El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. No era un hombre en absoluto madrugador, de hecho, sus días no comenzaban antes de las diez, cosa que se podía permitir dado su estatus y su ausencia de obligaciones más allá de las sociales tales como las de aquella mañana.

Santiago iba a recibir al obispo como máximo representante de la alta sociedad de la ciudad, debido a que su familia pertenecía a la aristocracia desde hacía varios siglos. A decir verdad, de aristocracia sólo les quedaban los antiguos títulos sin valor económico actualmente, si seguían siendo una familia importante era porque el tatarabuelo de Santiago comenzó haciendo fortuna con unos negocios un tanto turbios durante y después de las guerras que habían asolado el país.

A las 6 en punto bajó a desayunar al majestuoso comedor de la mansión familiar. Como cabía esperar, estaba su padre, que no pudo evitar comentar su sorpresa ya que jamás había visto a su hijo a aquella hora tan temprana. Rodolfo Nasar era un hombre de negocios tal y como había sido su padre y antes su abuelo. A pesar la riqueza heredada, habían continuado expandiendo su imperio mediante negocios a cada cual más lucrativo haciendo que el nombre de los Nasar fuese siempre asociado al éxito empresarial. Hasta que llegó Santiago, más interesado en una vida entregada al lujo y a las mujeres que a los negocios. Esto atormentaba a Rodolfo, un día tras otro discutía con Santiago debido a su holgazanería. Había amenazado echarlo de casa y dejar de darle dinero, pero Santiago sabía que la amenaza era en vano, ya que su madre se opondría a tales acciones, no sólo por el escándalo que eso supondría para la reputación de la familia, sino porque además Santiago era su favorito. De hecho, si aquel día había madrugado tanto, era por su madre, deseaba contentarla para no perder su favor. Leocadia Núñez de Guevara era una mujer proveniente de una familia aristocrática caída en desgracia a causa de las malas inversiones del cabeza de familia en negocios fallidos. Su matrimonio con Rodolfo, un hombre que no pertenecía a la antigua alta sociedad aristocrática pero que sí era un hombre muy rico, permitió a Leocadia recuperar la posición perdida dentro de los círculos más importantes de la ciudad.

Rodolfo y Leocadia se conocieron en una recepción celebrada en la embajada francesa. Leocadia estaba allí por la amistad de su padre con el embajador francés, que, a pesar de la pérdida de estatus económico de la familia, la seguía teniendo en alta estima puesto que a su llegada como embajador fueron los Núñez de Guevara quienes ayudaron al embajador a instalarse y adaptase a su nuevo destino.Por su parte, Rodolfo fue invitado como representante de uno de los conglomerados empresariales más importantes de la ciudad. Los presentó el propio embajador. Al principio Rodolfo no mostró interés en Leocadia puesto que la consideraba una joven aristócrata sin mayores intereses en la vida que la de asistir a fiestas para encontrar un marido de su clase. Por su parte Leocadia no tenía el menor interés en conversar con nadie, ya que estaba allí obligada por sus padres. Tras la presentación no les quedó más remedio que entablar una breve conversación de cortesía, pero después de ese primer encuentro, ya quedó patente su química. Se alejaron del resto de participantes de la fiesta y hablaron hasta altas horas de la madrugada. Leocadia era una mujer inteligente y con amplios conocimientos de la actualidad. Sabía de política y economía, así como de muchos otros temas, algo que sorprendió gratamente a Rodolfo, el cual, no tardó en pedirle una segunda cita.

Transcurrió menos de un año hasta la boda, por supuesto llena de pompa y boato, y justo a los 9 meses, nació Santiago. Después vendrían Jacobo y Celia. Pero Leocadia nunca pudo ocultar la preferencia por su primogénito. Así pues, perdonaba a Santiago todos sus desmanes además de defenderlo ante su padre y hermanos.

Santiago salió del comedor en el momento en que su hermano Jacobo se dirigía al despacho de Rodolfo para tratar los temas empresariales del día. Jacobo era la mano derecha de Rodolfo y al contrario que su hermano era un hombre interesado en los negocios. No veía con buenos ojos la vida disoluta de su hermano y creía que más bien era una carga para el buen nombre de la compañía ya que podía mermar la confianza en que algunos socios tenían en la familia Nasar. Desde la ventana del despacho, Jacobo vio cómo su hermano se montaba en el coche de la familia, conducido por supuesto por el chófer. Hasta en eso eran distintos, a Jacobo le gustaba conducir él mismo y normalmente prescindía de este servicio.

El puerto ya estaba abarrotado de gente a pesar de que todavía eran las 6.30 de la mañana. El exclusivo automóvil en el que viajaba Santiago Nasar, avanzó lentamente entre el gentío hasta la zona reservada para las autoridades y algunas personalidades pertenecientes a las familias más influyentes de la ciudad. En el momento en que se bajó del coche, todas las miradas se dirigieron a él. Unos lo observaban con envidia, ya que era un hombre al que nunca le faltaba el dinero y siempre se le veía a acompañado de las mujeres más guapas de la ciudad, otros con cierto servilismo, puesto que a pesar de que era Jacobo quien seguía los negocios junto a Rodolfo, era sabido que al ser Santiago el primogénito tenía parte de la fortuna asegurada, y si ganaban su favor, podrían ser recompensados. Por último, las hijas de las familias ricas, esperaban poder ser ellas con quien Santiago sentase por fin la cabeza.

A las 7.00 en punto, el buque apareció en puerto acaparando la atención de todo el público. En ese mismo momento, Santiago Nasar caía fulminado por una bala certera.