La España sarnosa

Bajo el maquillaje a la gente guapa le pica la piel

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Piojos. Es leer la palabra y sentir picor en la cabeza. La semana pasada me enteré de que los hijos de un vecino tenían. Al ir al médico poco después le mencioné que desde entonces tenía la incómoda sensación de que me picaba la cabeza, aunque pensaba que eran imaginaciones mías. Al principio la doctora se rio de mí, pero luego me pidió que no le dijera eso, que al oírlo empezaba a sentir lo mismo. Estaba susceptible, porque esos días había visto muchos pacientes con sarna y ya no se le iba una sensación molesta de la piel. Me sorprendió, porque no era consciente de que esta infestación siguiera siendo un problema común. Luego, por curiosidad, miré las estadísticas. En España los casos se han multiplicado por cincuenta en los últimos quince años. Estudios y reportajes insisten en que no debe considerarse un estigma padecerla. Las autoridades se limitan a tratar los casos según se van presentando y se centran en normalizar la situación. Si la causa de su cronificación, el hacinamiento, se menciona, se hace de pasada, como algo irresoluble.

Estos años España ha mostrado ser terreno fértil para epidemias. Las gripes se contagian a toda velocidad. La sarna prolifera. Los piojos también prosperan, como demuestra que en cualquier ciudad mediana se encuentran cada vez más establecimientos especializados en eliminarlos. Se repite que le puede pasar a cualquiera. La sarna acude a la piel limpia y los piojos al pelo bien cuidado. Se habla de la sociabilidad de la población, como si antes se quedara en casa. En realidad, el cambio es que existe un nuevo grupo social que actúa como reservorio de estos males, lo que hace inevitable su cronificación. Estas personas, aunque viven en infraviviendas, se mezclan con todos los estratos porque suelen trabajar para la pretendida clase alta.

El paseante por cualquier ciudad española de relieve puede ver manifestarse este fenómeno en la conversión masiva de antiguos locales en viviendas. Los ayuntamientos permiten crear estos pisos para acomodar allí a los recién llegados, porque los antiguos habitantes no aceptarían semejantes condiciones. No todas las infraviviendas son bajos, ni viceversa, pero éstas son las que están a la vista de todo el mundo, a menudo incluso con acceso separado del resto de la comunidad de vecinos, en la propia calle. Si los curiosos aprovechan ese momento en el que se abre la puerta de una casa para echar una ojeada, siempre verán la misma imagen. Camas. Literas. Y eso a la entrada, a saber lo que hay al fondo. Viven así, apelotonados por decenas. En un ambiente húmedo y oscuro, con la luz encendida a mediodía y las ventanas abiertas, a pesar del ruido, para poder respirar. La imagen que resume esta nueva forma de vida es el tendedero lleno de ropa, desplegado en la acera de la calle, junto a la puerta de entrada, porque dentro no hay espacio para ponerlo y de todas formas nunca se secaría la ropa. A gente que vive así cuando vienen bien dadas no se le puede pedir desinfectar toda su ropa cuando acecha la sarna.

Esta dinámica social ofrece dos alternativas al ciudadano que todavía se mantiene en mejores circunstancias. Puede aceptar tener de vez en cuando este tipo de inconvenientes. O bien puede hacer un esfuerzo permanente para minimizar riesgos y evitar los lugares públicos —colegios, asilos, hospitales, metro, autobús— en los que es inevitable compartir espacio con las personas más expuestas a estos percances ya recurrentes. Zambullirse en el sufrimiento o elegir no verlo, mal dilema.

Resolver las plagas antes de que las personas se sientan desgraciadas tiene la desventaja de ser una acción invisible, ante la que casi nadie se siente agradecido. Las autoridades se limitan a tratarla según se presenta y se centran en normalizar la situación. Unos para sostener su rentable negocio rentista, otros para continuar con sus lucrativos trabajos en el sector de la beneficencia. Todos para tener quien lleve al colegio a los niños y mientras fantasear con que son alguien.

Si algo ha demostrado nuestro tiempo es que ante lo excepcional el ciudadano se encuentra solo. Vive inmerso en un sistema en el que nadie cree y del que todo el mundo busca obtener beneficio. En esta situación esperar protección por parte de las estructuras tradicionales es imprudente. Queda ponerse a salvo uno mismo, antes de caer víctima del enésimo protocolo y sus indiferentes ejecutores, que siempre dirán con lágrimas en los ojos que la desgracia fue inevitable, que no podía preverse. La ambición es llegar pronto a esta España inhumana que ya asoma, la España de sesenta millones de habitantes. La España sarnosa.