En las últimas décadas, la sociedad ha experimentado transformaciones profundas que han afectado de manera especial a las generaciones más jóvenes. En un contexto marcado por la inmediatez, el consumismo y el individualismo, se hace cada vez más evidente la necesidad de recuperar valores de comunidad y seguridad que sirvan como base para un desarrollo personal y colectivo más equilibrado.
Frente a esta necesidad de estabilidad, el discurso dominante tiende a promover un modelo de vida centrado en el hedonismo, el consumo y la satisfacción inmediata. Se presenta a los jóvenes una idea de libertad desvinculada del compromiso, donde el disfrute constante se convierte en objetivo principal. Aunque el ocio y el placer son componentes legítimos de la vida, su exaltación como valores centrales puede derivar en frustración, vacío y precariedad emocional cuando no van acompañados de propósito y sentido. Es muy injusto que critiquemos indiscriminadamente a los jóvenes por disfrutar de viajes los puentes o cervezas con los amigos entre semana, mientras las condiciones materiales les condenan a vivir con sus padres hasta los cuarenta años sin poder vislumbrar y planificar un proyecto vital autónomo. Los recursos que sus bajos salarios les generan no dan para ello y lógico, que ese dinero que no pueden dedicar a pagar un alquiler, una hipoteca o formar con seguridad una nueva familia, acabe dedicado en parte a disfrutar del día a día a través de las alternativas de socialización que se les ofrecen. ¿Podrían luchar por revertir esta situación? Sin duda, pero no somos los que nacimos en los 70 y 80 los más indicados para dar lecciones de resistencia ni para señalar a quienes están pisando el lodo de nuestros barros.
Una sociedad sana, al contrario de lo que sucede en la actualidad, debe fomentar relaciones sólidas, responsabilidad compartida y la conciencia de que el bienestar individual está profundamente ligado al bienestar común. La formación de familias estables sigue siendo un pilar fundamental. Lejos de modelos rígidos, la familia representa un espacio de cuidado, compromiso y aprendizaje intergeneracional. No obstante, para que los jóvenes puedan plantearse este proyecto, es imprescindible que cuenten con condiciones materiales mínimas que lo hagan viable. El acceso a un trabajo estable y digno, así como a una vivienda asequible, no es un lujo, sino el alcance de elementos básicos de seguridad que permiten planificar el futuro con esperanza y responsabilidad. Y también ayudaría que logremos contrarrestar, como hacemos modestamente desde proyectos como LA IBERIA, lo que el sistema a través de sus influenciadores, medios de comunicación y el propio modelo educativo, vende a todo color y con nombres rimbombantes en inglés como modernidad lo que no es otra cosa que precariedad, soledad y un futuro, cuanto menos lamentable.


