La otra guerra de Irán: propaganda, mentiras y peones en el tablero

El conflicto se libra en el frente y en la conciencia pública

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La guerra contra Irán no empezó el día en que despegaron los aviones ni cuando sonaron las primeras sirenas. Empezó mucho antes. En columnas de opinión cuidadosamente colocadas en medios controlados, en reuniones discretas con aliados europeos, en informes de think tanks que advertían de un «punto de no retorno» y en un goteo constante de titulares que preparaban a la opinión pública para lo que, tarde o temprano, iba a presentarse como inevitable.

Hoy los misiles ocupan las portadas. Pero, en paralelo, se libra otra batalla menos visible y no menos decisiva: la del relato.

Tel Aviv llevaba tiempo moviendo sus piezas. Diplomáticos desplegados en capitales clave, portavoces omnipresentes en medios occidentales, informes sobre el programa nuclear iraní y advertencias reiteradas sobre la «amenaza existencial». El mensaje era simple, casi pedagógico: Irán representa un peligro inminente; la acción, por tanto, sería una medida defensiva.

No es nada nuevo. Toda guerra necesita legitimación previa. Ningún gobierno moderno puede permitirse aparecer como agresor sin haber construido antes un marco moral que lo justifique. Lo llamativo es la intensidad del trabajo preparatorio y la coordinación casi milimétrica entre discursos políticos y cobertura mediática en buena parte del mundo occidental.

Mientras tanto, voces críticas eran arrinconadas o caricaturizadas como ingenuas o cómplices del régimen de los ayatolás. El espacio para el disenso se fue estrechando. Otra vez el viejo esquema: o estás conmigo o estás contra mí. ¿Les suena?

Washington y el ruido de fondo

En medio de la escalada militar, en Estados Unidos reapareció con fuerza el debate sobre los archivos vinculados al caso Epstein. Durante meses, sectores políticos habían presionado para una mayor transparencia. De pronto, cuando la guerra estalla, el Departamento de Justicia anuncia movimientos que afectan a esos documentos. Coincidencia temporal. Oficialmente, nada más.

Sin embargo, la desconfianza ya estaba instalada. En una sociedad polarizada y cansada de escándalos, cualquier opacidad se interpreta como encubrimiento. Las redes sociales se llenaron de preguntas completamente pertinentes: ¿por qué ahora?, ¿por qué así?, ¿qué se está ocultando?

No hay pruebas concluyentes que conecten directamente ambas cuestiones. Eso debe decirse con claridad. Pero también es legítimo señalar que los gobiernos, en contextos de crisis externa, tienden a aprovechar la concentración mediática en el frente militar para gestionar asuntos internos delicados con menor escrutinio.

La guerra, además de destrucción, genera ruido. Y en el ruido es más fácil que ciertas preguntas se diluyan.

El patrón de las coincidencias

Más allá de nombres concretos o países específicos, lo que realmente está alimentando la desconfianza es el patrón. Cada vez que estalla una crisis internacional de gran magnitud, otros asuntos sensibles parecen diluirse en segundo plano.

Investigaciones que avanzaban con intensidad pierden foco mediático por las cortinas de humo. Decisiones administrativas controvertidas pasan casi desapercibidas. Documentos prometidos se retrasan o se gestionan con discreción o, simplemente, la actualidad informativa lo cubren con un muy pertinente velo.

No es necesario demostrar una conspiración estructurada para constatar un hecho político elemental: la guerra reordena la agenda pública. El conflicto exterior absorbe atención, concentra titulares y reduce el espacio para el escrutinio interno.

En ese contexto, cualquier movimiento institucional relativo a expedientes delicados —especialmente aquellos que afectan a figuras de poder— se interpreta bajo sospecha.

El resultado es un círculo difícil de romper. Cuanto mayor es la opacidad, mayor es la especulación. Y cuanto mayor es la especulación, más fácil resulta descalificar toda crítica como teoría conspirativa.

El discurso del «muro» y las contradicciones

Desde el lado israelí se lleva años insistiendo en la idea de ser el muro de contención frente al radicalismo islámico. Es un mensaje que conecta con temores reales en Europa y Estados Unidos, pero la política internacional rara vez es tan lineal. Tampoco podemos desechar la idea de un, nuevamente conveniente, efecto mariposa.

Israel mantiene alianzas estratégicas con varias petromonarquías del Golfo. Entre ellas, países donde el islam oficial no es precisamente liberal. El enemigo común —Irán— ha facilitado alianzas que hace décadas habrían parecido impensables. ¿O es más bien el negocio de la energía? Todas las naciones se odian entre sí, Tel Aviv lo único que hace es echar leña al fuego.

El islam es presentado como amenaza cuando se trata —para Israrel— del chiismo iraní y su red de influencia; en cambio, cuando conviene a los equilibrios regionales, las diferencias ideológicas pasan a segundo plano.

Es la fría y deshumanizante lógica del interés nacional, pero también revela la fragilidad de ciertos discursos morales que se utilizan hacia el exterior.

Y en medio de todo ello aparecen los cipayos contemporáneos: comentaristas, analistas, incluso políticos occidentales que repiten argumentarios prefabricados sin el menor espíritu crítico. No defienden necesariamente los intereses de sus propios países. Defienden los de quien marca la agenda. Lo hacen con entusiasmo, a veces con fervor, como si la geopolítica fuese un partido de fútbol y no un juego de poder donde siempre pagan los mismos.

¿Quién marcó el paso?

Las primeras declaraciones de responsables estadounidenses tras el inicio de los ataques dejaron entrever que Washington habría seguido una dinámica ya en marcha. Posteriormente llegaron las matizaciones y los desmentidos. Nada fuera de lo habitual en una crisis internacional.

Pero la sensación de que Estados Unidos se vio arrastrado, al menos en parte, por la determinación israelí no ha desaparecido del todo en ciertos círculos diplomáticos (además de haber explotado en redes sociales como la píldora).

La relación entre ambos países es estrecha y estructural, pero eso no significa que sus ritmos estratégicos sean idénticos. De ahí que ahora ya no se hable de MAGA, sino de America First en contraposición a Israel First.

En cualquier caso, el mensaje oficial terminó alineándose: acción coordinada, amenaza compartida, objetivo común. El relato debía cerrarse sin fisuras.

O eso pensaban, porque toda campaña militar tiene límites logísticos y políticos. Las reservas de munición, el coste económico, la presión interna. Algunos analistas apuntan a que existe una ventana temporal relativamente acotada para operaciones de alta intensidad. Más allá de ese tiempo, el desgaste aumenta exponencialmente.

Irán, pese a los golpes recibidos, no ha colapsado. Su estructura estatal sigue en pie y su capacidad de respuesta indirecta, a través de aliados regionales, permanece intacta. No parece un adversario que vaya a desaparecer en cuestión de días.

Un país que soportó un millón de muertos en la guerra irano-iraquí de los años 80 y que después es un rival directo de Israel no es cualquier cosa. Quien pensara que el régimen iraní caería como el venezolano, poco conoce a los persas.

La ventana de tiempo para los atacantes es de cuatro a cinco semanas. A partir de ahí, esta guerra se podría encuadrar dentro de la clásica trampa de Tucícides. Toda potencia hegemónica que quiera seguir siéndolo se verá forzada a entrar en un conflicto que, antes o después, supondrá su caída.

En este caso, quizás lo más preocupante para los estadounidenses es que no es una guerra que ellos hayan buscado (votaron lo contrario y eso fue lo que Trump prometió).

China observa. Rusia calcula

En segundo plano, pero no menos importante, están China y Rusia. Pekín no puede permitirse una desestabilización total de Irán que comprometa sus intereses energéticos y comerciales. Moscú, por su parte, equilibra su propia agenda estratégica con la necesidad de no provocar una escalada incontrolable con Occidente.

Se habla de intercambios tácitos, de zonas de influencia respetadas de facto, de líneas rojas no escritas. Nada de eso suele confirmarse oficialmente, pero la historia demuestra que las grandes potencias, incluso cuando compiten, buscan evitar el choque frontal si pueden negociar en otros frentes.

Lo que sí es evidente es que la información se ha convertido en arma. Cada parte selecciona datos, omite matices y construye un marco emocional que facilite la adhesión. Los ciudadanos reciben una avalancha constante de versiones, desmentidos, filtraciones y contra-filtraciones.

En ese escenario, el mayor riesgo no es sólo la mentira directa. Es la saturación informativa. Cuando todo parece propaganda, la gente deja de intentar discernir. Y entonces los gobiernos —todos— ganan margen.

La guerra contra Irán se libra en el aire y en el mar. Pero también en estudios de televisión, en comunicados oficiales y en las redes sociales. Y mientras los poderosos juegan su partida, los cipayos mediáticos repiten consignas con disciplina impecable.

Conviene no olvidar que el patriotismo no consiste en aplaudir cada decisión de aliados extranjeros ni en adoptar sin examen el relato que mejor suene en horario de máxima audiencia. Consiste en exigir verdad, coherencia y responsabilidad. Sobre todo, cuando lo que está en juego no es una narrativa, sino vidas humanas y la estabilidad de medio mundo.

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