Supongo que puede parecer extraño pero aquella imagen, aquella inocente imagen, resultó al cabo el factor más esclarecedor. Ver a mi hermano solo me revolvió por dentro, me invadió una gran sensación de tristeza. Iván no tiene nada de inocente y, sin embargo, siempre viene a mi memoria como un niño, en especial cuando sueño con él, cuando le recuerdo de pequeño con mis padres. Supongo que no hay mayor melancolía que recordarse feliz…

Se dice que un acto de locura consiste en no acatar ciertas reglas sociales y mostrarse en contra de la sana razón. No está bien visto salir a caminar desnudo por los campos de labriego, gritar en medio de una conferencia de Estado, eructar en un acto público.

No está bien visto decir lo que se piensa. ¿Qué sucedería si todos los locos del mundo gritaran a la vez, si se lanzaran desnudos a los campos al mismo tiempo y dijesen lo que pasa por sus cabezas en un preciso momento? La locura no solo la tienen los que están encerrados en un manicomio. Todos estamos locos y todos hacemos locuras, lo que pasa es que la mayoría no se da cuenta de ello o se avergüenza.

¿Qué hora será? ¿Dónde estoy? Otra vez un mal sueño, aunque en esta ocasión de tintes románticos. Cada día me sorprendo más de lo que acude a mi mente por la noche y de cómo esas ensoñaciones se instalan en mi cabeza como si fuesen reales. Ojalá fuera como Edgar Allan Poe, quien creó experiencias artísticas a partir de sus pesadillas. Pablo Neruda decía que Poe fue un escritor para escritores, un pincel en la tiniebla que a todos iluminó. De hecho, aseguraba que quienes sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a quienes sueñan solo de noche.

Eso me pasa a mí. Apenas duermo cuando se supone que hay que hacerlo, me da miedo. Hay quien dice que dormir es ensayar la muerte. Por eso muchas noches me quedo en el sofá. En posición fetal, mirando al techo, me siento en paz rodeada de cojines y mantas de colores chillones. Tengo la sensación de que no estoy durmiendo, sino prolongando la siesta de la sobremesa. Así engaño a la muerte y consigo que posponga su llegada. Se está muy bien sufriendo y compadeciéndose de uno mismo. Ser feliz me da mucho miedo.

A Iván, no. Él solo conoce la felicidad…

Si tuviese una varita mágica crearía un mundo sin padecimiento ni desigualdad donde solo importara el ser. Un lugar donde sus habitantes estuvieran en paz consigo mismos y ayudasen al que sufre por ser diferente. No solo le ayudarían, se pondrían en su lugar y asumirían su diferencia como propia. Es lo que yo llevo haciendo toda mi vida con mi hermano Iván y lo que mis padres me han inculcado.

Una vez leí un libro sobre una tribu brasileña, la de los awás. Vibraba al ritmo que lo hacía la tierra. Cuando un niño nacía, no se le daba un nombre hasta pasados unos cuantos años. El nombre le identificaría para el resto de su vida. En función de sus gustos, su carácter y la conexión que estableciese con el entorno se le pondría un nombre u otro. Solía ser a los diez años en la ceremonia del solsticio de verano, cuando varios niños de la tribu se reunían en presencia del hechicero, quien les bautizaba oficialmente. Así no estaban marcados desde el nacimiento, sino por su experiencia, sin etiquetas.

… ¿Cuándo se convierte la vida en una biografía irreversible? Tengo la corazonada de que ya no se puede cambiar, de que es demasiado tarde, de que he vivido lo que tenía que vivir, de que ciertos patrones pegados como una costra a mi piel no pueden modificarse. Sé que me queda mucho por delante, pero estoy cansada de luchar. Pienso que batallo solo por Iván, porque esté orgulloso de mí, pero cuando falte no tendré ningún incentivo para hacerlo. ¿Y si soy yo quien se va antes? Quieras o no, le llevo bastantes años. ¿Quién se ocupará de él? ¿El Estado? Y una mierda. ¿El resto de mi familia? Esos son capaces de encerrarlo en un zulo. Envejecer no es algo bonito, es una treta del destino, una gran putada; adquieres más sabiduría e inteligencia emocional, pero el cuerpo se va marchitando y termina siendo basura.

¿Qué pasa conmigo? Me pregunto en que estadio me sitúo yo, en qué nivel. No tengo nada de especial ni de lumbreras, pero mucho de inconsciente y de tonta. Dedico demasiado tiempo a pensar sobre mí misma, a analizarme. Conozco muy bien la teoría, pero jamás la pongo en práctica. Iván tiene un diagnóstico. Yo, no. Y sin embargo doy el pego…

Son las nueve de la mañana, voy a despertarle para que desayunemos juntos y salgamos a dar un paseo. No le vendrá mal caminar un poco que está de buen año por la cantidad de chuches que come. Le contaré una anécdota que me sucedió el otro día en el supermercado. Una niña me dijo que no sabía que quería ser de mayor. No la conocía de nada, estaba con su madre comprando muslos de pollo y yo me interese por su conversación. La niña me miraba de hito en hito, pero no me incomodaba. La agarré del brazo con candor y le dije que optase por la locura, por el desequilibrio bien entendido, por la perturbación como filosofía de vida, por ser un payaso como único modo de derrumbar los quijotescos molinos que nos quieren imponer desde las alturas. Ya que la sociedad no nos da trabajo, aseguré a la niña, le daremos el trabajo de escucharnos, sin sueños infundados y sin melancolías de saldo, sin inocencias impostadas. La niña me sonrió. Esperemos que enloquezca de mayor. Será su salvoconducto para ser feliz en este mundo tan cuerdo.