El primer día de sol evaporó la humedad acumulada en la tierra por los meses de invierno y calentó los frágiles huesos de los ancianos, que pudieron pasear por los senderos del pueblo.

También se desperezó el muchacho, que salió por la vereda. Se detuvo pasmado y miró el peñasco. Al rato, lo rodeó sin dejar de observarlo desde todas las posiciones. Y es que el parecido con la testa de su difunto padre le asombraba. El perfil del rostro del rubio que tenía grabado en su memoria, tallado en roca. Bigotito recortado bajo la nariz ondulada y mentón redondeado.

El rubio nunca fue amigo de trabajar. Mujeriego, presumido y vividor, a la hora de emparejarse, lo hizo con la más fea del pueblo. Ella ya se sentía como la piedrecita que triaba de las lentejas y que no acababa en el puchero con todas las demás. Pero la china también era una gema que tenía la mejor dote. En las fiestas patronales, un coche de choque le dio un golpe por detrás y le hizo un chichón. «Eres un gilipollas», se volvió airada. Se casaron.

Le hizo un hijo y ya no dio un palo al agua, aunque él decía que «movía» los intereses de su mujer. En realidad, se limitaba a arrendar las propiedades y recaudar las rentas para no tener que explotarlas él. De lo percibido sisaba una parte para sus antojos. Era el único del pueblo que vestía de traje a diario. En lugar de corbata, que hubiera resultado ya excesivo para el lugar, se tocaba con un pañuelo blanco alrededor del cuello. Y siempre fumaba buenos cigarros puros que gustaba compartir con los amigotes.

En el pueblo, se apostaba junto a la senda por la que las mujeres atrochaban al lavadero, para mirarlas con descaro y decirles picardías. Ninguna bajaba sola a hacer la colada por si andaba por los andurriales, a los que se referían ya como la vereda del rubio.

Sus correrías no se limitaban al lugar. Frecuentaba todos los municipios del entorno. En el autobús de línea camino del centro comarcal, siempre le hacía la misma broma al conductor: «Para Damián, que atropellamos a la moza», al paso por una señal triangular de precaución por pavimento irregular en la que él veía los pechos de una mujer tumbada.

Para que no llegase a los oídos de su esposa, gustaba de cortejar a las hembras de poblaciones distantes, cuanto más grandes mejor. Para justificarse ante su mujer y engatusarla le compraba algo de vestir o algún juguete para el chico. También podía ser algo que se le encaprichase para él. Nunca volvía con las manos vacías, siempre con una coartada entre ellas.

Hasta que un día apareció muerto en un pueblo de la región, con la cabeza abierta a garrotazos, se supone que por un lío de faldas cuya autoría no pudo esclarecer el señor juez. Allí nadie lo conocía y no le fue posible establecer relación con ningún vecino. Pronto cerró la instrucción del proceso.

Su hijo era todavía un niño que idolatraba a su padre. Admiraba su inextinguible sonrisa, su porte tan distinto al de los lugareños y su popularidad entre ellos, que en realidad se ganaba con copas y habanos. Ningún otro chico tenía tanta ropa, juguetes y caprichos como él.  Al igual que su pelo blondo, heredó también orgulloso su apodo.

Ahora, ya en el papel de hombre de la casa, toma la decisión de comprar el terreno en el que se encuentra la imagen de su revivido padre. Y lo realiza con la astucia ya adquirida de no declarar su enorme interés en poseerlo; se hace con facilidad con el baldío situado en la mismísima senda del rubio.

Lo primero es adornar con balas de paja el pináculo de la peña paterna. Parece un peinado a cepillo, nada acorde con los gustos del finado, siempre peinado con brillantina, pero al chico le place cómo le queda.

En un viaje a la capital, ve un descomunal puro que adorna la fachada de un estanco. Lo adquiere sin dudar, practica un agujero en la peña a la altura de la boca y lo encaja satisfecho. Parece que estuviera aspirando.

Los comentarios surgen por el pueblo. Se le dirigen burlones, al desvelarse el misterio. Pero él les contesta rotundo: «Está claro que la Santísima Virgen de los Remedios ha hecho un milagro, y quien no lo reconozca es que tiene la cabeza llena de fantasías».

Poco le cuesta convencer a su madre, que lo adora, para que cosa unas a otras una ristra de sábanas blancas. Con el apaño rodea el peñasco, a modo de pañuelo alrededor del cuello. También consigue que rellene y forre con tela negra una vieja rueda de carro que remeda el botón de luto con el que su padre unía el pañuelo en el cuello, única señal de duelo que consintió lucir a la muerte de su madre. Y eso porque le pareció un toque de refinamiento que ensalzaba su digno porte.

Feliz con el resultado, pasa grandes ratos junto a su progenitor. Se lleva allí un viejo sillón desde el que comparte su vida con él mientras se fuman un puro cada uno, frente a frente. Todo se lo va a contar y a consultar. Incluso la elegida para contraer nupcias. Le confiesa que no le atrae mucho, pero es la heredera de una buena casa y extensas tierras de labor. Vence sus recelos el recuerdo de una frase que oía a su padre entre amigos y humos: «Siete mujeres en cada rincón hay para cada varón».

La ceremonia se oficia al aire libre, junto al peñón, para poder contar con la asistencia de su padre. El cura sólo pone un impedimento para impartir el sacramento del matrimonio: por consideración y respeto al Santísimo, se ha de retirar el puro de la boca paterna durante el solemne acto.