Davos y el despertar del dragón

China no se ha limitado a crecer a un ritmo promedio anual superior al 9%; ha ejecutado una conquista comercial y de inversiones sin parangón

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Hubo un tiempo en que Francia casi dominaba el mundo. La Europa decimonónica sucumbía ante el avance del Imperio Napoleónico, que extendía su hegemonía desde los confines de la península ibérica hasta las gélidas estepas de Rusia. En el cenit de su poder, con una visión estratégica que abarcaba todo el globo, Napoleón Bonaparte posó su mirada sobre el Lejano Oriente. Al analizar el potencial del Imperio Qing, no pudo sino definirlo como un «gigante dormido», y sentenció: «Dejad que China duerma, pues cuando despierte, el mundo entero se estremecerá».

Doscientos años más tarde, la misma Francia trata de despertarla. La alarma sonó en el Foro Económico Mundial, donde Emmanuel Macron escogió cubrirse los ojos para dirigirse a China. Como si temiese ser deslumbrado por el gigante asiático, el francés apareció en Davos solicitando inversión china en Europa, ante el enturbiamiento de las relaciones con los Estados Unidos. Macron criticó la política exterior de Trump, pues a su juicio busca la subordinación de la Unión Europea. El líder del Elíseo quiso condenar también la política arancelaria de la administración americana, que «se aleja de sus aliados», decidió «darle la bienvenida a China en Europa».

Desde sus orígenes, la Unión Europea ha observado con recelo al gobierno de Xi Jinping, al que acusa de prácticas comerciales desequilibradas, de generar un superávit comercial insostenible que perjudica a la industria europea y de mantener barreras de mercado que limitan la reciprocidad y el acceso de las empresas europeas. Este enfoque crítico quedó formalizado en 2019, cuando la Comisión Europea y la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad emitieron una comunicación conjunta sobre la relación estratégica entre China y la UE. En ella, China era definida a través de un tríptico deliberadamente ambiguo —socio, competidor y rival sistémico— que reflejaba tanto la interdependencia económica como la creciente desconfianza política. A partir de entonces, la relación con el «gigante dormido» comenzó a adquirir una dimensión más estratégica y defensiva; una deriva que, ante el regreso de Donald Trump, ha obligado a Bruselas a salvaguardar su autonomía frente a Washington inyectando una dosis de realpolitik en el vínculo sino-europeo.

En este contexto, la inversión directa extranjera (IED) china en la Unión Europea ha experimentado una clara metamorfosis, sobre todo en los últimos dos años. Tras un prolongado período de estancamiento, la inversión repuntó con fuerza en 2024, con aumentos estimados de entre el 47% y el 80%, según diversas fuentes, impulsada casi en exclusiva por la cadena de valor del vehículo eléctrico y por un giro estratégico hacia las inversiones greenfield (plantas de nueva creación), en detrimento de las adquisiciones, cada vez más vigiladas por los mecanismos europeos de control. Alemania, Hungría, Francia y España se encuentran entre los países que atraen más proyectos chinos, enfocados en batería, automoción y tecnología.

La hegemonía económica del gigante asiático no es solo una cuestión de volumen, sino el resultado de una meticulosa estrategia de penetración global y dominio de las cadenas de valor. Desde el viraje reformista de 1978, China no se ha limitado a crecer a un ritmo promedio anual superior al 9%; ha ejecutado una conquista comercial y de inversiones sin parangón, transformándose en una potencia de renta media-alta que combina un mercado interno masivo con un despliegue tecnológico de vanguardia. Esta expansión sistémica ha permitido a Pekín pasar de ser la fábrica del mundo a convertirse en el principal inversor y socio estratégico en sectores críticos, redefiniendo las reglas del comercio internacional mediante una presencia financiera y operativa mundial que hoy resulta ineludible.

Consolidada como la segunda economía mundial y principal exportador del globo, Pekín custodia las mayores reservas de divisas del planeta, blindando su hegemonía en la manufactura y la innovación. Esta arquitectura de poder se proyecta a escala planetaria a través de proyectos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Lanzada en 2013, esta red de conectividad global trasciende la mera infraestructura; es un diseño estratégico que, mediante nodos de energía y telecomunicaciones, integra a más de 150 naciones en una órbita de crecimiento compartido, extendiendo la influencia geopolítica de China allí donde el capital y el asfalto logran llegar primero.

Teniendo todo esto en cuenta, hablar del despertar del gigante dormido parece irrisorio. Sin embargo, Europa ha de guardarse de un trasvase de confianza de un polo al otro: aunque China es una potencia con datos extraordinarios, presenta variaciones significativas respecto a los valores de la Unión Europea. Por ello, la genuflexión francesa se convierte en terminal si no se conoce el axioma ideológico de la potencia oriental. Este no se trata de una expansión que busca imponer credos por la fuerza o conquistar tierras de forma tosca, pero trata de establecer un núcleo de legitimidad tan magnético que el resto de las naciones acaben orbitando a su alrededor por inercia. Es una jerarquía de afinidades donde el centro no exige que los demás se conviertan a su causa, sino que simplemente reconozcan quién marca el paso.

En esta red de hilos invisibles, hechos de estándares tecnológicos, flujos de capital y normativas, Pekín no necesita que Europa imite su sistema; le basta con que la acepte como la medida de todas las cosas. Al acudir a Davos con la mirada baja, Macron no sólo busca fondos, sino que acepta implícitamente su lugar en esa periferia que gravita hacia el eje central, rindiéndose a una estructura donde la armonía depende de aceptar quién ostenta, de facto, la autoridad sobre el tablero.  Esta sumisión resulta especialmente paradójica cuando el Elíseo, simultáneamente, levanta muros dentro de su propio bloque; al torpedear acuerdos como el de Mercosur o frenar políticas que darían a la Unión Europea una musculatura comercial unitaria.

Mendigar oxígeno financiero resulta una deriva temeraria con cualquier potencia, pero es innegable que Europa se ve impelida a reconfigurarse ante el nuevo orden mundial que el segundo mandato de Trump está cincelando. En este escenario de repliegue transatlántico, el diálogo con una nación de la envergadura de China no es una opción, sino un imperativo geoestratégico. No obstante, la interlocución entre ambas potencias debe despojarse de toda ingenuidad; exige una arquitectura regulada, sostenida en un conocimiento profundo de las asimetrías en juego y ejecutada con un rigor de acción que impida que la diplomacia se convierta en una paulatina entrega de soberanía.

Existe un yànyǔ, término con el que se designan los refranes chinos, que reza 求人不如求己, cuyo significado sugiere que pedir a los demás nunca es mejor que valerse por uno mismo. Es un mensaje de autosuficiencia que, muy especialmente, debería tener presente el líder galo antes de terminar de despertar sin cuidado en Europa al coloso de Oriente. En caso de que, al final, el mundo tenga que estremecerse.

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