Yo sé un himno gigante y extraño
que anuncia en la noche del alma una aurora.

Llevaba horas andando sobre su caballo, no sabía ya cuántas, solo recordaba hacia dónde iba; por ratos se quedaba dormido y la cabeza iba dando tumbos de un lado al otro y parecía que se iba a caer por un costado, pero su hábito de cabalgar le hacía parte de la silla del corcel; el animal iba empapado de sudor y de espuma, resoplaba a cada momento y era evidente que hacía un gran esfuerzo para mantener la marcha dado el agotamiento que lo embargaba.

Se despertaba por momentos y sacudía la cabeza buscando avivarse mejor, pero había salido muy temprano, cuando aún las estrellas llenaban el firmamento, la luna grande y blanca parecía que lo seguía y lo miraba con sus ojos grandes y acusadores. Apretaba bien el cabo del machete, se volvía y lanzaba un escupitajo a las yerbas del camino.

Tenía que llegar, aún le faltaba cumplir con lo que siempre se había propuesto; ya tenía más de cincuenta y cinco años y no tenía lo que había querido, lo que siempre deseó; allá a lo lejos estaba y era su decisión y seguridad el alcanzarla y hacerla suya.

No se sentía viejo, no estaba cansado, solo ahora el agotamiento y tedio normal de las horas de viaje; sabía que su penco ya no podía seguir por largo rato, pero le acarició el pescuezo y peinó la crin con sus dedos en un gesto de cariño al amigo de tantos desafíos y andanzas.

— Vamos compañero, no te me venzas, llévame allí donde está lo mío —el bruto resopló una vez más, como contestándole las palabras de afecto y plegaria—. Yo sé que no te he dado todo lo que has necesitado, pero no fue mi culpa, he estado solo siempre, luchando contra todos los demonios y entiendo que tú has sido el único ser siempre a mi lado.

El animal tropezó con una piedra en el trillo y se desplomó, cayendo de lado y dejándolo con la pierna derecha aprisionada debajo de su pesado cuerpo.

— Oh, maldita sea —la extremidad le dolió inmensamente, trató de sacarla, pero no pudo, se dejó caer hacia un lado, el caballo no se movía, solo respiraba rápida y profundamente aún resoplando, pero ahora muy débilmente—. ¿Qué haré ahora? Tan cerca de mi objetivo —se quedó dormido un rato, al despertar se sintió toda esa parte de su cuerpo adormecida; comenzó a luchar para salir del aprisionamiento en el que se encontraba; se agarró fuertemente de unos arbustos a su lado y batallando mucho logró salir; se quedó por varios minutos tumbado de bruces sudando y respirando con dificultad—.

— Tengo que levantarme para seguir el viaje —lo hizo, sintió un mareo, puso sus manos en un árbol a su lado y se repuso; miró hacia delante, allá a lo lejos estaba lo que tanto ansiaba, miró al animal , ya no respiraba—, te dejo atrás amigo, gracias por haberme traído hasta aquí —se volvió y comenzó a caminar, allá en el horizonte se veía una luz, tenue, pero brillante y bella, hacia ella encaminó sus pasos torpes y claudicantes, con la decisión inquebrantable de lograr lo soñado—.