Una madre pobre quería abortar, pues su situación económica era delicada y creía que no podría mantener a su nuevo hijo. La mujer le confesó a un sacerdote su drama y éste encontró una manera de evitar que asesinase al niño aun no nacido. Le dijo: “Mira, mata a tu hijo mayor, pues es el que come más y entonces da a luz a este hijo tuyo pequeño que comerá muy poco”. La madre se echó las manos a la cabeza, percibiendo todo el horror de lo que había pensado hacer. Gracias a la ocurrencia del cura, que sólo quería que vivieran todos los hijos de esta mujer, se logró salvar la vida del que estaba por nacer.

El dilema plantea en esta breve historia lleva presente varios años en la sociedad española: ¿Derecho a la vida o libre elección de la mujer? La segunda opción es la posición defendida por la izquierda y aceptada por buena parte de la derecha política y mediática. Defienden el presunto derecho de la mujer a elegir sobre su cuerpo y a tener o no al hijo que viene en camino. Se basan, pues, en una defensa pueril y, sobre todo, que cae por su propio peso. Bastaría con decirles que el cuerpo de una mujer no tiene dos cabezas, cuatro brazos o cuatro piernas. El nasciturus no es una uña, un grano, un mechón de pelo o un complemento del que la mujer puede prescindir cuando quiera. Es una vida humana.

Los sectores abortistas asocian a los provida con el catolicismo y a la derecha más conservadora. No es una cuestión de religiones o de creencias. Es un hecho irrefutable e incuestionable que la vida existe desde el momento de la concepción. Eso es ciencia, no religión. Desde el instante de la unión entre un óvulo y un espermatozoide, existe ya un ser vivo con ADN. Además, desde la concepción hasta las 12 semanas de gestación, se forman los principales órganos del feto: corazón, intestino, estómago. Y al final del primer mes desde la gestación, se empieza a desarrollar el sistema nervioso. Es cierto que el feto se alimenta a través de la madre, pero también lo hace un bebé recién nacido, sólo que los canales son distintos. Pese a la frialdad de este hecho biológico, todavía habrá quien sostenga que el nasciturus no es un ser humano, debido al escaso desarrollo de sus funciones vitales. También un niño de tres años está menos desarrollado que un adolescente de 16, no siendo por eso menos ser humano.

Es falsa e interesada la visión de que el aborto se corresponde con posiciones de izquierda. La totalidad de los países de América del Sur han estado gobernados por partidos de izquierda que durante décadas han rechazado el aborto de forma taxativa y mucho más restrictiva que en España. La asociación de defensa del aborto con izquierda es única y exclusivamente europea y, en particular, española. La izquierda irlandesa, por ejemplo, hasta en sus manifestaciones más radicales como Sinn Féin, se opone al aborto. Es cierto que esto ha ido cambiando a lo largo de los últimos años y parte de la izquierda en estos países ha ido aceptando la interrupción voluntaria del embarazo, pero no es menos cierto que importantes sectores de la izquierda siguen oponiéndose. De hecho, cuando en 2020 Argentina aprobó la nueva ley del aborto, quedó de manifiesto que la mayoría de los diputados peronistas eran contrarios a la despenalización.

Por otra parte, la oposición al aborto no es patrimonio exclusivo del cristianismo. Son muchos los pensadores ateos, como el filósofo marxista Gustavo Bueno, los que lo han rechazado. Bueno, desde el materialismo filosófico, ataca el principal argumento de los sectores abortistas según el que la mujer es propietaria de su cuerpo y lo compara con la esclavitud. Sostiene pues, que las personas son propietarias de cosas externas a ellas: una persona puede ser propietaria de una bicicleta o de un libro, pero no propietaria de su pulmón, ya que éste forma parte de la persona. Por tanto, dice, una persona no es propiedad, a no ser que sea esclavo y pertenezca a otra persona. Aunque se diera por bueno el argumento de la propiedad, según Bueno, un ser humano no sólo tiene una madre, también tiene un padre, y, por tanto, no sería un derecho exclusivo de la mujer y habría que tomar en consideración la postura del padre.

Otro ejemplo que destruye esa teoría según la cual la defensa de la vida es patrimonio de la derecha y del catolicismo es el de Paolo Pasolini. El poeta y cineasta italiano se declaraba firmemente ateo y militante comunista y muy lejos de cualquier posición conservadora o clerical. En sus artículos de Il Corriere della Sera, se manifestó con contundencia contra la legalización del aborto, y se enfrentó a su entorno de la izquierda radical cuando se planteó la legalización del aborto en Italia. Pasolini escribió en uno de sus artículos: “¿Se puede tranquilamente pasar por encima de un caso de conciencia personal con relación a la decisión de hacer venir o no al mundo a alguien que quiere decididamente venir?”.

No deja de ser curioso ver como aquellos que están a favor del aborto y del derecho a decidir, al mismo tiempo libran una guerra sin cuartel para proteger la vida de determinados animales y de sus crías. Con esto no pretendo lanzar la idea de que no haya que proteger a los animales y por supuesto de los que están en peligro de extinción, solo poner de manifiesto la contradicción que existe en parte de nuestra sociedad, que banaliza la vida humana y por otro lado valora la de los animales como un tesoro muy valioso. ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo en la que se ve con normalidad un drama como el aborto? ¿Es que acaso importa más la vida de un toro o el huevo de un ave que una vida humana?

A nadie se le escapa que el aborto es una decisión difícil que la mayoría de las mujeres no querría tomar por nada del mundo, aunque pudiera encontrar anclaje en algunos supuestos. Aun así, siempre existirán soluciones alternativas a la muerte de un ser humano. Además de una legislación que proteja la vida, la administración debe impulsar medidas para evitar el aborto, ya que se entiende que este drama no se erradica única y exclusivamente cerrando clínicas abortistas.

Los provida, y más concretamente en España, tenemos una aventura innegable en la defensa de la vida humana. En nuestro país, además, está recogido por la Constitución dentro del apartado de derechos fundamentales, concretamente en el artículo 15. Tenemos que defender esta idea con la cabeza bien alta y sin ningún tipo de complejo; la ciencia y la principal razón en la que se sostiene la humanidad están de nuestro lado. No debemos sentir vergüenza, la deberían sentir aquellos que defienden la muerte, porque, como decía Ronald Reagan: “Todos aquellos que defienden el aborto, han nacido”.