Corría el año 1986 cuando el capitán Tom «Stinger» Jordan sentenció, sin saberlo y fumándose un puro, la posmodernidad: «Tu ego extiende cheques que tu bolsillo no puede pagar». El destinatario de la chapa, rezumando testosterona y remitificando las gafas de aviador, era Tom Cruise y la educación sentimental de una generación quedaba, en parte, a cargo del blockbuster americano. Lo que aquí son boomers allí es generación X, pero tanto da, les reconocerán por la desorientación afectiva que gastan.

Bien sea porque ahora se adentran en la crisis de los cuarenta o bien porque vuelven al mercado —en segunda vuelta— a la mayoría les han pillado los crush y los match con el pie cambiado. Un poco como cuando Toni Cantó se dio un golpe en la cabeza y despertó 18 años después.

Aquellos jóvenes criados a los pechos de la Bruja Avería todavía mirábamos con reverencia la cultura del esfuerzo. Abuelos y padres establecían vínculos estables, nacían sagas. La revolución del 68 solo había hecho cosquillas en los usos y costumbres amatorios de la España setentera. Sabíamos que para presidir Banesto y usar gomina había que hincar codos y, de igual manera, tratábamos de descifrar el ritual del proceloso camino que llevaba a las lenguas entrelazadas. Y no digamos la ginkana para acabar mirando el techo juntos. Maverick tuvo que invitar a la chica a unas cuantas limonadas para escuchar un take my breath away y los guajes vimos que aquello era bueno: lo susceptible de invertir tiempo, recursos e imaginación tenía vocación de perdurabilidad.

Así pues, los que ya le hemos dado la vuelta al jamón asistimos atónitos, desconcertados y desubicados al supermercado de la carne que es Tinder en particular o las redes sociales en general. Nos las prometemos felices, adquirimos cuatro rubias al peso, tarareamos we are so young now, seleccionamos teta prieta con un toque de pulgar y hacemos ghosting a la última adquisición si aparece otro trasero que hace doom doom dando zoom zoom.

Hay que separar la inmadurez afectiva, el picaflor que todos llevamos dentro, de la mentalidad de agitar, usar y tirar que nos ofrecen. Marañón profetizó la muerte del donjuán a manos del «progresar del alma femenina». El precableado del ser humano y yo somos así, señora. Y quien no lo vea que pregunte a esa pareja de celebridades que con la misma falta de pudor cuelgan un vídeo íntimo que un comunicado alusivo: su matrimonio tiene razones que la razón no entiende.

Como en una canción de Calamaro, acabamos sin saber distinguir el amor de cualquier sentimiento. O peor, acabamos viviendo compulsivamente a golpe de sentimiento. El tiempo de ser mercancía fresca pasó y ahora, con la vida a cuestas, los fracasos y los primeros cuarenta y cinco minutos del partido sudados nos subimos al carro del individualismo, de la vida por residuo. La que no apuesta por nada —y menos por la renuncia—; la del no te rindas, aquí tienes la sobras; la de te mereces todo y lo puedes tener aquí y ahora. La de la baja autoestima y el alto ego. La de la profunda soledad que echa fuera a quien interrumpa el precario iter vital. La vida en la que la felicidad chispeante, luminosa y moñas de un anuncio de cerveza en verano, nos dura lo que los Peta Zetas en la boca.

Tu narcisismo extiende cheques pero es tu alma quien paga el peaje. Lo que siempre fue queda corregido y aumentado en estos tiempos líquidos. El brasas que te querías quitar de encima y que tenía que llamar a un fijo para localizarte, no sólo se arriesgaba a que contestara el teléfono tu padre —que imponía y era abajofirmante del hombre blandengue de El Fary— sino que te daba la oportunidad de escaquearte, de hacer aspavientos gritando sin voz No Estoy. Ahora es psicopático desaparecer, hiere sensibilidades, causa traumas. Por el contrario, una sociedad egocéntrica trae actitudes mórbidas a la vida cotidiana: lo que era patrimonio de la mente de un perverso narcisista es el día a día en los vínculos superficiales, en el mercado de usar y tirar. Las ristras de cadáveres emocionales que pululan como zombis por las aplicaciones del match han visto cinco veces Luz de gas y consumen artículos sobre migajas emocionales, refuerzo intermitente y bombardeo de amor. Bulímicos de la terapia, y con la toxicidad de Chernóbil en el cuerpo, persiguen la fórmula de la felicidad sentimental en la feniletilamina perpetua. Nuevas libertades para viejas ataduras, nombres de gañanerías en inglés como premio de consolación para lo que toda la vida ha sido deshonestidad y llamábamos «jetas», valga la redundancia. Reglas del juego extravagantes para viejos anhelos. Y no funcionan.

Cuando todos se hayan ido —que escribiría Pemán—, cuando el polvo en suspensión se asienta, admitimos que ningún alma sale indemne de otro cuerpo. Estamos viejos y cansados y sabemos que hasta el sistema de pensiones que hemos sostenido nos hará un corte de mangas en unos años.

Por eso, después haber cambiado las sábanas dos veces en una semana, tras haber comprobado que atender a la urgencia aniquila el deseo, que el desayuno con suplementos de colágeno y magnesio sabe a ceniza y a hastío, preferimos la ebriedad de los violines del concierto en do menor de Bach conversando como amantes antes que volver a abrir en nuestro móvil el catálogo de labios que ponen morritos tramposos, cuentan mentiras y están de oferta. Nos acogemos a sagrado en brazos que no flaqueen y en miradas que prometan quedarse. No queremos volver a nombrar el mundo con tipos distintos cada mes.

Las obras de aquellos que están faltos de contenido eterno —según Rilke— no resistirán el paso del tiempo. Y nosotros, los que estamos viejos y cansados, aquellos en cuyas primeras citas sonaba la canción de Berlin, todavía queremos permanecer incorruptibles respecto a una idea, ser voraces, quedar hambrientos. Como diría una Mitford, experimentar la dicha doméstica, proteger la bohemia.

Salvaguardar la irreverencia de la eternidad.