Confianza y gusto

Se suele decir que «donde hay confianza da asco». Es una buena muestra del falso prestigio de algunos refranes. La sabiduría popular tiene sus erratas

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How to be a Good Husband (Cómo ser un buen marido) es, además de lo que uno quisiera saber, un librito delicioso, publicado por la Bodleian Library (Oxford) en los años 30 del siglo pasado. Estaba leyendo algunos pasajes que, con paciencia oxoniense, Salvador Otamendi había publicado en X, cuando mi mujer pasó a mi lado. Le leí este consejo que da el autor: «Don’t deserve your best manners for special occasions and persons outside de family». Como mi inglés no tiene la received pronunciation que mi mujer y la frase merecen, ella me miró como si le hubiera hablado en, por ejemplo, lituano. Le ofrecí entonces la traducción que brindaba el propio Salva: «No reserves tus mejores modales para las ocasiones especiales y terceros». Y a ambos la idea nos resultó tan jugosa que nos quedamos un rato filosofando en voz alta, cediéndonos la palabra, eso sí, con una españolísima cortesía británica.

Se suele decir que «donde hay confianza da asco». Es una buena muestra del falso prestigio de algunos refranes. La sabiduría popular tiene sus erratas. En este caso, la frasecita de marras tiene, además, su cierto peligro, porque funciona como excusa para la pereza, como pasaporte para la dejadez. Como si, cuando uno está con los más queridos, entonces valiera todo. Y no importara cómo se viste uno (el chándal, ese enemigo de la civilización), ni cómo habla (un exabrupto, la voz propia más alta que la del otro), ni cómo se sienta (esos cuerpos desparramándose por el sofá, como piedras de hielo que se derriten por la alfombra), ni cómo mira (la dichosa pantalla que nos priva del rostro ajeno), ni cómo escucha (esa ansiedad de quien sólo quiere colocar lo suyo). Al parecer, la confianza nos permitiría ese comportamiento tibio y desmadejado, despreocupado y natural, con los más próximos.

El lector perspicaz ya habrá advertido las palabras coladas de rondón y que pervierten el sentido. «Confianza», «natural». Uno las invoca y, abracadabra, todo estaría permitido. Tengo tanta confianza con mi padre que ya no le escucho. A mi madre, a quien me unen nueve meses más que sólo fueron nuestros, le hablo con descuido, como homenaje a nuestra simbiosis. Es tal la naturalidad con la que me conduzco en mi familia, que ceno siempre en pijama (Navidad incluida). Y el afecto que me enlaza a mis amigos es tan sólido, tan a prueba de bombas, que no hay encuentro nuestro que no se celebre con un buen regüeldo de satisfacción. El sueño de la confianza también produce monstruos.

Como yo no tengo el don de la precisión y me enredé con las palabras, tuvo que ser mi mujer la que diera con la clave esencial del asunto: donde hay confianza no da asco, sino que da gusto. Así que cuando en nuestra propia casa procuramos lo mejor, sin reservarlo hipócritamente para los de fuera, la confianza propicia que todo lo que hacemos adquiera un sabor que en algo se parece al del cielo.

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