Hoy, mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame». Nada quiere decir. Tal vez fue ayer. Me ha sorprendido lo anacrónico del medio por el que me han hecho llegar la noticia, por vía telegráfica, aunque teniendo en cuenta que las antenas de telefonía están siendo destruidas sistemáticamente, hasta podría tener lógica; quizás llamaron a mi móvil y no obtuvieron respuesta.  Creemos conocernos, pero no es cierto, me asombra mi banalidad al hacer cábalas acerca de los telégrafos y los teléfonos en torno a la noticia de la muerte de mi madre. Anatoly, mi novio, me dijo durante el último permiso que tuvo antes de caer en Mariúpol, que la guerra tiene por nombre Medusa y su mirada vuelve de piedra el corazón humano.  No pude llorar por él y ahora no puedo hacerlo por mamá. Es lo que nunca perdonaré a los rusos, que nos hayan robado, a punta de misil, nuestro derecho a las lágrimas, que su invasión criminal nos embrutezca.

La residencia de ancianos está en territorio ocupado, imposible ir al entierro ¿Tendrá un funeral digno o los rusos la arrojarán, como si se tratase de basura, a una de sus fosas comunes? Me duele imaginarla, pasto de forenses, con sus huesos revueltos con los de las jóvenes violadas y los soldados ucranianos torturados.

Almudena, la periodista española a la que hago de intérprete, ha percibido mi desolación. Le he contado que mamá ha fallecido y me ha abrazado con fuerza. Su abrazo, sincero y compasivo, ha logrado humedecerme los ojos. Después la he acompañado a hacer su reportaje. Se escuchaba con nitidez el cañoneo de los lanzacohetes grad, pero ella no ha perdido su temple; ataviada con casco y chaleco antibalas ha hecho su crónica mientras Lola la grababa. Antes solo existían corresponsales de guerra masculinos, ahora las mujeres estamos cambiando el mundo a través de una revolución incruenta.

Almudena es lo único bueno que me ha pasado en esta guerra, lo nuestro ha sido un flechazo y nuestra amistad se la debo a mi amor a la lengua española. Cuando llegaron a mi pequeña ciudad, con la mayor parte de su población huida, yo era la única capaz de hacerle de intérprete.

A mi amiga le divierte la España que imagino: un país de gentes cálidas, como su clima; habitada por un pueblo extrovertido y pasional que ama la vida, la fiesta, comer bien y que rinde tributo a la amistad y a la familia. Todos precisamos disponer de una excentricidad que evite que la vulgaridad nos asfixie el alma y yo escogí idealizar a España.

Mi hispanofilia comenzó con El Quijote, tras leer ese libro nadie vuelve a ser igual, me enamoró la pugna del idealismo del hidalgo colisionando con la despiadada realidad. En alguna parte leí que Freud y Marx aprendieron español sólo para leer la obra cervantina en su lengua original y los entiendo porque a mí me ocurrió lo mismo. Me sumergí en la novela, traducida al ucraniano, durante la secundaria y el deslumbramiento que sentí me empujó a aprender castellano de manera autodidacta, sin otra escuela que internet, en un empeño que tenía mucho de quijotesco.

Quizás pueda parecer un lujo o una blasfemia, entretenerse con quimeras cuando la realidad hinca con más saña sus colmillos. Pero es necesario distraerse de la muerte para no volverse loca, e incluso estar decidida a disputarle una partida de ajedrez en el tablero de la imaginación. Desde el veinticuatro de febrero todo es luto y destrucción. Yo me evado pensando en que vale la pena sobrevivir y que, algún día, me bañaré en las aguas del Mediterráneo. Le he contado todas estas cosas a Almudena y ella ha sabido comprenderme.

Tras hacer el reportaje hemos regresado a la ciudad. Mientras marchábamos por la carretera nos sobrevoló un enjambre de drones iraníes semejantes a cuervos de metal, desprendiendo un fragor a motocicletas siniestras. Tras un vuelo raso, una lluvia de muerte, un horizonte de explosiones y fuego. Hace meses que elevamos nuestras plegarias al cielo y el firmamento sólo nos devuelve oleadas de horror.

Una hora después he comprobado que mi apartamento ya no existe, un dron kamikaze lo ha destruido. Almudena admira hasta el estupor mi entereza, no queda otra, le he replicado. Sin madre, sin novio y sin casa, pero con vida.

Unos policías nos han conminado a que nos marchemos cuanto antes, los rusos han roto el frente y se dirigen hacia mi querida y martirizada ciudad.  La periodista me ha pedido que me vaya con ella, he aceptado, no dejo nada atrás, ni siquiera a mi gata Iskra que aguardaba en mi piso. La semana que viene mi amiga regresa a España y quiere que la acompañe, me acogerá en su casa. Creo que no soy plenamente consciente de que me estoy convirtiendo en una refugiada, otro grano de arena más en una caudalosa y doliente diáspora. Iré a un país que no conozco, a empezar de nuevo, desde menos cero, con la mochila cargada de traumas.

El todoterreno en el que viajamos se aleja del frente. A través de la ventanilla se suceden, como en un estampado monótono, los campos de girasoles, salpicados aquí y allá por tristes abedules. La guerra, de repente, parece muy lejana. La noche cae y mi tristeza, densa y amarga, se agiganta. Almudena, en un gesto cariñoso, mesa mis cabellos rubios y me sonríe. Me pregunta si me gusta el vino. Yo le cuento que en Crimea había viñedos, pero que, desde que los rusos nos robaron la península, no he vuelto a probarlo. Y es cuando mi hada madrina me confiesa que sus padres tienen una bodega. Recuesto la cabeza, cierro los ojos, estoy cansada, desearía que al abrirlos ya estuviera en España.