Me incorporo y me levanto sintiendo temblar los huesos como si estos se hubieran transformados en cartílagos que domino para terminar sentándome en el borde de la cama donde me dedico a reflexionar como todas las mañanas en las que he vivido en mis sueños y en la realidad y con todo ello plantearme los problemas que me va a deparar el nuevo día.

Es posible que sea porque con el personal que me cruzo no dejan de ser personas mayores que como yo caminan hacia tumbas que un día serán nuestras, personas que no difieren mucho con el resto de transeúntes, mendigos sentados en las puertas de los bancos y de las iglesias, voces quejumbrosas de seres anónimos que vagabundean por las calles, juramentos de hombres de mediana edad a los que se les cierran las puertas de un futuro trabajo, hombres y mujeres trajeados, alimentados con tartas de envidia y frío, ingredientes perfectos para estos dulces hechos de amargura y soledad, como la de los que se sienten filósofos que vagan buscando la razón que les explique la esfericidad de la tierra.

Me aparto de la ventana y comienzo a moverme, saboreando cada instante, cada momento o tal vez dejándome llevar por las circunstancias, siempre tengo muchas cosas que hacer, la cama, asearme, limpiar y alimentar mis sueños, sin preocuparme de cómo se acercan a mí,  mientras doy una cabezada en el ajado sillón, el viejo elemento que mantengo porque me da pena deshacerme de él, por recuerdos, por añoranzas, por momentos vividos en el mismo, lo hago con el libro abierto entre mis manos  pensando que la vida consiste en no dejarse vencer y una persona  que creció en la pobreza y superó bastantes escollos, a mis ochenta años no voy a romper la rama que me sostiene y caer en el precipicio.

Cierto que los recuerdos se van diluyendo en el espacio y en el tiempo, de los partidos de futbol solo queda el balón golpeando el suelo, como tampoco recuerdo el sabor de las bebidas extrañas tomadas en las salidas nocturnas de las que si recuerdo algunos nombres de chicas que amé y por quienes fui amado.

Como todos los días, apago la luz y derramo algo de vino de la mancha al ponerlo en la copa y como siempre me pregunto si me estaré volviendo un viejo senil hasta que me doy cuenta que tras las incontables arrugas se esconde un espíritu joven, cansado sí, pero con ganas de hacer cosas nuevas, de aprender día a día del milagro de la vida.

No quiero caer en picado en mi propio epílogo, es cierto que la sociedad nos obliga a ser transparentes, a convertirnos en seres que a veces estorbamos, o al menos molestamos,  y a los que es mejor no mirar para no tener que ver en ellos la imagen que nos va a reflejar el espejo en un futuro más o menos lejano, personas que se creen inmortales porque están cerca de alcanzar la cima de su vida sin que se den cuenta  que la única forma de alcanzar ésta, es sujetando la mano de la persona que has amado para que luego, la caída, el resbalar por la ladera de ésta sea más suave y llevadera.

Algo me obliga de nuevo a mirar por la ventana, quizás una sombra, un animal o tal vez el sonido apaciguado de unos pasos que se alejan y que no escucho por lo que sonriendo la cierra y bajo un poco las persianas, a veces las arrugas hacen que cierre los ojos y vea sombras entre las nubes, como sucede cuándo se me caen los sueños y la esperanza de lograr algo terminan invadiendo la realidad.

Por fin puedo sentarme y antes de coger el libro sujeto la cabeza entre mis manos y cierro los ojos tratando de alejar el abatimiento que a veces llega a mí y que ahora desplazo mientras me repito que aún no estoy fuera de combate aunque me asalten las dudas que alejo pensando que no voy a morir con la derrota prendida a mí, nunca me he sentido vencido ni por nada ni por nadie, se que lo haré con arrugas y calvo pero con la cabeza alta sabiendo que el hombre es el ser que tiene  a la muerte como único acompañante  y es verdad, porque muy lejos quedaron aquellos que añoro a mi lado con un vaso de vino en las manos.

De nuevo, a través de la rendija de la persiana observo una sombra, una figura que camina hacia la casa, levanto la misma y puedo apreciar que lo hace cansinamente, que el ser vestido de oscuro se aproxima a mi puerta  por lo que antes de que llegue a golpearla, le abro para encontrarme con el saludo del mismo al que respondo sin miedo mientras le observo.

No es la voz lo que me impresiona, ni sus palabras que no recuerdo, tal vez lo único que queda en mi es su mirada y en ella me pierdo en el desierto que recorrí, en la mar que cabalgué, en el cielo que encontré cerca de mí y en un sinfín de sensaciones aunque me detengo ante una mano suave y blanda que fácilmente reconozco.

Rompí mi ensoñación cuando de su boca sale una voz metálica aconsejándome que no tuviera miedo y pensé en las personas que había conocido, y escuché que no era un viejo senil, ni él un fantasma lejano producto de mi imaginación acercándose a mí, buscando algo que yo podría darle.

Le dejé entrar, le indiqué la cocina y se sentó en una silla observando cómo le llenaba una copa de vino y le ponía un plato con unas galletas saladas al lado. Sonrío cuando vio como limpiaba las gotas que derramé y con firmeza me senté en el sillón esperando el sueño eterno que no iba a tardar en llegarme.