Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas. Recuerdo que dije algo así como:

– Estoy algo volado, mejor conduces tú…

Después de lo sucedido en aquella trágica mañana en los albores de su juventud, renegó de los proverbios. Eso de que «Al que madruga Dios le ayuda» es paja, decía y lo comprobaba con su experiencia. Una de las pocas madrugadas en que salió fue atracado. El ladrón no había madrugado, estaba ahí, esperando a algún madrugador y llegó él.

Sin embargo por las vueltas que da la vida la suya cambió y de honrado ciudadano fue primero un desempleado y en últimas, cansado de mendigar un trabajo decidió atracar, como lo hacían algunos de sus amigos y muchas otras personas importantes de la ciudad.

Claro que ahora y después de muchos años en el oficio, tenía su adagio de cabecera que lo impulsaba a esperar, a tener fe, a ser paciente. «Dios proveerá» decía para sus adentros. Y era cierto, jamás se había ido sin dinero o algo de valor cuando terminaba su jornada de trabajo que a veces podía durar dos minutos, media hora o medio día siguiendo a algún incauto hasta que, como decían en el gremio, coronaba la vuelta.

Era una ocupación en la cual era su propio jefe, que le brindaba emociones, dinero o la consecución de objetos que ofrecían las nuevas tecnologías. Un reloj de marca, una Tablet, un celular de alta gama o una cadena que arrancaba del cuello terso de alguna dama indefensa o del pecho velludo de un hombre con su cuchillo pinchándole la espalda. Lo de los aretes lo dejó de hacer porque a la última que se los arrancó la miró a la cara y pudo ver, además de las gotas de sangre de las orejas, las lágrimas de dolor e impotencia de la joven.

Además no era necesario madrugar hasta el sitio de trabajo o abrir el negocio. Las calles permanecían abiertas y los clientes siempre estaban a su disposición.

Ahora, en esta mañana soleada, oteaba desde la alta esquina hacia uno de sus sitios preferidos: el cajero ubicado un poco más allá de la esquina diagonal. Estaba solitario pero sabía que tarde o temprano  alguien caería por el lugar.

Y así fue. Un poco más tarde, aunque el tiempo para él no definía nada, se acercó una pareja un poco extraña: un hombre alto y un poco detrás, una mujer pequeña que parecía abrazarlo por la cintura.

Entraron al cajero y él se dispuso a esperar su salida para dar el golpe. La pareja, pensó, tenía tres opciones. Desandar el camino y alejarse por donde había llegado; avanzar hasta la esquina y alejarse hacia la derecha o avanzar de frente; por último, cruzar la avenida hacia el lado izquierdo y, pasando por la esquina, seguir hacia el fondo donde estaba el parque.

Primero salió el hombre y se fue por la primera ruta. Se notaba su afán por alejarse del lugar, pues caminaba a grandes zancadas y parecía borracho, trataba de sostenerse en las paredes. Luego salió la mujer con igual prisa y siguió la tercera ruta.

¿A quién seguir? Sabía que el negocio entre la pareja se había hecho dentro del cajero para evitar las miradas indiscretas, aunque a esa hora la soledad era la única presencia pues él, único testigo, había estado  oculto observándolos.

Se decidió por ella al considerar que manejaría la situación fácilmente. La siguió igualando su paso al de la mujer que, aunque caminaba de prisa, no avanzaba mucho. Ésta volteo un poco la cara hacia el lado derecho lo vio y aceleró su andar. Casi la alcanzaba y se pudo dar cuenta que era una dama entrada en años y de cuerpo diminuto.

La mujer alcanzó la esquina y cruzó por delante del contenedor de basura. Le pareció que la había perdido. Corrió presuroso y al rebasar el contenedor algo saltó y sintió un ardor al lado izquierdo de su garganta y luego, cuando trató de retroceder, lo percibió en el lado derecho. Al empezar a caer se llevó las manos a los lados de la garganta, sintió el líquido viscoso que salía a borbotones y que no podía detener.

En el suelo vio, con mirada borrosa, a la vieja que vaciaba sus bolsillos y escuchó que silbaba mientras se iba,  aquella melodía que tanto le gustaba porque siempre creyó ser el personaje de la navaja del que hablaba la canción.