Calla la niña y llora sin gemido… Un sollozo infantil cruza la escuadra de feroces guerreros, y una voz inflexible grita: ¡En marcha!Aquel atardecer cargado de polvo el guerrero y la niña cruzaron las miradas apenas un instante. Para nuestra joven doncella fue más que suficiente para entender que su destino estaba unido al del guerrero feroz por lazos de sangre. Esta niña crece anhelando el regreso de aquel guerrero de mirada torva, sin perder la esperanza. Todas las tardes sale a la puerta por la mañana y otea el camino que se pierde en el horizonte. Por las tardes pone una silla en anea en la puerta y permanece impasible hasta que se pone el último rayo de sol.

El camino le trae recuerdos, pero ya nadie recorre como antaño esos caminos; polvorientos caminosen verano o barrizales en invierno. En el pueblo todos vieron crecer a esta joven hermosa, de mirada dulce, y locuaz, que sin embargo jamás a nadie dijo una sola palabra del pesar que arrastraba. Pasaron los años, la joven quedó soltera y las arrugas cubrieron su rostro. Los patrimonios familiares se fueron arruinando en toda la comarca, y, finalmente, de manera inesperada, una maldición cayó sobre este pueblo perdido en la estepa. Las cosechas se perdían un año tras otro, el ganado moría de sed o de hambre. Los vecinos se desesperaban entre rezos al santo patrono y romerías, pero nada cambiaba: Todos se fueron marchando a mejores lares, sin mirar atrás, unos a pie, otros en carros desvencijados tirados por mulas que apenas podían con su cuerpo, los menos, montados a caballo. «El destino no siempre se cumple», pensó la que en otro tiempo fue joven, hoy ya una mejer de arrugas en la frente. Sólo quedó en pie la iglesia, atendida por un cura un día, sin más explicación dejó de venir, y la casa de nuestra anciana dama de lentos movimientos que salía a la puerta de la casa por las mañanas temprano y por las tardes, antes de que ponerse el sol.

Un atardecer frío y lluvioso una sombra se asomó al fondo del camino. Era uno de esos días que invitaban a recogerse junto a la chimenea y esperar la llegada del amanecer. Esta sombra pronto se pudo ver que era un caballero joven de porte gallardo, cuya capa ondeaba al viento; la oscuridad no dejaba ver sus facciones. Era uno de esos días en los que sólo los criminales o los muy temerarios osaban adentrarse por territorios plagados de bandidos. Nuestra anciana dama de suaves movimientos, otrora joven de dulce mirada, apenas podía moverse, apenas reconocía los objetos que tenía frente a sí, cuanto menos podía distinguir una figura a cien metros. El caballero se acercó a una distancia prudente, y desmontó del caballo; sin perder tiempo, con voz firme, esa voz que reconoció sin duda alguna la anciana dama, exclamó: «Traigo un mensaje. Debes acompañarme. Recoge tus enseres». «Por fin», pensó la anciana señora, y a continuación, con voz alta y clara se dirigió al caballero: «Siempre esperé este día. Nada tengo. Estoy preparada para marchar». Y montó el caballo sin ayuda, algo inesperado para su edad, pero tal era la fuerza del destino que le guiaba.