Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

– Colecciono almas.

Así dijo el gitano Aureliano, sin darle mayor importancia a la respuesta. El alcalde quiso saber a qué se dedicaba el que parecía único desocupado de la familia que todos los años visitaba la zona para asombrarnos con los últimos descubrimientos que hacían del mundo más allá de la ciénaga un lugar mágico. El año anterior había sido el imán, el siguiente sería la lupa, ese año recuerdo que fue el hielo.

– Colecciono almas.

Así dijo el nervudo gitano mientras repartía entre la chiquillería piedras del tamaño de un guisante. Fue el patriarca de la familia quien explicó la gracia de lo que a todos se nos antojó diversión que precedería a la exposición de un nuevo ingenio: “Moléstense en mirar bien sus guijarros, pues por la munificencia proverbial del gitano Melquíades -éste, su seguro servidor-, todo aquel que encuentre en la suya un lunar negro recibirá de obsequio nuestra siguiente invención”. Acto seguido una de las gitanillas tiró con gracia de la tela que pendía del carromato del centro dejando al descubierto un gran espejo. El gesto de decepción de la concurrencia fue unánime. Los tres varones y la única hembra que se habían alegrado al encontrar la mancha negra en sus piedras se acercaron desilusionados a recoger sendos premios. Aureliano Buendía debió de pensárselo mejor y antes de entregar al gitano su piedra afortunada volvió sobre sus pasos para regalármela. “Si le obsequiase el espejo nuestras familias ya hablarían de compromiso, y somos demasiado jóvenes para tales vainas; acépteme una piedra y podremos continuar siendo sólo buenos amigos que se besan los domingos a escondidas”. Por evitar mayores vergüenzas y dar aire a mis mejillas corrí hacia el carromato. El gitano me entregó el espejo a regañadientes, no sé cómo pudo enterarse de que no había sido yo directamente la agraciada. Tampoco hoy, cincuenta y cinco años después, lo sé, pero sí que, sin quererlo ni saberlo, salvé a Macondo de perecer en el olvido y a la patria de rendirse a la dominación.

Magnífico y Escolástico, enemigos íntimos de Aureliano, me ofrecieron su colección de esqueletos de mariposas a cambio del espejo. De buena gana habría aceptado el trato si Úrsula Peñaranda no me hubiese estado vigilando, comida por la rabia y por la envidia, desde que Aureliano me entregara la piedra. Le habría faltado tiempo a la pérfida vecina para secretearle que había menospreciado su obsequio aceptando un trueque desventajoso. Sólo por eso coloqué el espejo en mi habitación.

Desde el primer momento noté que quien se reflejaba en el azogue no era yo. Al otro lado había alguien con mis mismas trenzas, idéntico rostro al mío, igual estatura y complexión…, mas no era yo. Fue suficiente para que resolviese clausurar la actividad del espejo cubriéndolo con lienzo apolillado. Dormí mucho más tranquila, sin poder evitar soñar, no obstante, que dentro del marco historiado mi socia maquinaba el modo de librarse de su prisión. Las pesadillas que me persiguieron hasta el siguiente plenilunio decidieron por mí aceptar el trato prorrogado de Magnífico y Escolástico si añadían al lote la carta robada del breviario de don Cristino en la que el clérigo declaraba su amor al joven árabe Nadir, de la familia de los taberneros.

El trato se cerró con celeridad por ambas partes. Ya no me importó que Aureliano se enterase de mi desaire, mayor había sido el suyo al no presentarse a la misa mayor del domingo para besarnos a su término en los jardines parroquiales.

Me pensé en la obligación de advertir a los compradores que algo oscuro sucedía con el espejo. Rieron.

Fue por aquel entonces cuando se comentó en la taberna de los árabes que se oía rumorear que el gobierno había contratado, pagando el doble de su peso en oro, a no se sabía quién que les prometió acabar con todas las futuras insurrecciones.

El asunto interesó tanto al alcalde que decidió consultarlo con quien más sabía de todas las cosas, las habidas y por haber, el gitano Melquíades. Sin embargo, no hubo ocasión. Al día siguiente halló vacío el claro de su campamento, la gitanería había decidido continuar su camino. En el lugar, amén de las inmundicias propias de todo resto de acampada, encontraron abandonadas dos perolas con desportilladuras, una botija y cuatro grandes espejos hechos añicos. No fue ésta la noticia que sobresaltó al pueblo esa mañana, sino la de la desaparición de dos niños y una niña, los que habían sido agraciados con el premio del espejo, de los cuales, por cierto, jamás se volvió a saber. A Magnífico y Escolástico, tal fecha como aquella, un mal viento les quitó el entendimiento, al decir de los más entendidos del lugar. Ambos acabaron ahogándose en la ciénaga meses después, atiborrados de sus propios excrementos y borrachos del guarapo fermentado que robaban con su consentimiento al joven Nadir. Sólo yo supe, al comprobar en el velorio que la imagen de ninguno de los dos se reflejaba en los espejos, que su muerte se debió a no haber llevado el mío a su legítimo destinatario, tal y como pactaron a espaldas de Melquíades con el bisojo Aureliano, tan gitano como pueda serlo quien esto lea y quien esto escribe en el presente año de gracia, y a quien Aureliano Buendía dio muerte deshonrosa lustros después, cuando éste era coronel insurgente, gloria de Macondo, y aquél vidente mercenario a sueldo del gobierno y de la Fruit Company. Frente al pelotón de fusilamiento Aureliano le confesó al coronel que la desgracia que se cernía sobre él se debía a no haber completado su colección.

– Sólo me faltó la suya, coronel.

Y a continuación lo borró la descarga.