¿Qué es lo que quiero deciros? Quiero deciros —no os riáis de mí— que no sé de dónde he venido aquí, a esta vida mortal o, si queréis, a esta muerte vital. No lo sé; solamente sé que al venir a esta vida me recibieron las caricias de mis padres, no es que yo lo recuerde, es porque se lo he oído contar a ellos.

En cuanto comencé a tener conciencia de las cosas y a desarrollar mi memoria y juicio, advertí que había nacido en buen lugar. Sin embargo, esto lo recordé pasados los años y entrada la edad. Las caricias de mis padres no fueron siempre literales, con el tiempo han ido conformando un sentido figurado. El sacrificio y la dedicación en mis hermanos y en mí siempre fue irreprochable. De hecho, las caricias también fueron ásperas y ardientes en la mejilla de forma excepcional. No era aquel un método habitual de obrar en mi familia, pero a ciencia cierta reconozco en ello un signo de sabiduría en aquellas circunstancias en las que aconteció la particular caricia. Y de no haber sido así, sabe Dios qué habría sido de mí.

Una de esas particulares caricias tuvo lugar al volver del colegio. Mis padres habían sido citados por la maestra de la escuela para explicarles lo que había sucedido en el aula. Durante muchos años de mi infancia y pronta adolescencia dudé de la razón misma. Esto se debió al hecho de ser castigado por algo que se me había pedido de forma expresa. En esta ocasión, sucedió que le susurré a mi compañero de clase una serie de apreciaciones que no podría reproducir aquí en su totalidad a riesgo de ser tomado por hombre de mal gusto. Cuando la maestra reparó en nuestra falta de atención me compelió a reproducir en público el comunicado tan gracioso. Balbuceé sin saber qué hacer, y mientras mi compañero me negaba con la cabeza sentí el apestoso aliento de la maestra gritándome de nuevo para que me apresurara. En momentos como aquel, la inventiva es un don que se tiene o no se tiene, y en mi caso brilló por su ausencia. Pronto comprendí que no era buena idea hacer públicas mis opiniones acerca de la extraña proximidad que existía entre el frondoso entrecejo que le crecía y su bigote mal disimulado. Fue tal el vertiginoso y veloz descenso de la mano de la maestra, junto con el de mi padre al llegar a casa, que durante una semana entera las mejillas doloridas presentaron un cariz enrojecido.

Poco tiempo más tarde, en otro asunto distinto al de las caricias, pero relacionado con la incomprensión de los adultos, andaba yo constantemente extraviado en dulcísimos pensamientos debido a la inusual beldad de una niña del pueblo vecino, pueblo del que comencé a frecuentar sus pocas calles y plazas para seguirla a distancia y esperar la sazón propicia para presentarme ante ella. Antes de que nada de todo esto ocurriera, por algún motivo oscuro que desconozco todavía, mis padres adivinaron sin esfuerzo cuanto me rondaba por la mente. Sospecho que sus deducciones partieron de mi comportamiento, a pesar de no recordar qué cosas distintas dije o hice para que llegaran a dicha conclusión. La cuestión es que aludieron involuntariamente a todo este particular asunto del amor y el enamoramiento durante una cena en la que habían sido invitados algunos familiares y vecinos. El encuentro derivó en un infierno para mí, teniendo que soportar las infames peroratas de hombres que no conocía y que me conminaban a ser un hombre de provecho y olvidara a las mujeres, pues juzgaban que no era algo serio a mi edad. La realidad de todo esto estriba en el hecho de que aquellos hombres brutos, babosos y beodos consideraban mis sentimientos como algo cómico mientras los suyos eran asunto serio y de interés general.

No quisiera pasar por alto un rasgo característico de mis padres, de quienes todo lo bueno heredé. Él siempre fue un fidelísimo servidor de mi madre, atento en todo momento y leal ante toda circunstancia. No considero que jamás hubiéramos sido desgraciados, pero mi madre sufrió injustamente las vicisitudes de la vida cuando, debido a una desconocida enfermedad, perdió la vista a una edad que podríamos considerar temprana. Ambos padecieron juntos ese dolor con agonía espiritual; donde el sufrimiento que pesaba era el del otro más que el propio. Cuando pasados unos meses se hubieron recompuesto, mi padre escribió una pequeña poesía a mi madre donde entremezclaba el humor en la condición y la fortuna en la desdicha para, así, volver a reír juntos como habían hecho en la vida hasta entonces:

Dicha la tuya, que no ves;
la mía, por no ser visto.
En tu luminosa memoria
no corre el tiempo y
permanezco siempre joven.

Ciertamente, aquel mal trago envejeció a mi padre en demasía, en su rostro y en sus aptitudes, pues pronto presentó síntomas de una movilidad dificultosa. Siempre mencionaba el hecho de su fealdad y que sólo un alma limpio, como era el de mi madre, podía haberse fijado en él. En cualquier caso, ninguno de los dos se mostró jamás quejoso de su condición y en el corazón del hogar, aunque herido, siempre se respiró una alegría tan plena como imperfecta, esperando a ser saciada en algún otro e inhóspito lugar.

A lo que a mí respecta, heredé la profesión de mi padre y a ello me dediqué por el resto de mis días. Contraje matrimonio con una mujer que conocía ya desde de mi primera fase adolescente, a la que solía observar en la distancia y aguardando la oportunidad idónea para causarle una primera buena impresión. Cuando todo se hubo encauzado adecuadamente, juré amarla, como mi padre me enseñó, estando atento en todo momento y leal ante toda circunstancia. La vida nos premió con numerosos hijos y buena salud hasta el fin de los días, libres de destinos aciagos y en todo momento dichosos.