El artista es creador de belleza. Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte. Él pasaba sus dedos ya ancianos por el lomo del libro, ya desgastado por el paso del tiempo y prácticamente ciego si no fuera por sus gafas de lectura, a las que les cojeaba una de las patas, haciendo que cruzara ligeramente su rostro en una línea diagonal.

Suspiró gravemente. Las manos le dolían y el libro, pese a ser una edición de bolsillo antigua verdaderamente ligera, le pesaba en ellas. Lo dejó sobre la mesilla del salón y dejó caer su cuerpo y el peso que la edad le había donado en la silla que se encontraba inmediatamente al lado de dicha mesilla. Restos del viejo cuero de la tapa se quedaron en los bordes de sus dedos.

Él había sido artista hace mucho, en una vida prácticamente pasada. En su casa descansaban todos bajo una espesa película de polvo que hace mucho desistió de limpiar por los estragos físicos que la edad había dejado en él.

Por lo general, estaba orgulloso de su pequeña gran obra personal. En su municipio habían hecho una exposición en su nombre, en alguna Casa de Cultura abandonada por su gobierno. Había recibido vino bueno y una suma de dinero que, si bien era simbólica, le había ayudado a pagar la comida de sus difuntos perros.

Practicó de todo cuanto pudo: bodegones, paisajes, naturalezas muertas, retratos, figuras muy cercanas al Picasso cubista y al Goya más expresionista del Prado, que le encantaba. Lo hizo consultando láminas pictóricas en los libros de la biblioteca municipal, y otras veces robándolos de las librerías pequeñas que en el municipio había. Era buena persona, pese a lo que la gente creía saber de él. Tampoco tenía dinero para libros. ¿Qué iba a hacer si no robar para conseguirlos y poder preservarlos para siempre?

Se terminó de dejar caer sobre el sofá, enmudecido por dentro y él sin saberlo, con la sensación de que algo se le había olvidado mientras miraba la totalidad de su obra colgada en las paredes. Faltaba un hueco. Un hueco muerto que el característico horror vacui que había desarrollado internamente no le permitiría dejar tan fácilmente despegado. Arrugó aún más su rostro frunciendo el ceño y apoyando su barbilla sobre sus nudillos, reflexionando acerca de lo que ahí faltaba.

Tenía el tamaño de un lienzo mediano. Era un hueco vertical, por lo que no podría ser un paisaje, o al menos no fácilmente. Se sentía viejo e inútil.

Oh, ¡si estuviera…! No, no era capaz de pensar en ese nombre, pero sabía que, de ser por él, todo estaría en su sitio.

Los días pasaban y la inquietud no había salido de su cabeza. Era incapaz de recordar cuál podría ser el cuadro misterioso.

Pensó en mover las cosas de su trastero, pero no bajaba a aquella cueva oscura desde que había muerto… ¿cómo era su nombre? No quería recordarlo. De igual manera, no podría haberse perdido nada si estaba vivo. Vivo. Era un hombre. Pero lo olvidó en unos segundos.

De pronto miró hacia arriba con un eureka mental. Recordó que había dejado una bolsa negra de basura llena de cosas varias bajo la cama con la seguridad de que no iba a volver a verla. Corrió con paso torpe y por poco cayéndose hacia su habitación. Con la poca fuerza que le quedaba en su cuerpo, se agachó y sacó rápidamente la bolsa de basura de la oscuridad del olvido. Por la resistencia y peso de la propia bolsa, cayó sobre sí, dejando salir de la bolsa la esquina de lo que parecía el lienzo olvidado.

En él, se entreveía la mitad de un rostro pálido y de ojos azules. Ojos azules como los suyos. En los más recónditos escapes de su memoria empezaba a llegar la luz.

Sacó apresuradamente de la bolsa el lienzo y vio aquel chiquillo de veintiún años, de ojos grandes y azules y pelo negruzco, desnudo y sensualmente tapado por seda roja que alguna vez había sido, captado en la lozanía de los veinte por aquel hombre cuyo nombre había sepultado en su memoria.