Los aeropuertos son infierno porque son utopía. Como ocurre cada vez que una utopía intenta llevarse a cabo, el resultado es un espacio inhóspito. El aeropuerto es la ubicación prototípica de la aldea global, sueño de la conectividad inmediata que promete llevarte a la otra punta del mundo y que, por eso mismo, nunca avanza. Es el lugar en el que sólo existe el futuro: el anticipo de lo venidero desfila por pantallas ante las que se concentran multitudes expectantes y, paradójicamente, todo queda congelado en un eterno presente.
Nadie envejece en un aeropuerto. Entran y salen niños, jóvenes, adultos y ancianos, pero la media permanece inalterada, con pequeñas variaciones. Nadie quiere permanecer allí; todos están de paso. Si hace las veces de hogar es tan sólo por unas horas. Si se alargan, resultan desesperantes y tan extrañas que incluso Spielberg encontró un hueco entre los extraterrestres y los dinosaurios que vuelven a la vida para contar en La terminal una historia sobre algo aún más extravagante: la de una persona que hizo hogar del lugar en el que nada crece.
El aeropuerto es el lugar en el que no puede haber arraigo. Es el sueño de la modernidad. Convierte al hombre en masa, en número, en pasaporte y en tarjeta de embarque. El tiempo llevadero en este espacio es el que transcurre en la espera adormecida a la que se entregan los hombres somnolientos, sometidos a los caprichosos horarios del vuelo; pero es un sueño intermitente, pues uno debe estar atento a que no le cambien la puerta de embarque y pierda el vuelo en el último minuto.
Panóptico sin fisuras, el aeropuerto acepta al hombre una vez éste se ha hecho visible a sí mismo y ha desplegado sus propiedades —que caben en una maleta— ante el ojo indiscreto del detector de metales y los rayos X. Es el anhelo de la autoridad omnipresente, que mantiene al individuo supervisado y sometido a vigilancia constante. Bajo el movimiento de hormiguero se adivina el flujo centralizado en una torre de control. La megafonía, las cámaras y los controles recuerdan constantemente que siempre puedes ser llamado, reclamado, supervisado, examinado. Espacio sin intimidad ni vida privada; cámara de exposición constante.
Como toda utopía, termina siendo un «no lugar». Espacio yermo y decorado con una gama monocromática, todo aeropuerto invita a irse. Todos parecen el mismo —asépticos, funcionales—, y nos envuelven en una neutralidad homogénea sin hitos que los particularicen. «Es un aeropuerto igual que los demás, ¡qué emocionante!», exclama una señora en la comedia Playtime, de Jacques Tati. Son lugares en los que lo único que crece son las franquicias de multinacionales, con poder monopolístico para cobrarte el café al triple del precio normal. Templo de la fe en el progreso científico y del poder de la técnica, hecho visible por la imagen ocasional de aviones monumentales que despegan hacia no se sabe dónde a través de amplios ventanales que refuerzan la estética etérea e impersonal.
Pero la modernidad elimina el límite entre el punto de partida y el de destino. La escuadra y el cartabón del planificador central se lanzan sobre el conjunto de la sociedad. La mirada del ingeniero social proyecta sus designios sobre los rincones más íntimos del alma. Se propone entonces transformar al propio hombre. Rediseña y levanta sus ciudades para que se ajusten a su visión. Pronto, todo es homogéneo e irreconocible. Cada vez hay menos diferencia entre Madrid, París y Nueva York. Todo se siente parecido, pero cada vez menos familiar. Los amigos emigran a la capital, en busca de trabajo; las familias se desintegran, en busca de autorrealización. Las cafeterías de toda la vida son sustituidas por la misma cafetería que está en todas partes. Los monumentos ya no sirven para estudiar el pasado, sino como estudios de posado. Ya no nos recuerdan nuestra historia; ahora los publicamos en nuestras historias. Así, el patrón reaparece: monotonía, insipidez, desarraigo, desvinculación y, en última instancia, control central.
Y, cuando uno pone un pie en el umbral de su tierra, cuando sustituye el cartel de «salidas» por el de «llegadas», la mirada del Odiseo que regresa disipa la niebla de la rutina, que embota la mirada acostumbrada. Le permite entonces reconocer el cascarón vacío del lugar en el que las viejas costumbres se han desvanecido. Su Ítaca ha mutado, y bajo sus contornos se adivina la silueta del aeropuerto del que huía.


