La heroicidad de lo cotidiano  

Cuidar lo pequeño para enaltecer lo habitual nos eleva a nosotros y a quienes nos rodean

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Viernes noche: una larga semana de estrés, obligaciones y quehaceres. También de inercia, has pasado bastante tiempo solo; cosas de rutina. Llegas a casa y tienes frente a ti una gran nevera que no hace justicia a su contenido. Hay que preparar la cena y te conformas con cualquier cosa, ¿no? ¿Para qué emplear algo más de cinco minutos en cenar medio de pie y a solas a la luz de la cocina?  

En ese «¿para qué?» está la clave. Solemos olvidar el cuidado de lo pequeño, en lo que constituye una declaración de intenciones pesimista y una disposición desaliñada hacia nuestra persona. Quien habla de una cena ligera en la encimera de la cocina, habla de un «me pongo lo que sea y voy» o ese «ya descansaré después» tan repetido. Todo esto nos lleva a algo peor: la pérdida de presencia. La ausencia de la consciencia plena no es un accidente aislado, sino un síntoma de una patología social compartida. Si hablamos en términos de inmediatez y de superficialidad, nos hemos vuelto los reyes de la distracción y de la vagancia, hasta hacer impensable que reivindiquemos algo más íntimo y respetuoso con nuestra propia dignidad. De forma silenciosa, la constante desconexión con lo que nos rodea lo ha inundado todo, al igual que la conexión a cosas menores y ajenas. Estamos en muchos sitios a la vez, pero al mismo tiempo en ninguno, y el hacer a medias se ha normalizado como estilo de vida. Esta dejadez para con uno mismo no te involucra solo a ti: es hacia fuera donde viene lo verdaderamente preocupante.

Es justo aquí donde la heroicidad de lo cotidiano sale a relucir como alternativa. Volvemos a la cena del viernes noche, pero ahora le dedicas unos minutos a pensar algo más elaborado para cenar, unos pocos más a elaborarlo y luego te sientas con calma en la mesa a comerlo como merece. Ya está, no era tan complicado; era cuestión de atenderse, de poner constancia, responsabilidad, pero, sobre todo, de poner corazón a lo mínimo para que la vida pase distinta: más vívida y vivida y, en definitiva, más bella.

¿Qué ocurre cuando elegimos abrirnos a la experiencia de vivir lo bello? Que nuestra percepción se vuelve contagiosa, una expansión que nos desborda. Quien aprende a honrar su propia cotidianeidad con delicadeza, inevitablemente termina proyectando esa misma mirada hacia el mundo, entendiendo que cuidarse en lo pequeño es el requisito indispensable para poder cuidar de los demás. Y todo ha sido un simple matiz, un cambio de encuadre y unos minutos más de reposo. La heroicidad de lo cotidiano parte del cuidado propio y se extiende hasta el otro. La atención es la forma más rara y pura de la generosidad, y, bajo ese punto de vista, nuestra mirada se convierte en algo valioso que ofrecer al mundo. Sin embargo, para que sea legítima no ha de resolverse en ruido, impaciencia o prejuicios, porque no es un simple acto de vigilancia, sino de acogida y de cariño, el proceso de dejar a un lado nuestras propias turbulencias y hacer espacio a algo más profundo.

El verdadero desafío estriba en llevar lo anterior a la práctica. Porque sobre el papel es fácil ver que tenemos que desconectar o vivir con más intensidad el presente, pero ¿cómo actuamos ya, sin esperar a que cambie el entorno? Quizá la respuesta sea un acto de rebeldía ante esta sociedad desencantada y automatizada: atrevernos a mirar el mundo con unos ojos más románticos, aunque parezca un pecado para la mente moderna. Lejos de ser una debilidad, esta mirada nos devuelve a nuestras raíces, a nuestras costumbres y a todo aquello que verdaderamente nos hace sentir vivos. Y puede que, a través de ella, no solo aprendamos a habitar el presente, sino que estemos ayudando a otros a hacer otro tanto. En El Principito, el zorro nos revela un gran secreto: «Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante». No era una rosa especial, era una rosa común en un universo lleno de ellas, igual que tu cena de hoy puede ser una cena común en una semana cualquiera. Lo que transforma ese objeto, o ese momento, es la atención que decides invertir en ello. Ese respeto no nace de la nada: es la gratitud hacia nuestro pasado lo que permite reenfocar el presente y afrontar un futuro incierto, pero que ahora se construye sobre los cimientos sólidos de nuestro carácter.

Podemos aspirar a un carácter forjado en la paciencia de lo pequeño, que entiende que el futuro no es un lugar al que se llega, sino una realidad que se crea paso a paso, cena a cena, gesto a gesto. Así, el optimismo deja de ser una mera ilusión momentánea para convertirse en una estrategia de supervivencia: la certeza de que, cuidando el ahora, estamos, inevitablemente, cuidando lo que vendrá. Sería, también, una muestra de respeto a nuestra naturaleza. ¿Qué hacemos nosotros —seres tan débiles y diminutos— si no es para sacar hasta la última gota de provecho? Lo cierto es que no exprimir cada segundo al doscientos por cien nos deja en reserva, o incluso nos aísla de las maravillas a nuestra disposición.

Lejos de ser una rendición, es la apreciación de lo nuestro, un gesto de cariño a nuestra integridad y a nuestro ser, a nuestra intimidad y a lo que sólo conoce la almohada, el motivo por el que la cena del viernes noche se merece algo más de atención y cuidado. Es el instante en el que dejamos de proyectar hacia fuera para empezar a construir hacia dentro, algo así como una corriente del perfeccionismo en la que no te traicionas, sino que aceptas que lo que no se ve, también está ahí. Es una muestra de respeto a nuestros seres queridos, porque es lo que nos hace volver a esa presencia, al saber estar, pero no sñolo en cuerpo, estar con tu ser, en esencia y con lo que te representa, que al final, es lo que dejaremos y con lo que nos recordarán.

Un amor desinteresado y despreocupado hacia nuestro entorno y los demás exige una disposición a la gratitud que todo lo inunde. Ahí la belleza cobra vida en cada gesto, se hace ubicua y es un abrazo que se dan lo estético y lo ético en lo corriente. No estamos idealizando, sino adoptando una actitud que admira y reconoce cada detalle como parte de un todo. Para conseguirlo, hay que tomarse el tiempo que el cuidado y la curiosidad reclaman: tiempo para cocinar con mimo, para conocer y atreverse a la curiosidad, para dedicar palabras bonitas a los tuyos o para mirar más a los ojos y al corazón. Añadir esa dosis de valor a lo que hacemos da sentido a nuestras vidas y pone en alta estima nuestras relaciones. Cuidar lo pequeño para enaltecer lo habitual nos eleva a nosotros y a quienes nos rodean. Por tanto, para la próxima cena del viernes noche, ¿qué tal si nos tomamos nuestro tiempo para honrar lo cotidiano? Es ahí donde tenemos una oportunidad diaria de rozar la grandeza, y donde nuestro «para qué» encontrará por sí solo una respuesta.

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