Es junio de junio de 2020. Por fin después de tres meses de confinamiento encerrada con un niño de tres años y una gata con cistitis, podemos volver a salir, a quedar y a follar.

En diciembre cumplí años.

Fueron muchos.

¡Bastantes!

No pienso confesar cuántos.

Una dama que se precie de serlo jamás lo hace.

Claro, que una década pasa enseguida y lo cierto es que son pocos los días que me separan de cumplirla, como miembro de derecho en ese periodo de la vida que algunos mal llaman Tercera Edad.

Que mal suena.

¡Tercera Edad!

Parece una condena impuesta por los jóvenes. Serlo —joven— no es ningún delito, leí el otro día en una pared.

Bueno; ¿Y a mi qué?

No es un problema que deba preocuparme.

Yo simplemente soy mayor.

Cuando menos, dulcemente vieja.

Pero continuo. Sigo adelante.

¡Dignamente! (¿?)

No cojeo. Todavía.

Veo bien; aún, con las gafas de cerca.

Y la ruedecita de la voz del televisor, solo tengo que ponerla al tope para enterarme de las noticias del Telediario.

Nadie es perfecta. ¡Coño!

Y a estas edades ya se sabe.

Los palitos del sombrajo ya comienzan a tambalearse.

Aunque mi esposo; eterno seductor, se empeñaba en sostenerlos contra viento y marea: «Niña, pareces un ventitré».

¡Adulador!

¡Un ventitré! ¡Un ventitré!

O un «trentaidó» que ya puestas…igual me daría.

Pero no.

Ni una cosa ni la otra.

Todo fuera eso.

¿Lo peor?

No puedo verle. Sonriente.

Regalándome, falsa modestia.

Alegrandome el oído.

El poco oído que me queda.

¡No le oigo!

Ya no puedo escucharle adulandome.

No está.

Se fué.

Como nos iremos todos. Algún día.

Que nadie lo dude.

Le echo de menos.

Todavía lo echo de menos.

Quién sabe cuánto.

Y eso que ya hace.

Apenas fue ayer.