Después de que la señora Martínez la hubo identificado, la policía le entregó las pertenencias encontradas. En la cartera de su bolso estaba la foto de un hombre. Su marido la miraba con una tristeza infinita en los ojos. Esa tristeza fue toda una revelación para ella, y una ventana nueva se abrió a un mundo desconocido. El precipicio estaba ante ella, tan profundo que ni el fondo se veía. Tantos años juntos, desde el primer encuentro en el campamento de la parroquia, con 16 años, y ahora se da cuenta de que no conoce nada de su marido, ese hombre con una tristeza infinita. O sí, conoce apenas la superficie, pero nada más. Un hombre que irradia felicidad allá donde esté ¿Había otra vida que ella desconocía? ¿Cómo era posible si siempre habían estado juntos? ¿Quién era aquella mujer desconocida que tenía la foto de su marido? Las preguntas se empujaban unas a otras antes de obtener una respuesta mínimamente razonable.

Esta noche tendrían que hablar de muchas cosas, su marido y ella. En su vida en común nunca había habido un resquicio para los secretos, ese había sido el primer principio que sostenía los cimientos de su sólido matrimonio. Matrimonio que se sostenía inquebrantable contra viento y marea, todos sus conocidos lo decían; mientras tantos matrimonio se hundían a su alrededor por pequeñas rencillas, ellos permanecían firmes ante la adversidad. El segundo principio era la felicidad, su vida en común se había construido sobre la base de una alegría a prueba de golpes, su pequeña hija había sido el último logro de esa felicidad. El tercer principio eran los proyectos en común; todo lo que se hacía en la familia partía de una reflexión entre dos personas maduras que tenían un proyecto de futuro.

Después de mucho caminar entró en el único bar que encontró abierto. Estaba en el fondo de un callejón apenas iluminado. El nombre era sugerente, Bar Columbretes; sugería un lugar fantástico, abandonado de toda vida, porque ¿quién recordaba hoy aquellas islas perdidas en el Mediterráneo? En el bar sólo había un cliente, ensimismado en sus pensamientos y el camarero, perdido en el último reality show de la televisión. En esos islotes quería estar en ese momento la señora Martínez, cada vez más perdida en un mar de dudas en cuyo centro estaba su marido, al que ella siempre habría creído conocer. Un hombre sin dobleces, sencillo, de alma pura, que siempre había guiado a su familia con paso firme contra viento y marea. La señora Martínez pidió otro whisky más. Hacía muchos años que no bebía, de hecho ni tan siquiera recordaba cuándo fue la última vez que tomó una bebida alcohólica, tal vez fue en la noche de bodas. Pero esa etapa pertenece ya al pasado más lejano.

Había estado viviendo con un extraño, había sacrificado su vida por un proyecto en común, con un futuro lleno de logros y ahora no sabía cómo afrontar esta nueva etapa. Una idea estaba abriéndose camino en su mente, cobraba forma poco a poco. La señora Martínez se negaba a aceptarla, no se veía capaz de tomar una decisión ella sola, sin consultarla antes. Sólo tuvo que recordar la mirada triste de su marido, esa foto en la cartera en el bolso de una extraña para que todas sus dudas desapareciesen. Sí, ella comenzaría una vida en otro lugar; sólo tenía que coger un barco a cualquier lugar. El mundo estaba lleno de islas perdidas en las que encontrar la paz de espíritu. La señora Martínez vivió esa noche el desmoronamiento de su mundo, mientras en su teléfono se anotaban las llamadas perdidas de su marido, ya perdido para siempre.