Me dio mucha alegría que mi amigo Alfonso Paredes —no le refugiaré en sus iniciales— refutase con acierto uno de esos redichos populares que se aceptan de modo irreflexivo: «La confianza da asco». Nada de eso, concluía, porque a quienes más queremos hemos de regalarles nuestras mejores galas. Así que la confianza, da gusto. O debiera.
Enseguida me vino a la cabeza otra frase inmortalizada por el desacierto colectivo: «Sobre gustos no hay nada escrito». Y encontré una coincidencia intencional en ambas expresiones: son coartadas morales para justificar los tachones de la propia conducta. De esa forma, si alguien me reprocha que camine por la casa en ropa interior, siempre podré alegar que mi comportamiento está avalado por el refranero; y si entro en un restaurante con las chanclas adosadas a los pies, puedo curar el espanto recordando a los comensales que hoy en día cada cual hace de su capa un sayo, o unas bermudas.
Pero resulta que sobre el gusto se ha escrito hasta perder el conocimiento: hay enciclopedias de estética que nos enseñan qué son la belleza, la fealdad, lo sublime, lo grotesco, lo cómico, lo trivial, lo trágico o lo profundo. Cada arte pone a nuestra disposición miles de volúmenes que nos permiten conocer los cánones de belleza, las reglas del buen hacer, y distinguir así una charanga de una sinfonía de Mahler, un premio Planeta de una gran novela o un pintarrajo de un Velázquez.
Si no hubiese nada escrito sobre el gusto, no habría tomas falsas en el cine, los pintores no harían sus bocetos, los escritores sus borradores y los músicos prescindirían de los ensayos. No haría falta corregir nada porque todo sería perfectamente indiferente.
Claro que hay espacio para la innovación y el cambio, pero partiendo de lo hecho, conociéndolo para poder dar razón del nuevo aire. En eso radica la diferencia entre el capricho y el criterio, que es una elección argumentada. Para crear algo —o disfrutarlo como espectador— conviene primero educar el gusto, algo connatural al hombre, que es ser cultural, no sólo instintivo. Sólo así puede degustar lo que contempla. Y ocurre que cuanto más conoce uno, más gustillo tiene por seguir sabiendo. Lo cual demuestra que el saber ocupa lugar, pero siempre podemos hacerle sitio.
El gusto se instruye conforme a unas pautas estéticas que le permiten al hombre acertar más en la búsqueda de la belleza, recreando el mundo, haciéndolo más hogar, más habitable. Es un anhelo irrenunciable, pero sólo a condición de que refleje la verdad del hombre. Cuando no es así, sentimos que nos han engañado, que nos dan gato por liebre. Son los ecos molestos de la mentira, la exaltación de la fealdad como algo admirable y merecedor de exponerse en algún museo.
De ese mal llevarse entre la belleza y la mentira, da cuentan la madre que descubre a su hijo en un engaño: «Ay, qué feo», le dice, subrayando magistralmente la imagen que proyecta su mala acción. Si esa madre se hubiese echado en manos de la subjetividad, de la negación de verdades universales, su reproche sería inútil. Tendría que renunciar, de hecho, a educarle. Es lo que ocurre con los niños déspotas, a quienes siempre les llaman bonitos, hagan lo que hagan.
Hoy son legión los que han aceptado pastueñamente que no existen realidades perdurables en el campo filosófico, moral o estético. Este abdicar de una condición tan específicamente humana supone renunciar a la búsqueda de la belleza, que deja de ser atractiva al desconectarse de cualquier verdad posible. No tiene nada que reflejar.
Un hombre así se va entregando en manos de la brutalidad, donde se puede sentir a gusto, pero sólo en el sentido placentero de los animales que pacen y retozan. Ese devaluar nuestra naturaleza, ese envilecimiento, produce un regusto amargo o, si lo prefieren, un gran disgusto, que es la total ausencia de gusto…, sobre lo que se seguirá escribiendo.


