—Santos y buenos días —dijo la muerte, y ninguno de los presentes la pudo reconocer.
¡Claro!, venía la parca con su trenza retorcida bajo el sombrero y su mano amarilla en el bolsillo.

― ¿Me permite grabar?

―¡Claro! ¿De qué trata el tema de su entrevista?

― En saludo al día de las bibliotecas, el próximo 24 de octubre.

―Pudiéramos prepararnos un poquito, soy malo para esto, lo mío es lograr que los niños lean.

―  La única pregunta que le haré: es que cuente cómo una lectura marcó su vida.

― ¡Ah!, eso es más fácil, pero tendría que contarle algo sobre mi abuela ¿Tiene tiempo?

― Lo escucho.

― Mi abuela siempre estuvo enferma pero en acción, parecía una gallina comiendo maíz, a la hora de tomar pastillas. La recuerdo siempre en falda estrecha, por debajo de las rodillas, sus blusas y su pelo blanco, impecables.

Era yo, su bastón, en sus viajes de terreno, porque era el médico de la familia, a donde llegáramos; organizaba, limpiaba, hacia caldos, bajaba fiebres, curaba empacho y además alegraba a la gente.

Su hermano Tito, el que se mudó para la Habana, se puso mal y allá fuimos, sin una dirección, ni un número de teléfono, solamente «vive en Alamar». Preguntando persona a persona dimos con la casa, para mí la experiencia fue tremenda, a las cuatro de la tarde estaba tan decepcionado y en la noche tan orgulloso de mi viejita, no me cansaba de abrazarla.

Claro, no era perfecta, en el barrio vivían tres juanas y para diferenciarlas a la mía la llamaban «La Manaquera». Cuando íbamos a Majagua, donde vivían mis tíos, siempre a resolver problemas: a cuidar un nieto enfermo, a ocuparnos de la casa porque saldrían u otro motivo, en la parada de la guagua nos sorprendía Amelia con sus comentarios:

― ¡Ahí va Juana «la Manaquera», a pasear!

―¡Mi hermana es la que es de Manaca y no voy a pasear, voy a ver a mis hijos!

Tan enfadada se quedaba que cambiamos la ruta, en lo adelante, salíamos oscuro, por dentro de los naranjales llenos de rocío y en la carretera nos cambiábamos de zapatos, cogíamos la guagua una parada antes, solo por evitar a Amelia.

A Majagua llegábamos con las jabas llenas, las buscábamos días antes, donde vivía otra tía y abundaba la comida. De regreso a casa: a tejer cestos de guano: usados para echar la ropa sucia, los vendíamos a quince pesos. Por supuesto, buscar y preparar el guano de yarey,  era otra aventura. Cuando parecía que el día se iba a acabar, entraba en la cocina, comida para nosotros y para Bruno, un pensionado que ella atendía de gratis y a las ocho, como un reloj estaba sentado a la mesa, dando con el cubierto: Tac, tac, tac. En algún momento del día hacíamos cola en la tienda para comprarle los mandados y la gallina de dieta, y yo con ella para que no hiciera fuerza.

Vivíamos en un lugar de tierra roja como la sangre, lo cual no le impedía la limpieza y pulcritud en todo, por ejemplo: mis zapatos eran blancos, tenía dos pares, cada día me lavaba los del día siguiente, por más que le pidiera que no lo hiciera.

Así fue desde joven, perdió su marido cuando mamá tenía dos años, la menor de diez hermanos, a los cuales crío en pleno «machadato» haciendo sobreros y lavando para a fuera, cuando llegó Fidel y sus hijos estudiaron y fueron gentes como decía ella, no había quien dijera una palabra en contra. Esa era mi viejita comunista.

Pero si, la muerte la alcanzó, aún en su lecho de muerte nos dio una lesión con su recato, estirándose la bata para cubrirse las rodillas. Me dejó un gran vacío su ausencia.

¿Qué le parece esta historia de mi abuela Juana «La Manaquera»?

― Se me parece a la «Francisca» de Onelio Jorge Cardozo.

― Exacto, cuando leí ese autor y en especial ese cuento, me emocioné, tuve una envidia sana, como me hubiera gustado haberlo escrito yo, tengo un especial cariño por esa joya de la literatura cubana. Mire― y señala un cuadro en la pared ―esos dibujos los han hechos mis niños después de debatir el cuento. ¿Le sirve de algo lo que ha grabado?

― ¡De mucho, le confieso que hoy me voy a releer a Francisca y la muerte!, felicidades por este 24 de octubre.