Durante el Franquismo, la Obra Sindical de Educación y Descanso creó una red de establecimientos para que los obreros y sus familias pudieran disfrutar de sus vacaciones en condiciones económicas ventajosas. De entre todos ellos, destacaron como proyectos más ambiciosos e innovadores las tres ciudades de vacaciones que, a lo largo de la década de 1950, se construyeron en el litoral peninsular: la de Playa Larga (Tarragona); la de Marbella; y la de Perlora, en Asturias, de la que aquí nos ocupamos.
Excelentemente localizada en la acantilada costa del concejo de Carreño, cerca de Gijón, la ciudad vacacional de Perlora constaba de un gran establecimiento residencial, 273 chalés unifamiliares y zonas comunes, como comedores, comercios, una iglesia, lavandería e incluso un cine, todos ellos edificados entre jardines. Además, cuenta con tres playas y varias pequeñas calas en el interior del propio recinto.
La disfrutaban por quincenas los empleados de las mayores empresas públicas de la región (fundamentalmente, Hunosa, Ensidesa y Caja de Ahorros de Asturias), que habían contribuido económicamente a la construcción del establecimiento. En los años sesenta y setenta, atendió a una población vacacional de en torno a mil quinientos veraneantes cada año.
Los chalés se edificaron en el estilo brutalista en boga por aquel entonces, pero inspirándose en la construcción tradicional asturiana; de hecho, algunos cuentan con forma de hórreo y, otros, con los tejados a dos aguas habituales en las casas rurales tradicionales. En muestra de este valor arquitectónico propio, la Fundación DoCoMoMo Ibérico, que promueve la conservación de construcciones modernas, los incluyó en la primera categoría de su registro de obras a proteger.
La agonía de Perlora se inició con la transición política, en 1975. Fue auspiciada por el Principado de Asturias, a cuyas manos pasó su gestión en 1982; su escasa rentabilidad, que fuera visto como una creación eminentemente franquista, o ambas razones, motivó que la autonomía dejase de invertir en la ciudad residencial y, con ello, se fuese deteriorando paulatinamente. En noviembre de 2005, se derribó el edificio de la residencia aduciendo que estaba aquejado de aluminosis. Y, en 2006, el gobierno autonómico cerró definitivamente la residencia de Perlora para iniciar su privatización; además de su remodelación, se planeó construir en ella un hotel de lujo, apartamentos y dotarla de un spa, instalaciones deportivas y restaurantes. Sin embargo, las diferencias entre la Administración y las empresas adjudicatarias y los problemas económicos de estas últimas provocaron la cancelación definitiva del proyecto en 2010.
Actualmente, la ciudad de Perlora permanece abandonada. Está sumida en un llamativo silencio que sólo cortan, a veces, el ruido del oleaje del mar o el de las hojas de los árboles, asalvajados, cuando hace viento. Los viejos chalés parecen emerger de entre la hierba alta; muchos están desconchados, graffiteados y los huecos de sus puertas y ventanas se cubren con tablones o un somier; aun así, se muestran recios y conservan una rara severidad. Los arbustos, descuidados y poblados, parecen enmarcar la fachada de la iglesia y la gran cruz de piedra que la preside, e invaden el camino entre cuyos adoquines crecen los hierbajos. La antigua tienda de golosinas aún conserva pegatinas de publicidad de las chucherías de moda a finales de los años 90.
No obstante, sigue abierta para permitir el acceso a las playas, utilizar las instalaciones deportivas que aún funcionan (un campo de fútbol y canchas de tenis y de baloncesto) o, simplemente, para quienes deseen pasear por lo que queda de ella. En verano, son muchos los abuelos que echan las tardes sentados en sus sillas de playa delante de la casa en la que veranearon hace cincuenta o sesenta años, quizá acordándose con nostalgia de sus jornadas de la playa con la familia, los chillidos de los niños jugando en el prado a la hora de la siesta o de sus tertulias después de la cena con el ruido de los grillos de fondo.
El fenómeno de la urban exploration (la afición por visitar lugares antiguos abandonados) ha conseguido que se vuelva a hablar de Perlora. Varios youtubers han publicado vídeos recorriendo sus caminos plagados de ruinas e intentando entrar en los chalés; probablemente, alguno haya tratado de obtener seguidores asegurando haber captado psicofonías en los restos de alguna de las casas.
También se han publicado recientemente noticias sobre posibles planes del gobierno regional para revitalizar la ciudad residencial sobre los que, como no, existen discrepancias acerca de si debe de delegarse su gestión a empresas privadas o, por el contrario, darle un uso supuestamente más social.
La sociedad, la economía y la forma de disfrutar de las vacaciones han cambiado mucho desde los tiempos de esplendor de Perlora. No parece viable que nuestro Estado, aunque se reputa de social, esté dispuesto a facilitar el veraneo de sus obreros, ni siquiera de los más desfavorecidos. Tampoco que los empleados de las multinacionales tengan ningún interés en pasar sus veranos en la costa española con las familias del resto de sus compañeros, aunque les fuera a costar poco dinero. En todo caso, resulta indiscutible que jamás debería de haberse facilitado la destrucción de nuestro patrimonio, de lugares que, como la ciudad de Perlora, poseen un enorme valor artístico e industrial y son susceptibles de múltiples usos sólo porque los levantó un régimen político anterior o para evitar que otros puedan ganar dinero explotándolo.


