En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Pues bien, les voy a relatar a vuesas mercedes algo que me aconteció tiempo antes de que mi señor Don Alonso Quijano requiriese mis servicios como escudero, que yo más me tomé como cuidadero, mas no de fincas de su propiedad, sino de su propia persona, dada su inclinación a distorsionar la realidad con fantasías e imaginaciones dependiendo del lado en que soplaba el viento. Mi adorada esposa Doña Teresa Cascajo tenía intención de preparar para el día siguiente un opíparo guiso de los que a un servidor le resultaba imposible resistirse hasta que no quedaba ripio en la cazuela.

– ¡Sancho! – me dijo – Vete al mercado y trae carne de cordero y unas verduras para el puchero.

Y yo que la tenía como a la emperatriz del modesto reino de mi casa, me apresuré a complacerla, con el aliciente de la visita a la bodega de mi amigo Eufrasio antes de hacer el mandado. Aparejé al Rucio para cargar con las compras y me dirigí a la cercana localidad de Valdepeñas.

Después de localizar al Eufrasio en su taberna, me hizo sentar en una maciza mesa de madera que ocupaba el centro de la estancia y enseguida sacó dos jarras de barro que llenó con un líquido ambarino, limpio y brillante que sirvió de una de las botellas de la pared.

Aquel caldo me pareció exquisito. Al olerlo creí apreciar un agradable aroma a cítricos y a pera recién cortada del árbol, así como a hierba y heno. Quizá fue por el calor del exterior, pero el caso es que su sabor me pareció de lo más delicioso que había probado. Eufrasio hizo lo mismo y en poco tiempo la botella quedó vacía.

Cuando el tabernero se dirigió a un rincón de la bodega volvió con otra botella y un queso de aparencia apetecible, para merendar, según dijo. Aquella pieza podría pesar casi dos kilos, pero nuestra hambre y nuestra panza se encargaron de dar buena cuenta de ella, regada por el abundante  y sabroso caldo.

No recuerdo cuánto tiempo permanecimos en la bodega bebiendo vino ni cuántas jarras pudimos consumir entre los dos. El caso es que cuando quise salir de allí no fui capaz de hacerlo erguido y hube de subir los tres escalones a cuatro patas entre burlas y risas del resto de parroquianos. Al franquear la puerta comprobé que el sol ya había avanzado bastante y caminé en dirección a la plaza del mercado.

Tras salir de la bodega después de haber trasegado aquella cantidad de jarras de Valdepeñas para el buen funcionamiento del cuerpo, me dirigí al lugar en el que los buenos comerciantes exhibían sus productos en sus puestos. En un rincón de la plaza, algo apartado del resto de tenderetes, observé a varias personas, niños entre ellas, que se agolpaban en torno a un carromato. La curiosidad me llevó a acercarme para comprobar qué era lo que estaban mirando.

El carro estaba rodeado por una serie de lonas opacas formando una tienda como la de los caballeros en las justas. Junto a la entrada se encontraba un gitano que proclamaba a gritos con acento extranjero su mercancía. Algunos críos intentaban colarse bajo las telas, pero el buhonero estaba al acecho y los echaba a patadas y pescozones.

La cabeza me daba vueltas debido a la cantidad de vino ingerida y el estómago se me empezaba a revolver tras el copioso cocido del mediodía y la opulenta merienda en la bodega. En el carro, rodeado de recios barrotes, se encontraba un enorme oso tan grande como un molino y del color de la boñiga del Rucio. La gente observaba con admiración al animal y este les devolvía una mirada aburrida y soñolienta. Algunos no decían nada. Otros no hacían más que decir tonterías y sandeces y algunos mostraban ciertas risitas nerviosas que ocasionaba la presencia de aquel monstruo.

Hastiado de tantas idioteces, el oso dio la espalda a sus visitantes y soltó una sonora ventosidad que hizo temblar los barrotes. Al momento se escuchó la voz de un crío decir:

–    ¡Vaya oso tan cochino! ¡Este no es como mi osito de juguete!

Aprovechando aquella ocasión que se me ofrecía, di rienda suelta a los vientos que pugnaban por salir de mis intestinos, ofreciéndoles la libertad que estaban reclamando a mi barriga. Fue un cuesco silencioso, a traición, de esos que me dejan la chimenea trasera tan caliente que pareciera que acababa de echar fuego por ella. Inmediatamente todos los asistentes abandonaron las inmediaciones de la jaula. Decían que iban a ver a los caballos o las vacas, pero yo sé que el verdadero motivo de su huida fueron los efluvios difundidos por mi portentosa flatulencia, aunque el acusado de aquel entuerto fue el oso. Incluso él se dirigió arrugando el hocico a tumbarse en el rincón opuesto, seguramente aguardando que la pestilencia se disipase. Al menos, pensé, conseguí que le dejasen tranquilo y que reinase la paz frente a las rejas durante un buen rato.