Te elijo con la misma urgencia con la que Albert Camus buscaba el sol en mitad del invierno. En un mundo que a menudo parece un absurdo sin sentido, tú eres mi única verdad tangible, el peso que me ancla y la libertad que me impulsa. Como escribió Camus a María Casares, quererte es una decisión irrevocable que tomo cada minuto; no es un refugio, sino un incendio que prefiero no apagar. Tu es ma révolte nécessaire face à tout le reste.
Antes de que te sumerjas en las líneas que siguen sobre la correspondencia más vibrante del siglo XX, quiero que sepas que, si ellos se escribieron para no morir de ausencia, Je t’écris ça pour que jamais tu ne doutes de ma présence à tes côtés. Porque, como bien descubrieron ellos entre 865 cartas, la verdadera desgracia no es el destino, sino no saber amar.
«Me di cuenta esta mañana que un mes y medio y ochocientos kilómetros me separaban de ti, y no fue sin enormes esfuerzos que pude dejar atrás mi desaliento». Así le escribía Albert Camus a la actriz María Casares, con quien mantuvo una relación amorosa durante doce años: una relación marcada por la distancia, por el deseo postergado pero siempre vivo, como puede leerse a lo largo de la vasta correspondencia que intercambiaron.
Camus y Casares se conocieron hacia el final de la guerra en París, el 19 de marzo de 1944, en casa de Michel Leiris, cuando asistieron a la lectura de El deseo atrapado por la cola de Picasso. Ella tenía 21 años y él 30. Durante la noche del desembarco, el 6 de junio, se volvieron amantes. Desde un inicio, los unió la experiencia del exilio: Camus había tenido que dejar su Argelia natal y Casares había llegado a Francia a los 14 años, cuando su padre, Santiago Casares Quiroga, antiguo presidente de la República española, tuvo que huir con la llegada de Franco al poder. Los reunió además su amor por el teatro, que compartieron intensamente en sus cartas y en los numerosos proyectos que realizaron juntos.
Sorprende el tono de las cartas del escritor durante el periodo que siguió a esta separación, en el que domina la desesperación y la impaciencia ante la falta de respuesta: «Sin ti, ya no tengo fuerza. Creo que quisiera morir». Sus cartas toman la forma de un soliloquio: «He pasado dos días enteros acostado, leyendo vagamente y fumando, sin afeitarme, y sin voluntad alguna. Pensaba que hoy recibiría tu respuesta. Me decía: “Va a responder. Encontrará las palabras que desatarán esta cosa que me oprime por dentro tan espantosamente”. Pero no has escrito».
Llega incluso a confesarle el sufrimiento que le causa imaginarla con alguien más: «Mi deseo más verdadero e instintivo sería que ningún otro hombre te pusiera la mano encima. Sé que es imposible. Todo lo que puedo desear es que no desperdicies eso maravilloso que hay en ti, que no se lo otorgues sino a un ser que lo merezca de verdad».
Sin embargo, en 1948 el azar hizo que se cruzaran de nuevo en las calles de París. Ambos constataron entonces la fuerza de lo que sentían el uno por el otro y continuaron su relación, a pesar de que Camus jamás se separó de la madre de sus hijos, a pesar del vivo deseo de Casares por una vida en común, y de las aventuras que el escritor sostuvo con otras mujeres: «Y ahora que puedo ofrecértelo todo —le escribe María Casares— pero que tú no puedes aceptarlo, y que no te importa, me veo aquí, sin que pueda evitarlo, completamente expuesta, sin defensa ni cálculo».
Breve fue el tiempo que pudieron pasar juntos, lo que hizo que sus cartas fueran casi cotidianas. En ellas se leen numerosos detalles de la vida de cada uno, registran los gestos más comunes, pero también los sentimientos más íntimos: el hastío, la angustia, el cansancio, el desconcierto, la tristeza que los invadían constantemente. Detalles que les eran imprescindibles para amarse a distancia, como lo muestran las cartas de Camus a Casares en las que le pide que le cuente todos los pormenores de sus días: «Dame detalles acerca de tu vida. Ayúdame a imaginarte. ¿Te ves morena y bella como para que uno se derrita? ¿Cómo llevas el cabello?». Y renueva en otra carta su demanda: «Dime lo que haces, lo que piensas. Necesito tu transparencia. Intento imaginarte, reconstruirte a distancia». Su correspondencia nos permite seguir la evolución de sus respectivas carreras, sin filtros, pues ambos expresan de manera directa lo que piensan de su propio trabajo y del de los demás. Afloran también las dudas de Camus, su miedo a la «esterilidad», a no poder volver a encontrar las palabras: «La temo como otros temen la muerte. La esterilidad mata todo en mí, incluso la ternura», pues para él, únicamente la escritura y el amor podían dar forma a la existencia. Con frecuencia el escritor describe a su amante los largos paseos que hace para tranquilizarse y pensar, las dificultades que tiene para seguir trabajando en sus proyectos literarios y la disciplina que debe imponerse para realizarlos: «Tengo ganas de volver a París, de quitarme de encima el peso del silencio que me envuelve en este momento».
Pocas son las alusiones de Camus a su vida familiar que le presenta como una carga. Ambos vivían su amor con la convicción de que era indestructible, de que nada podía separarlos: «He decidido de una vez por todas que estamos unidos para siempre» (Camus). «Te amo irremediablemente, como se ama el mar» (Casares). Y el lenguaje del deseo se impone ante todas las obligaciones sociales: «Me impaciento. E imagino el momento en que cerraremos tras nosotros la puerta de tu cuarto», escribe Camus. «Estoy hirviendo por dentro y fuera. Todo arde, alma, cuerpo, arriba, abajo, corazón, carne. ¿Lo has entendido? ¿Lo has entendido bien?» le responde Casares.
Ni el paso de los años disminuyó la intensidad de sus palabras: «Espero el milagro siempre renovado de tu presencia», le escribe Casares en 1956. «Eres mi equilibrio, el espesor de la sangre y de los sueños, la verdad que me alimenta», le dice el escritor en 1957. No obstante, para Camus el amor implicaba más que deseo. En él veía un medio para superarse, para ir más allá de uno mismo.
Para Camus el amor no solo sucede, sino que es algo que se tiene que conquistar: «Dos seres que se aman tienen que conquistar su amor, construir su vida y su sentimiento, no solo contra las circunstancias sino también contra todas esas cosas en ellos que limitan, mutilan, molestan o les pesan. María, un amor no se conquista contra el mundo, sino contra uno mismo. Y sabes bien, pues tu corazón es tan maravilloso, que somos nosotros nuestros peores enemigos».
La felicidad aparece a lo largo de esta correspondencia como un deber que ha de asumirse: «Prepárate para la felicidad, que es el único deber que tenemos. Y nunca más me rechaces. Acéptame, pero no como se hace con un destino sobrehumano, sino como se acepta a un hombre, con sus grandezas y debilidades. Espérame, durante esta ausencia, deposito todo entre tus manos, mi persona, nuestro amor, con la más ciega de las confianzas. Sé bella, fuerte, valiente», le dice Camus para alentarla a seguir superando la distancia y los obstáculos que los separaban.
Por otro lado, las cartas de María Casares hacen ver lo dolorosa que le era su relación con el escritor: frecuentemente ausente de París debido a sus problemas de salud —las curas que debía hacer para tratar su tuberculosis—, sus obligaciones familiares y a su carrera, que en 1957 el Premio Nobel intensificó. Lo que le resultó más difícil fue, probablemente, esa distancia y renunciar a construir una vida juntos.
Son cartas muy íntimas, confesionales, de una gran calidad literaria. Él, con su estilo denso, estructurado, y su voluntad de seducir, se afana por convencer a su amante de que la quiere y la necesita. Ella, muy entusiasta, ingenua, sincera, prolífica, escribe como habla, de modo espontáneo, directo, caótico, sin reparos. Son cartas esencialmente de amor. Un amor clandestino por la condición de hombre casado de Camus y por la fama que pronto van a alcanzar los dos, en la literatura y el teatro respectivamente.
Hay temporadas en las que se escriben de modo obsesivo, en las que se llegan a mandar varias cartas a lo largo del día y de la noche. La lentitud del correo aumenta ese frenesí epistolar, impensable hoy con la irrupción del correo electrónico y las llamadas o mensajes vía WhatsApp. El intercambio configura un género en sí mismo, entre la correspondencia tradicional, el diario íntimo, el relato de viajes, el cuaderno de escritor o de actriz y la poesía erótica.
Solo los separaría la muerte accidental del escritor el 4 de enero de 1960. De manera casi premonitoria, Camus le envió el 30 de diciembre de 1959 la que, en efecto, resultaría ser su última misiva: «Bueno, última carta. Solo para decirte que llego el martes, por carretera, me iré con los Gallimard el lunes. Te envío un cargamento de tiernos deseos. Que la vida siga surgiendo en ti durante todo el año, dándote ese querido rostro que amo desde hace tantos años, pero que también amo cuando se ve preocupado y de todas las maneras».
Después del fallecimiento de Camus, en 1960, Casares se compró una casa en Francia, en el pueblo de Alloue, con su amigo André Schlesser, con quien finalmente se casó. María murió en noviembre de 1996. Está enterrada en el cementerio de Alloue, al lado de su marido. Como testimonio de su agradecimiento a la Francia que la acogió, la actriz, donó al pueblo de Alloue el terreno y el caserón de La Vergne. Desde entonces, el lugar es la sede de números actos culturales, cumpliendo de este modo con la voluntad de Casares.
La lectura de esta larga y apasionada correspondencia ha sido posible gracias a la hija del escritor: Catherine Camus, quien accedió a que se publicara. A la muerte de su madre, que no ignoraba el idilio de la actriz con su esposo, quiso conocer a María Casares. Posteriormente le compraría las cartas que tenía en su posesión.
Albert Camus es una figura importante de la literatura universal y todo lo que contribuye a su conocimiento es de agradecer. Sus cartas son un autorretrato muy valioso. En cuanto a María Casares, otra de las cosas que llama la atención es que nunca olvidó sus orígenes. Leer estas cartas nos enseña aún más, acerca de sus dos personalidades, sus estados de ánimo, sus fortalezas y sus debilidades. La humanidad de estos mensajes íntimos los engrandece a ambos. Entre ellos se forjó inmediatamente una complicidad intelectual y física. En ese careo de doce años de correspondencia, Casares logra ponerse a la altura de su interlocutor, que al final recibe el Premio Nobel de Literatura, jugando con sus armas: su espontaneidad, su inteligencia salvaje, su sensualidad, su generosidad. Mujer libre, a la vez obediente y rebelde, respetuosa de las decisiones de su famoso amante. A pesar de todas las dificultades que su destino singular le proporcionó, se volvió, por sus propios méritos, una de las grandes figuras del arte dramático del siglo XX.
Cuando pienso en la correspondencia entre Albert Camus y María Casares, no leo literatura: Siento un incendio que todavía arde, más de sesenta años después, en cada línea escrita con la urgencia de quien sabe que el tiempo les robaba casi todo menos el deseo. Ese amor no pidió permiso, no se midió en promesas cómodas ni en futuros domesticados. Se declaró en medio de la guerra, se consumió en la ausencia, se alimentó de cartas que eran mordidas, gemidos y juramentos escritos a máquina o a mano temblorosa.
Camus le escribía a ella como si cada palabra fuera el último aliento antes de apagarse. Ella le contestaba como si pudiera mantenerlo vivo solo con su tinta.


