¡Miss Giacomini!… Un huracán de odios, de fiebre, de pasión y de lujuria se ha desatado sobre la ciudad apacible…

Y como si de un tiempo cíclico se tratara, como si de la esfera cósmica se desprendiera el retorno de viejas querellas provincianas, ha vuelto el marchito huracán, más de un siglo después pero despacito, casi sin hacer ruido sobre una vecindad ya concienciada… en los mitos del progreso.

A Pepe Tino le retiraron inmemorial su licencia de periodista —sin la cual la nueva normativa no permite el ejercicio de la tal ciencia y regula el intrusismo en la prensa de papel y en la radio—. Los pocos rotativos que ya, de manera clandestina, desafiaban la progresiva legislación audiovisual, fueron desapareciendo al fin en favor de la profesionalidad y el rigor de la nueva comunicación. Editores, empresarios y juntaletras esforzados ajenos a la nueva normalidad académica comprendieron lo erróneo de su comportamiento incivil, insolidario y criminal. Unos pocos irreductibles, sin duda tarados, fueron acomodados en sanatorios pedagógicos, oído el dictamen del Tribunal para la Defensa de la Información.

A Pepe Tino le estaba muy bien empleado el año y medio que llevaba internado por difundir bulos, por hacer insidiosos comentarios que, por su reiteración ya eran calificados como «delitos de odio». A Pepe Tino le hubiera ido fenomenal si no se hubiera obcecado en aflorar sus obsesiones extremistas e inapropiadas, si no hubiera dado un portazo al diario gubernamental El Sostenible (por otro nombre El Sostén), si no hubiera llamado golfa, meretriz y maritornes a su directora, mujer de armas tomar, resiliente y empoderada. Vendría la desgracia a vestirle con hábito invisible que no negro, y una pareja de la Policía Estatal se lo llevó esposado sin tiempo de afeitarse.

Ya antes de la clausura había tentado la suerte desde una columna diaria que encolerizaba a unos, encelaba a otros, y en todos abría la caja de las sospechas. Llegado el consenso social y la plena democracia, sus posturas debían ser reconducidas y explicadas por exégetas en tertulias televisivas, centros de enseñanza y declaraciones institucionales del Gobierno y de las Cortes. Defender tan reaccionarias posturas, bien de forma tímida en público o de modo más vehemente en privado, dejaba un halo molesto, una sombra de duda, un malestar entre los discutidores, una final incomprensión del fenómeno, un no entender el porqué de la vuelta al pasado, de esa actitud ya superada.

Los andares de esas chicas me sedimentan era el título del artículo que colmó el vaso y que Tino publicó en el semanario ¡Ya está bien! El párrafo que sigue, y quizá todo el texto, provocó el escándalo y por consiguiente, su procesamiento.

Uno ya no puede pasear por Madrid sin sentir la necesidad de piropear a las muchachas que caminan alegres en la flor de la vida; pero hay como un miedo y una vergüenza y casi ni a los ojos inocentes se atreve a mirar, porque una bruja lo señala y  lo sigue con el gesto enfurruñado de constante reproche. Y uno ya no puede pasear por Madrid sin tener que ver a la dueña, no una sino más veces, sin tener que ver a la dueña del señor presidente de la República, que ni es bonita ni joven ni buena, sin tener que ver a esta señora salir con pompa y del brazo de su amante, del más lujoso hotel en donde a buen seguro dispondrán de una suite para sus charlas íntimas. Tengamos salud para regresar a aquellas capitales de provincia que nos son queridas y pasar los días apaciblemente, mientras matamos la tarde en el casino esperando que la puerta se nos abra y entre por ella miss Giacomini para poder entablar civilizadas disputas.

Conservo el articulito de marras. Lo llevo en el bolsillo, recortado, y veo que todavía se emplean antiguos ejemplares de ¡Ya está bien! para encender la ancestral chimenea del Casino Agrícola. Y yo espero que se abra su puerta y una de estas tardes frías, con olor a leña quemada y rumor de grullas; espero que una de estas tardes entre por esa puerta, además de la bella funámbula, mi amigo Pepe Tino, experiodista, exrecluso: un hombre.