Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Y eso que tengo un mal presagio. Estoy inquieta, nerviosa, no puedo concentrarme. Al principio pensaba que esta guerra se iba a acabar en unos pocos días, que el mundo no iba a permitir esta injusticia. Hasta que mi hijo ayer se alistó.

Pero yo no voy a llorar, no lo van a conseguir. Hace varias noches que no han parado de sonar las sirenas. En el refugio hace tanto frío que hasta el miedo se nos queda congelado. Muchos de los niños se pasan las noches llorando asustados. Sus madres tratan de consolarles, aunque algunas de ellas también lo hacen. Los mayores rezan, pero yo no puedo. Estoy muy enfadada con Dios. ¿Cómo puede permitir esto?

Recuerdo que de niña me contaron que mi abuelo también fue a una guerra. Mi madre decía siempre que la abuela ni siquiera lloró cuando se enteró de que su marido ya no iba a volver. No lloró, pero se olvidó de reír, incluso de vivir. Yo jamás pensé que a mí me tocaría vivir algo parecido. ¿Es que no hemos aprendido nada? ¿No sirvieron de nada tantas muertes?

Ayer mi hijo partió a esta maldita guerra. Mi nuera lloraba abrazada a mi nieto, que no quería soltar a su padre. Es muy pequeño, pero entiende que algo grave está pasando. Yo tengo el corazón roto, completamente destrozado, pero no lloré. Ni lo voy a hacer hasta que él vuelva. Porque estoy segura de que él sí va a volver. Mi hijo volverá. ¡Dios mío! si me lo traes de vuelta, te perdonaré. Aunque, claro, seguro que no será el mismo que se fue, nada va a ser ya igual.

Esta noche mi nuera me ha dicho que se va a ir. Que tiene que intentar poner a salvo al pequeño. Su hermana ha conseguido llegar a Polonia, y que allí les están ayudando. Yo lo comprendo, sobre todo por el niño. No hay derecho a que tenga que vivir así, y mucho menos que pueda morir inútilmente. Quiere que me vaya con ellos, que le ha prometido a mi hijo que me cuidaría, pero yo no me voy. Yo no me voy a mover de aquí. Este es mi hogar, y lo ha sido de todos mis antepasados. Alguien lo tiene que cuidar, y aunque una bomba lo destruya, seguirá siendo mi hogar. Además, cuando mi hijo vuelva, ¿quién le va a recibir? Y es que mi hijo va a volver, lo sé. Y solo entonces lloraré.

Esta noche el bombardeo nos ha sorprendido llegando al refugio, y una explosión ha sonado demasiado cerca. Cascotes y metralla nos han golpeado con furia antes de que pudiéramos ponernos a salvo. Mi nuera está quieta, demasiado quieta. En la oscuridad del sótano en el que nos resguardamos, no me atrevo a aflojar mis brazos de su cuerpo. No sé el tiempo que he pasado acunándola. Mi nieto, acurrucado junto a mí, no paraba de llorar en silencio susurrando “mama”, hasta que él pareció reaccionar antes que yo. Cuando se acabó todo el ataque y el refugio se quedó vacío, me pidió que nos fuéramos también a casa. No pude decirle que nuestro hogar se había derrumbado como se ha derrumbado toda nuestra vida. Y yo sigo sin poder derramar ni una sola lágrima.