El periodismo en la isla de Epstein

Si hubiese algo de periodismo, los archivos de Epstein —lo poco que ha salido, siempre de forma interesada y dosificada— serían lectura obligatoria en las redacciones. No como chisme, sino como método: nombres, relaciones, silencios, encubrimientos. Materia prima de primer orden para cualquiera que crea lejanamente en que el poder debe ser vigilado, no mimado.

Si hubiese no sólo algo, sino mucho periodismo, los archivos completos habrían visto la luz hace años. No por filtración accidental ni por ajuste de cuentas interno, sino producto de una investigación sostenida, obsesiva. De las que no preguntan «¿hasta dónde podemos llegar?», sino «¿quién falta aquí y por qué?».

Pero no lo hay. Ni mucho ni algo, porque los medios no se deben a sus audiencia, sino a sus fuentes de financiación. Lo que abundan son portavoces acreditados, redactores devenidos en gestores de daños y medios que confunden acceso con verdad. Relaciones públicas disfrazadas de información. El caso Epstein, además de un escándalo criminal, epítome de las depravaciones satanistas de las castas que nos pastorean, es otra acta notarial de la renuncia del periodismo a ser digno de tal nombre.

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