El abogado Mr. Utterson era un hombre de semblante rudo, nunca iluminado por una sonrisa; frío, seco, vacilante en la conversación y reservado en sentimientos. Cuando entró en aquella tienda de antigüedades le pareció estar viviendo en otra época al ver al dependiente, parecía haber salido de una película ambientada en el siglo XVI. Estanterías repletas de objetos inservibles lo llenaban todo en un ordenado desorden que invitaba a mirar hacia tiempos pasados. Había pasado por la puerta de este curioso establecimiento sin atreverse nunca a entrar, hasta que ese día algo le animó a pasar. Los libros ocupaban un importante espacio en las paredes, llegaban hasta el techo decorado con colañas llenas de polvo y auténticas telarañas. Sus manos comenzaron a extraer libros, sintiendo su textura, recreándose en la encuadernación, en los títulos, en el color sepia de sus hojas… hasta que se fijó en uno de ellos por su pequeño tamaño. No mediría más de treinta centímetros de largo, su tapa era de un descolorido color negro con letras desgastadas en blanco donde se podía leer: «Salem». No conocía su significado, pero le llamó mucho la atención. Lo abrió con verdadero interés, pero no pudo leer debido al diminuto tamaño de las letras y no llevar encima sus gafas de ver de cerca.  Siguió recorriendo la tienda despacio, sin prisa, en calma, sintiendo que el tiempo ahí dentro no existía, se había detenido para él. Un reloj de arena apareció ante su mirada quedándose maravillado por su belleza. Se acercó más aún a él, lo cogió, como en un acto reflejo lo giró y lo situó de nuevo en el estante. La fina arena de color rojo formaba un hueco en la parte superior y una pequeña duna en la inferior, caía con un ritmo constante y armonioso por un estrecho paso, atraída por la gravedad.

Envuelto en varias capas de grueso papel para proteger su frágil cristal, anduvo por las calles de su querida ciudad con aquel reloj en un día en el que la fría brisa atravesaba toda su ropa y le llegaba hasta los huesos. Llegó a casa, colocó el reloj en la mesa del salón y después se tumbó a descansar un rato. Al rato se incorporó sin ver nada, había oscurecido y la luz estaba apagada. Tanteando las paredes llegó hasta el interruptor y miró a la mesa. El reloj no estaba, no entendía nada. Mientras lo buscaba por toda la casa, iba sintiendo un sudor frío recorriendo su cuerpo a causa del miedo que aumentaba a cada segundo que transcurría. No sabía dónde mirar más, el reloj seguía sin aparecer cuando se le ocurrió descorrer la cortina de una de las ventanas. Llovía con fuerza y una capa de vaho se había formado en el cristal. Se acercó para intentar ver algo, cuando comenzaron a formarse letras en la superficie de ese cristal. Una a una se dibujaban perfectamente sin que aparentemente nada ni nadie las realizase. Dio un grito cuando terminó de aparecer la última letra de una palabra que ya había visto antes: «Salem». Estaba aterrado sin saber qué hacer, sus piernas se paralizaron, era incapaz de desplazarse hacia ninguna parte.

Sonó un timbre, era el despertador que la avisaba de que era la hora de ir al bufete. El reloj seguía estando sobre la mesa, sintiéndose aliviado. Aquella palabra quedó atrapada en su mente, su subconsciente la había retenido e incluso se la volvió a mostrar en forma de pesadilla. Introdujo su clave en el ordenador para buscar información.Se empapó de todo hasta altas horas de la noche, cuando sus ojos se cerraban por puro agotamiento. Se fue a la cama no sin antes mirar hacia la mesa y ver de nuevo el reloj. No paraba de dar vueltas a un lado y a otro de la cama, estaba inquieto recordando muchas cosas de las que había leído. Había descubierto que Salem era una ciudad de Massachusetts conocida por la «Ciudad de las Brujas». Todo daba vueltas en su cabeza recreando lo que había leído, incluso visualizaba mujeres siendo quemadas en hogueras, escuchaba sus desgarradores gritos, sus súplicas por ser liberadas… hasta le llegó un olor a humo a su nariz. Tenía miedo, no se atrevía a cerrar los ojos en medio de aquella oscuridad dentro de un silencio solo interrumpido por los truenos de la inminente tormenta que se aproximaba. El diablo lo había elegido para agredir a alguien físicamente, lo estaba llamando por medio de un sonido cuando… escuchó el timbre de la puerta y abrió los ojos.

– ¡Otra pesadilla!, se dijo en voz alta.

Fue hacia la puerta para averiguar quién llamaba a esas horas de la madrugada. Miró por la mirilla, preguntó varias veces sin que nadie respondiera. Los truenos no cesaban, dio otra vuelta más a la llave y echó a correr hacia el salón. Tenía miedo de regresar a su dormitorio y volver a soñar. Se sentó en su sillón orejero de la sala con los ojos bien abiertos. La lámpara del techo tenía todas sus bombillas encendidas y los innumerables rayos que se dibujaban en el cielo, iluminaban aún más la estancia. Atraído por el reloj, lo miró fijamente, extendió su mano, lo cogió y le dio la vuelta. Comenzó a caer su arena poco a poco, lentamente, él lo miraba, lo miraba, lo miraba… y corría, corría, corría… por una calle interminable, en una noche profunda, era perseguido por gente que gritaba, llevaban palos, antorchas…

Pasó la tormenta, pasó la noche, pasó el miedo y también los días. Nunca supo si aquel reloj fue real o no, si fue el culpable de sus sueños ni cómo desapareció. Lo único que sabía a ciencia cierta porque después de los años lo seguía conservando, era que bajo su cama encontró un día un montoncito de arena roja.