la intemperie, desengañada pero firme, que nada maquilla y todo cáliz apura.
Objeciones recurrentes: ¿es la imaginería barroca un culto tenebroso al dolor? ¿No podían aquellos castellanos dibujar Cristos suaves de color pastel y olores golosos? Pudiendo, no quisieron: necesitaban consolarse de la realidad con realidad. Cristos ásperos; porque los blandos ya se hacían en Italia mientras España garantizaba con vidas castellanas la seguridad mediterránea que permitía a los venecianos vender espejitos de Murano y otras vanidades. Tampoco querían los castellanos esconder el escándalo del Crucificado con cuyo estandarte y otras subalternas motivaciones se expulsó al Islam.
La religión que asoló el cristianismo en la patria de san Agustín había sido vencida, y con ella, la metafísica de un Dios imposible de representar. En Sevilla, donde toda imagen divina fue anatema y sólo se permitían arabescos, ahora se paseaban figuras del Hombre-Dios, de Jesús, el Sano Corazón. El antiguo canto del almuecín inspiraba ahora el nuevo canto de las saetas. Juan de Mesa, tallador de Cristos, hubiera sido decapitado en su ciudad natal.
Un día se produjo el feliz e inevitable duelo. El careo de ambos artistas —del maestro Montañés y su discípulo Juan— fue emotivo para ambos y un lujo de tronío para la ciudad. Lo propiciaron felizmente los jesuitas, para cuyos novicios sevillanos Montañés esculpió las imágenes de los beatos Ignacio y Francisco de Borja, aún sin canonizar. Sobriedad y compunción exquisita: padre Ignacio llora consolado, probablemente aborreciendo pecados de pulpa o gustando otros dulces arrepentimientos; y Francisco de Borja, grande de España, viejo virrey de Cataluña, contempla el craneo que es la muerte y lo anonada: «Nunca más servir a señor que se pueda morir». Ya quisiera Shakespeare alcanzar la veracidad dramática de nuestros santos con sus personajes ficticios de tragedia inglesa; y ya quisiéramos nosotros haber conservado la imagen de Francisco Javier que se extravió.
Junto a las tallas del maestro Montañés, Juan de Mesa recibe el encargo de esculpir el Cristo que presidirá la capilla profesa, con la muy precisa instrucción, de parte del maestro de novicios, de promover el arrepentimiento y la conversión de los pecados de la carne. Aquella Sevilla puerto de Indias era un prodigioso muelle para despiporres con resaca. No hubo decepción: el Cristo que talló el cordobés (hoy conocido como de la Buena Muerte y perteneciente a la Hermandad de los Estudiantes) gustó tanto a los jesuitas que el padre Luis de la Palma encargó una nueva imagen para su recién fundado Colegio Imperial de Madrid —obra que hoy preside La Almudena y con la que pudo escribir su Historia de la Sagrada Pasión—.
La carrera de Juan fue corta, intensa y prolífica, pero nadie sabe cuándo contrajo el virus de la tuberculosis ni en qué momento se despertó de su latencia. El cordobés esculpe sus mejores obras con apresuramiento febril, en sus últimos años de vida previos a 1627, quizá ya enfermo.
A diferencia de Martínez Montañés, que esposó a dos mujeres con las que tuvo cinco y siete hijos, Juan compartió toda su vida con María de Flores; y aunque no fueron capaces de engendrar, cuesta imaginar al escultor irrevocablemente triste porque su trabajo fue eficaz.
Lo imagino enérgico y prudente, incluso a ratos jovial: senequista. Juan morirá con 44 años; su antiguo maestro con 81. Martínez Montañés aún tendrá tiempo de recibir los honores de Felipe IV, para quien modeló el busto de su estatua ecuestre y por cuyo pintor de cámara, el inmortal Velázquez, fue retratado. De Juan de Mesa no tenemos ni un esbozo. Quizá por ello, los cofrades lo arrumbaron cuando murió. La tentación de atribuir las tallas sevillanas más populares al escultor más célebre y afamado, pintado por Velázquez y agasajado por el rey, caló en la ciudad hispalense.
Juan fue olvidado y con él la autoría de todas sus obras, atribuidas en masa a Montañés. Junto al Cristo del Amor, su primer crucificado, Juan esculpe otras imágenes para diferentes cofradías a las que nunca cobró caro. Uno de sus obras cumbres, empero, llega de la mano de un particular: el guipuzcoano Juan Pérez de Irazábal, contador de la Real Hacienda de Sevilla, natural de Vergara, propietario de una riquísima biblioteca y responsable de la construcción y aparejo de ocho grandes galeones en puertos vascos.
Irazábal pidió un Cristo soberano en trance de agonía, y Juan triunfó. La imagen fue tallada en tres meses y el contador real quiso enviarla a su pueblo. A Vergara y Vascongadas llegaría por vez primera el mejor barroco. El éxito en Guipúzcoa fue tan rotundo que las autoridades detuvieron los enterramientos en la capilla del Cristo por el inabordable número de demandas.
Este Cristo de la Agonía es la apoteosis artística de Juan y una gloria discretísima del barroco universal, escondido entre colinas lluviosas que cobijaron a mucho carlista y no poco terrorista. El Cristo de la Agonía es esplendor al servicio de la piedad popular y la mejor nematología católica imperial: arte para los afectos de compunción y consuelo que Juan de Mesa había roturado para los jesuitas.
Hay crucificados muertos, otros que expiran, cristos nazarenos y yacentes. El de Vergara es un Cristo agónico de 1622, cuando España se enfrascaba en una guerra europea de 30 años que la desangraría para mayor victoria de la Ruptura protestante.
Cuatro siglos lleva agonizando en Guipúzcoa nuestra más rotunda exaltación de la cruz. La iglesia suele estar cerrada. Allí donde tantos vascos quisieron enterrarse, hoy no hay nadie. Pero es hermoso: el Cristo de la Agonía de Juan de Mesa Velasco exalta la cruz. Tantas viejas manchegas maravillosas de bisbiseo diario en sus humildes parroquias de escaso valor, y el Cristo de la Agonía de Vergara, obra cimera del barroco hispánico, no tiene suspiros melosos. Así debe ser. La realidad enfatiza aún más la agonía de Cristo, la humilde historia de Juan, y el devenir contemporáneo de España y sus provincias vascongadas.
Quizá algún día el Cristo de la Agonía recupere cierta devoción, como hace no tantas décadas recuperó su fama en Sevilla Juan de Mesa, pero lo más probable es que no lo veamos y así estará bien. No contactaré con la oficina de turismo de Vergara para que me abran la iglesia como visitante, pero me acercaré si la antigua parroquia de san Pedro de Ariznoa se despereza. Sólo podemos consolarnos con mimbres de realidad, y por eso Juan de Mesa no ahorró esfuerzo en exaltar lo natural, el dolor verídico. El mejor calvario de España está en Guipúzcoa y qué consuelo que así sea. Qué alegría, Juan, que naciste en Córdoba.


