Uno de los proyectos que tenía era el de viajar a Argentina a ver ballenas. Había escuchado que en la Patagonia se podían ver. Ballenas francas australes. No es que tuviese alma de explorador ni nada por el estilo, él quería ser escritor. El problema es que no tenía nada que contar. Un buen día, mientras salía por la boca de metro de Callao, esa en la que según vas subiendo escalones no sabes si estás en Madrid o en Broadway, escuchó hablar sobre la literatura de viajes.
En ésta, el escritor se embarca en una aventura, un viaje, y va narrando todo lo que le sucede. Anota sus pensamientos, reflexiones, personas que conoce, personas de las que se acuerda. Es una especie de viaje personal, una forma de encontrarse con uno mismo. Al fin y al cabo, el hecho de que sea un viaje no deja de tener ese símil con el propio proceso de autoconocimiento, y el objetivo del viaje siempre tiene algún sentido mucho más trascendental que únicamente llegar al destino.
Le pareció que viajar sería una oportunidad fantástica para escribir, y decidió que quería irse a Argentina a ver ballenas. Ahora solo necesitaba dos cosas; bueno, quizá alguna más: necesitaba darle un sentido profundo, original y elaborado al hecho de ver las ballenas, como si fuese el Capitán Ahab persiguiendo su Moby Dick. También necesitaba un diario de viajes, claro. En él anotaría todo y se imaginaba que, cuando publicase su libro, metería fragmentos originales de ese diario. También se le ocurrió que, literariamente hablando, le vendría bien que le sucediese alguna pequeña tragedia durante su viaje, con el único objetivo de añadir algún punto más tenso a la narración.
Como siempre hacía cuando tomaba una decisión, fue contándosela a todo el mundo con el objetivo inconsciente, o quizá no tanto, de que alguno le disuadiese de su extraña empresa. Para su sorpresa, a todo el mundo le pareció una idea excelente, y todos le felicitaban por su audacia y le deseaban mucha suerte en su viaje.
La noche antes de salir, abrió el ordenador, creó un documento en blanco y lo tituló «Ballenas». Como quería que la historia fuese lo más completa posible, se puso a escribir todo el proceso que había vivido desde que tomó la decisión de irse hasta ese mismo momento, la víspera de su viaje. Esa noche estuvo mucho tiempo escribiendo y, tan absorto como estaba en recordar su propia historia y en volver sobre los pasos que le habían llevado hasta allí, no se dio cuenta de que estaba amaneciendo.
Para cuando terminó de escribir, hacía horas que su avión ya había partido a Argentina sin él. Lejos de alarmarse, sintió un gran alivio al darse cuenta de que no había necesitado irse a La Patagonia ni ver ballenas para tener algo sobre lo que escribir. Había bastado con tener algo en el horizonte. Un proyecto. Una ilusión.
Ahora, muchos años y muchas publicaciones después, cada vez que se sienta a escribir, mira con los ojos de quien tiene mucho que agradecer a la pequeña ballena de plástico que tiene en su escritorio. Se la trajo de la Patagonia un amigo suyo, también escritor, que tenía tan poco que contar que tuvo que partir en busca de ballenas.


